JUAN, 15:12, 13

 

La historia, tal como me la relató el anciano Andrés, comenzó así: 
Marcos encontró a María Rosa una mañana luminosa de mayo, durante una de esas reuniones que tenían lugar con cualquier excusa, dentro de la comunidad hispanohablante de Sídney. Un amigo común los presentó.
Al posar su mirada en sus ojos pardos,
Marcos le dijo: -Nos hemos conocido en algún otro sitio, ¿verdad?
Ella, sonriendo, lo miró con curiosidad
-No... no me parece.
-Sin embargo, -insistió Marcos -tengo la impresión de que nos hemos visto antes... tu voz me es familiar... tus ojos... no sé.
-Y luego de una pausa agregó: -Tu nombre es...
-María Rosa, -contestó ella -pero mis amigos me llaman Maite.
Se miraron por un momento; instantáneamente él se sintió atraído por la profundidad de aquellos ojos que reflejaban una inmensa riqueza espiritual.
Conversaron durante un rato sobre cosas triviales, hasta que ella miró su reloj. Él comprendió que ella tenía que partir.
-Quisiera volver a verte, Maite -dijo Marcos, con una extraña emoción que él mismo no podía comprender. -Tengo que saber dónde te he visto antes. -¡Maite! -repitió Marcos, como saboreando la dulzura extraña que aquel nombre dejaba en sus labios.
Ella, sonriendo, le dijo, al tiempo que le entregaba una pequeña tarjeta.
-Aquí es donde yo trabajo. Llámame algún día, y tal vez podremos charlar más.
Le extendió su mano, que Marcos estrechó con efusión. Al contacto de su piel, sintió nuevamente una vibración extraña, y por un instante tuvo la misma sensación que había experimentado al volver a su ciudad natal luego de muchos años de ausencia .
Cuando ella partió, él quedó bastante confuso. Enseguida, alguien se acercó y comenzó a hablarle; trató de volver a la realidad, pero aquel insólito estado mental lo dominó durante varias horas. Los días siguientes le absorbieron con su rutina. Su trabajo, su mujer, su hijo, y los múltiples problemas de la vida diaria le mantenían bastante ocupado, de forma que por algún tiempo sólo fugazmente recordaba su encuentro con Maite. Podía decirse que su vida era bastante ordinaria; no eran frecuentes los sucesos extraordinarios. Pero el recuerdo de Maite seguía asediando su memoria; un día decidió buscar su tarjeta para llamarla; revisó los bolsillos de su chaqueta, donde creía haberla puesto, pero no la encontró. Buscó en todos los sitios posibles: su billetera, las gavetas del escritorio, los bolsillos de sus trajes, pero todo fue inútil .
Al cabo de unos días, Marcos empezó a pensar si el encuentro con aquella mujer tan singular no habría sido sólo un sueño. La idea se fue haciendo más fuerte en su mente, y al cabo de dos meses, estaba casi convencido que todo había sucedido en su imaginación, en uno de esos momentos de ensueño que de tanto en tanto le sobrevenían.
No obstante, algo le decía que Maite realmente existía, por lo que decidió ir a conversar con Andrés. (Sí, el mismo que me relató esta historia, en su casa de Sydney, Australia, y que, según él, comenzó el 2 de mayo de 1991). Andrés era un tío segundo de Marcos; con más de 80 años, tenía una mente increíblemente lúcida, y vivía para sus dos pasiones: sus libros y su música. En su juventud había sido, entre otras cosas, marino mercante, y había recorrido el mundo. Unos años vividos en la India le habían dado un profundo conocimiento de la filosofía de aquel misterioso país. Más tarde había estudiado música, y casi a diario sus vecinos escuchaban las dulces melodías que arrancaba de su viejo órgano o de su guitarra. Marcos siempre había sentido gran respeto por su sabiduría y su actitud frente a la vida.
Cuando le contó al anciano su encuentro con Maite, sus dudas y su aprehensión, aquél, luego de escucharlo pacientemente, le preguntó
-¿De dónde te ha dicho que ha venido?
-Es nacida en Bilbao, pero sus padres, me ha dicho, son de Guernica... igual que tú, ¡qué casualidad!
-Y que tu abuelo también, Marcos.
-¿Cómo? Yo creía que veníamos de Salamanca -dijo éste algo sorprendido.
-Tus abuelos maternos sí. Pero tu abuelo paterno, mi tío Alejandro, se fue de Guernica apenas regresó de la guerra. Al parecer, un desengaño amoroso o algo así. En Salamanca conoció a tu abuela, y allí se radicó.
-Y luego de pensar un momento, continuó: -Eso tal vez explicaría algunas cosas... No, no ha sido un sueño, hijo. No te preocupes, ella vendrá a ti...
Algo más tranquilo, Marcos reanudó a su vida normal. Su trabajo y su vida familiar le absorbían todo su tiempo. El recuerdo de Maite era como un dibujo en la arena que el viento iba borrando poco a poco.
Pero una madrugada despertó sobresaltado. Creyó haber oído la voz de Maite que le llamaba en un susurro: "¡Marcos, Marcos!" Se levantó algo aturdido por la fuerte impresión. ¿De nuevo el sueño? No pudo precisarlo. Cuando llegó a la oficina aún estaba poseído de aquella inexplicable sensación. Comenzó a abrir la correspondencia. De pronto, un sobre amarillo llamó su atención. Al abrirlo nerviosamente, ya sabía quién se lo enviaba. Dentro encontró una invitación para el concierto de un pianista que se presentaba en un hall de la ciudad, y una pequeña tarjeta idéntica a la que él había perdido. En ella se leía: "Espero verte allí. Maite".
Marcos sintió una intensa emoción. Sin poder contenerse, llamó al número de la tarjeta. Al oír de nuevo su voz, una sensación de felicidad pareció invadirle, y otra vez sintió como que la conocía de mucho tiempo atrás. Conversaron un buen rato. Ella también se mostró contenta de volver a oírlo, y acordaron que él la llamaría algunos días después. Durante todo el día, Marcos pensó que aquello era muy extraño. Recordó todo lo que había oído y leído sobre la percepción extrasensorial, la telepatía y otras cosas inexplicables, a las que nunca había dado gran importancia. Su "sueño" al despertar ¿había sido una simple coincidencia? Esa noche pensó comentar el hecho con su mujer, mas luego prefirió no hacerlo; sería muy difícil que ella pudiera comprenderlo.
A partir de aquel día, Marcos comenzó a ver a Maite de tanto en tanto. Había algo en ella que le atraía enormemente, pero no quería pensar que se estuviese enamorando. ¡A su edad! En sus noches insomnes, trataba de analizar sus sentimientos, sin poder llegar a una respuesta. Se sintió algo decepcionado al enterarse que ella era casada y tenía un hijo algunos años menor que el suyo, pero por alguna razón, no vio aquello como un impedimento a su relación. Cuando unos días después le confesó a Maite la fuerte atracción que por ella sentía, ella alegremente le dijo:
-Entre nosotros sólo puede existir una amistad, Marcos. Tú tienes tu familia, y yo tengo la mía. Si piensas que podemos cambiar eso, mejor es que te olvides de mí.
-"Amistad"; "amor"; eso son solamente etiquetas inventadas por los hombres, Maite. Por eso es que el mundo anda como anda. ¿No comprendes que alguien puede sentir cariño hacia otra persona sin que tengamos que analizar en qué categoría lo vamos a ubicar? Ella sonreía y no contestaba.
A Marcos le gustaba observar la forma como ella tomaba el café, cómo se miraba coqueta en su pequeño espejo, y cómo hurgaba en su bolso en busca de algo. Se sentía feliz sólo de mirarla. Por momentos pensaba que ella también disfrutaba
-Lo que pasa es que a ti te aterra la palabra "amante"- le dijo Marcos un día.
-Pero sería muy mezquino de mi parte si pensara respecto a ti en esos términos; lo que yo siento por ti es algo muy distinto. -¿Estás seguro, Marcos? ¿No te estás tratando de engañar a ti mismo? -preguntó ella. No, él no estaba seguro; él sólo estaba seguro de dos cosas: su compañía le daba una gran felicidad, y la sensación de que la había conocido antes era tan fuerte, que no podía dejar de pensar en ello, y se había empecinado en encontrar la explicación al misterio.
Decidió ir a ver a Andrés nuevamente y con él conversó sobre su problema. Aquél le escuchó pacientemente como siempre. Luego de un rato, le dijo con calma:
-Nadie puede asegurar que no la hayas conocido antes en otra vida, hijo.
-¡Vamos, Andrés! No me estás hablando en serio -le dijo Marcos sonriendo, pero comprendió que Andrés no bromeaba.
-Escucha, Marcos, no has pensado en lo que te dije. ¿Quién te puede asegurar que no la conociste en otra vida? ¿Puede alguien darte una prueba racional que nuestra vida es sólo este breve pasaje y nada más? Nadie ha podido explicar el misterio de la vida. Cómo y por qué comienza, cómo y por qué termina... Quizás puede ser eterna... ¿no crees?
Marcos no contestó. Miró a lo lejos y observó unas nubes grises que se elevaban lentamente sobre el horizonte. Pensó que en algunas horas llovería. Andrés permaneció callado, y por algunos momentos ambos se quedaron en completo silencio. Una ligera brisa que se fue transformando en viento, pareció despertarlos como de un sueño.
-Mira hijo, cuando estuve en la India hace más de 40 años, conocí a uno de esos "Santones", ¿sabes? Era un hombre extraordinario. Con él aprendí muchas cosas... cosas extrañas, de las cuales mucha gente occidental tal vez se ríe. Él me aseguró, tal vez te cause gracia esto, que había vivido en la tierra hace muchos siglos. Y por las cosas que decía, y en la forma como las decía, créeme Marcos... no te reirías. Al contrario, aprenderías a no ser drásticamente escéptico... como aprendí yo.
Ambos quedaron en silencio nuevamente. Marcos miró a Andrés; quiso decirle que él no creía en esas cosas, pero no habló; el rostro del anciano tenía una expresión extraña, y por una razón que no comprendía, le inspiraba confianza. Cuando Andrés habló, Marcos se sintió reconfortado: -No te preocupes, hijo. Ya encontrarás la solución.
Luego de un rato, Marcos se marchó. Por algunos días, trató de no pensar en Maite, pero no lo consiguió. Se hizo el propósito de no llamarla más, y estuvo una semana sin hacerlo. Pero finalmente cedió. Necesitaba oír su voz, aunque no podía precisar claramente por qué.
Y así volvieron a verse con alguna frecuencia. Su amistad se transformó en una necesidad para él, y poco a poco, también ella se fue acostumbrando a disfrutar de su compañía. La afinidad entre ambos se hacía cada vez más fuerte. Continuaron viéndose en forma esporádica, pero en una especie de pacto tácito, ninguno de los dos habló con nadie de aquella amistad; la mantuvieron secreta. El anciano Andrés fue la única excepción. Para ambos, su relación se transformó en un escape de las tensiones del diario vivir. Ella, recelosa al principio, se sentía ahora a su lado reconfortada y segura. Un día que llovía copiosamente se encontraron en el lugar habitual, y luego de un rato ella le dijo:
-Nos han invitado a un baile, el sábado en el club griego. ¿Te gustaría venir?
-Claro que sí, -respondió él -pero no iré solo.
Ella sonrió con dulzura y respondió tomándole la mano.
-Yo tampoco, Marcos; pero no importa; podremos conversar. ¿No crees que vale la pena?
Él le apretó la mano con fuerza, en un gesto de asentimiento que ella comprendió.
La noche del sábado se presentó cálida y agradable. Cuando Marcos y su mujer llegaron al club, éste ya estaba muy concurrido. Luego de un momento de recorrer el lugar, se encontraron con Maite y su esposo que estaban con algunos amigos ocupando una mesa en una amplia terraza. Ella lucía elegantísima en su vestido negro.
Marcos se sentía algo nervioso, pero la calma de Maite lo tranquilizó. Ella hizo las presentaciones, con gran dominio de la situación. Primero a sus amigos, y luego, "éste es Fernando, mi marido. Y tú debes ser Alba. Gusto de conocerte. ¿Y tú Marcos cómo estás?"
Éste tardó algo en contestar: -Bien... muy bien, gracias.
Qué calor ¿verdad?
Comenzaron a hablar de temas triviales. Fernando llevó casi todo el peso de la conversación. Era un hombre agradable, que hablaba de muchos temas con gran dominio, y fumaba un cigarrillo tras otro.
Al promediar la fiesta, Marcos preguntó a Maite, aunque mirando a Fernando:
-¿Podemos bailar, María Rosa?
Fernando hizo un ligero gesto afirmativo. Maite dijo, sonriendo al tiempo que se ponía de pie:
-No soy muy buena bailarina, Marcos. Te voy a defraudar
-Pues eso ya lo veremos - respondió él.
Un minuto después, ambos se deslizaban por el salón repleto de parejas, siguiendo el compás de una melodía suave y pegadiza. Marcos sintió en su mejilla el cabello de Maite, y aspiró su leve perfume. Una sensación indefinible le invadió gradualmente, y supo que ella la compartía plenamente. Se dejaron llevar por la música, y por algunos minutos no hablaron. Ambos cerraron sus ojos. En ese instante, sucedió lo extraordinario.
Cuando la orquesta finalizó la pieza, Marcos abrió sus ojos y quedó atónito; Maite llevaba un vestido totalmente diferente de color amarillo pálido, su peinado era distinto, y lo miraba con algo de asombro, también. El miró a su alrededor; la gente que les rodeaba estaba toda vestida con trajes de una época largo tiempo ida. Aturdido, le tomó la mano y se acercó a un enorme espejo en la pared. Al ver su imagen reflejada, con un uniforme azul con guardas rojas y doradas, y luciendo veinte años más joven, se quedó por un instante sin saber qué hacer.
Unos momentos después, un hombre de cabello gris se acercó a ambos, y sonriendo les dijo:
-Alejandro ... Esperanza... ¡Qué gusto verlos! Qué calor hace para esta época del año, ¿verdad? -Y dirigiéndose a ella, preguntó: -¿Cómo está el resto de la familia?
Ella vaciló por un instante, mas luego se repuso, y respondió:
-Están... bien, muy bien, gracias.
Otras personas se acercaron, y también les hablaron: Alejandro, ¿cuándo es la boda? Esperanza, ¿dónde se van a radicar? ¿Crees que tendrá que ir al extranjero? ¿Se casarán primero, o esperarán a que él regrese?
Ambos se limitaban a sonreír pero no hablaban. Él, con un gesto de disculpa, la arrastró suavemente hacia una puerta que conducía a una terraza, y se alejaron caminando por un jardín tenuemente iluminado. Al llegar a un banco, se sentaron. La noche era calma y estrellada. Se miraron por algunos instantes, pero no hablaron. Él la abrazó suavemente, y sus labios se unieron en un beso cargado de pasión. Luego él le tomó ambas manos y mirándose profundamente a los ojos, se quedaron callados por largo rato. De pronto una voz firme los sobresaltó
-¡Alejandro! -Un joven, también de uniforme azul, se había acercado y haciendo una reverencia agregó: -Perdóneme, usted, señorita Esperanza... Soy Gerardo Alonso, servidor; pero el coronel Umpiérrez ha venido. Me ha dicho, Alejandro, que mañana a primera hora debemos partir hacia Madrid. Algo ha sucedido. Me pidió que te lo comunicase. Creo que debemos regresar temprano al cuartel. Perdóneme usted, señorita...
-Está bien, Gerardo. Te veré más tarde. -dijo él.
Gerardo saludó marcialmente, y se marchó como había venido.
Ambos se quedaron por un momento en silencio; se miraron a los ojos, presintiendo que algo malo se avecinaba. Él le tomó la mano y dijo:
-Ven conmigo.
Rápidamente se dirigieron a un mirador que había al fondo del jardín; allí se sentaron. Por un instante, buscaron sus miradas en la penumbra, y se abrazaron tiernamente. Él la besó con pasión, y ella se entregó al beso con vehemencia. De pronto tuvo un instante de vacilación, y murmuró:
-¡No, querido, por favor, no! ¡Regresemos! -pero cuando él besó suavemente su cuello y luego sus pechos, ella sintió un ardor incontenible y devolviendo sus caricias, se entregó con delirio a una pasión por largo tiempo reprimida. Ambos vivieron el éxtasis de un instante que pareció encerrar la eternidad. Perdieron la noción del tiempo. Finalmente, él le preguntó, en voz muy baja:
-¿Eres feliz?
-Inmensamente - respondió ella, y besándolo suavemente, agregó: -Es tarde, cariño. Debemos regresar. Mira, creo que va a llover.
Minutos después entraban al iluminado salón, y se sumergían en un mar de parejas que seguían los compases de un vals. Cuando la orquesta finalizó la pieza, ambos abrieron sus ojos, y la escena había vuelto a cambiar. Ella lucía de nuevo su vestido negro y su pelo enrulado. Él vestía otra vez su traje gris oscuro. Se miraron por un momento y él comprendió que ella estaba pensando lo mismo; nada dijeron. Él le tomó la mano, y se dirigieron a la terraza donde estaban los demás.
Fernando continuaba siendo el centro de la conversación. Alba y los otros amigos reían alegremente de las ocurrencias de aquél. Maite y Marcos se sentaron y por unos momentos se miraron. Hubo una especie de mutuo entendimiento, y él comprendió que ella compartía aquel indefinible sentimiento que lo colmaba.
Una hora más tarde, el baile llegaba a su fin. Cuando se despidieron cordialmente, había comenzado a llover suavemente.
Los días siguientes volvieron a Marcos a su habitual y monótona rutina. Por las noches pensaba en el extraño e inexplicable suceso del baile. ¿Qué había pasado realmente? ¿Cuánto tiempo había estado a solas con Maite?¿Unos minutos o varias horas? No pudo haber sido un sueño. Estuvo unos días sin verla, aunque la llamaba por teléfono, pero no comentaron los detalles de lo sucedido. Él supo solamente que ella recordaba todos los pormenores con tanto asombro como él.
Cuando Marcos vio a Andrés, le contó el episodio. Éste, luego de pensar un rato, le dijo:
-Recuerdo, cuando yo era muy chico, haber oído a mis padres hablar de Alejandro. Él era el mayor de mis tíos. Parece que cuando regresó de la guerra su prometida se había casado con otro. Pero no sé si su nombre era Esperanza. Creo que sí. Por eso se fue de Guernica a Salamanca ... y allí, ya bastante mayor, conoció a tu abuela y se casó con ella. Tu padre fue el menor de sus hijos.
Marcos continuó viendo a Maite aunque con menos frecuencia. El insólito episodio vivido en la noche del baile no alteró su amistosa relación; el único cambio pareció ser que ahora ambos se sentían más estrechamente unidos por el recuerdo del extraño suceso.
Un día ella le llamó por teléfono:
-Marcos, ¿te gustaría que el próximo viernes fuésemos a algún lado? Quiero decir, por la noche, solos tú y yo. Él se quedó mudo de sorpresa por un instante. Nunca antes habían salido solos por la noche.
-¿Y eso por qué? -preguntó algo incrédulo.
-Fernando se va a Canberra por un par de días y se lleva al niño; estaré sola. Además, si mal no recuerdo, el viernes hará exactamente un año que nos conocimos, ¿recuerdas?
-Ya lo sé. Por supuesto que sí, me gustaría mucho. Además, tú dirás que es una coincidencia; para mí es el destino, Maite; Alba se irá el viernes a lo de su hermana. -y luego de una pausa, en que ella se quedó en silencio, él agregó: -Anda pensando donde podemos ir.
Al día siguiente acordaron que él la recogería de su trabajo antes de las cinco, y de allí se irían a cenar a un restaurante que a ella le habían recomendado.
El viernes, cuando Maite terminó su trabajo, él ya la estaba esperando, con un ramo de rosas rojas. Ella lucía radiante, y Marcos sintió algo una excitación que hacía mucho tiempo no sentía.
-Antes de ir, tengo que pasar por el banco. Apúrate que cierra en cinco minutos. -dijo ella.
Apretaron el paso y entraron al banco; había poca gente, y se acercaron a la fila de clientes. Maite buscaba unos papeles en su bolso.
De pronto, la puerta se abrió con violencia, y dos enmascarados entraron velozmente. Uno esgrimía una pistola, y el otro un cuchillo y un maletín; el primero gritó:
-Todos al piso, ¡rápido! ¡Vamos! ¡Rápido, he dicho!
Todo sucedió en pocos segundos. El del cuchillo saltó el mostrador, y tomando del brazo a una de las empleadas, la obligó a poner en el maletín todo el dinero que encontraba.
Los clientes, paralizados de terror, se habían tirado al piso. No así Marcos y Maite, que se habían quedado inmóviles. El de la pistola les dijo:
-Ustedes dos, ¡al piso he dicho!
Al ver que no le obedecían, se acercó y de un manotazo arrebató el bolso a Maite; el ramo de rosas voló por los aires; el sujeto dio dos pasos hacia atrás y continuó apuntándolos con el arma. Maite no se amilanó, y dio un salto hacia el sorprendido pistolero y recuperó violentamente su bolso. Marcos vio con horror como el forajido la miraba con odio y la apuntaba con el arma cuidadosamente. En su mirada de drogadicto vio Marcos la intención homicida, y dio un salto para cubrir a Maite con su cuerpo. Sintió dos golpes que le quemaron la espalda, y el ruido atronador de los disparos le hizo comprender que había sido baleado. Sintió que perdía las fuerzas en sus piernas, pero pudo abrazar a Maite, y ambos quedaron inmóviles junto al mostrador. Ella notó que Marcos se deslizaba lentamente hacia el piso y trató de sostenerlo. Sintió la sangre que corría entre sus dedos, y no pudo contener un grito ronco:
-¡No!!! ¡Dios mío, no! ¡Marcos! ¡Marcos!
Lentamente, Marcos fue deslizándose al suelo, y Maite, tratando de sostenerlo, se sintió arrastrada por su peso.
El otro enmascarado saltó limpiamente el mostrador con el maletín, y ambos corrieron hacia la calle.
Maite, comprendiendo la gravedad de la situación, gritó en un sollozo:
-¡Alguien llame una ambulancia, por favor!
Unos segundos después, clientes y empleados del banco comenzaron a moverse. Se oyó una alarma sonar en forma estridente. Marcos respiraba con dificultad, y Maite, todavía abrazada a él, le sostenía su cabeza. -No te muevas, querido. La ambulancia vendrá enseguida. ¡No te muevas, por favor!
-Es inútil, Maite -dijo él en voz muy baja -Es el fin. Pero... no importa. Estamos juntos... Anda a ver a Andrés... él tiene algo para ti... él sabe... -Su voz se apagaba por momentos.
Ella notó que él la miraba en forma extraña, y supo que se moría. Lo besó suavemente en los labios. Él sonrió tristemente, y pudo decir en apenas un susurro:
-Te amo... Esperanza... -Y se quedó inmóvil.
Ella dejó correr sus lágrimas libremente y continuó abrazándolo. Sintió que alguien la levantaba suavemente, y vio varios hombres uniformados que procuraban revivir al herido. Ella supo que era inútil. Marcos había muerto.

Algunas semanas después, ya repuesta del choque vivido, María Rosa se encontraba en su casa, desayunando con su hijo. Fernando entró al comedor. Ella le dijo:
-Hoy voy a ver a Andrés, el tío de Marcos, si no tienes inconveniente.
-No, claro que no. - contestó él.
Ella había contado a su marido lo sucedido en el banco. Le había hablado con franqueza sobre su amistad con Marcos, aunque no le mencionó el extraño episodio del baile, pues ni ella misma estaba segura de lo que había sucedido. Él se había mostrado comprensivo, acompañándola incluso al funeral de Marcos.
Terminado el desayuno, ella sacó el coche del garage y partió a ver a Andrés, llevando consigo a su hijo. El anciano la recibió con cordialidad, aunque no podía ocultar la tristeza que sentía, y ella lo abrazó con emoción.
-Antes de morir, Marcos me pidió que viniese a verlo, señor -le dijo, luego de un momento
-No me llames "señor". Llámame "Andrés" solamente. ¿Puedo llamarte Maite? -ella asintió sin hablar. -Ven, siéntate por acá. Mira, él me dio esto hace unos meses, diciendo que un día tú vendrías a buscarlo, - dijo el anciano, entregándole un sobre. -Pero nunca me imaginé que sería así, - agregó, mientras se secaba los ojos húmedos.
Maite abrió lentamente el sobre. Dentro había una nota, que ella leyó en voz alta:
"Querida:
Cuando leas esto, yo ya no estaré en este mundo. Pero no estés triste, te lo ruego. Tú sabes que un día nos volveremos a encontrar. Cuando puedas, lee algo que dijo Jesucristo una vez. Está en el Evangelio según San Juan, capítulo 15, versículos 12 y 13. Hasta siempre. Con amor, Marcos".
A duras penas contenía Maite su emoción; una lágrima comenzó a rodar por su mejilla. Andrés se levantó sin prisa, se dirigió a un estante, y tomó una Biblia; se sentó nuevamente y buscó el pasaje. Luego de un instante dijo, alcanzándole el libro:
-Aquí lo tienes, María Rosa.
-Léalo usted, por favor -le rogó ella, con voz temblorosa
El anciano esperó un momento, y luego leyó:
-Dice así: "Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Porque el hombre no encuentra mayor amor que éste: que uno ponga su vida por sus amigos."
Maite no pudo contenerse más y rompió a llorar abiertamente. Su pequeño hijo se levantó de su asiento y sin comprender lo que sucedía, se acercó a su madre abrazándola:
-Mum, what's wrong? Ella no le contestó. Lo apretó con fuerza entre sus brazos, y por un instante se mantuvo así, mientras el anciano también lloraba en silencio.
-Nada, hijo. No ocurre nada. Ya nos vamos. -dijo ella finalmente. El anciano, que había observado la escena inmóvil, le preguntó:
-Dime, Maite, ¿el nombre de tu abuela era Esperanza?
Ella asintió con la cabeza. Se levantó, abrazó nuevamente a Andrés, y salió de la mano de su hijo sin decir palabra.
La mañana era fresca pero soleada. Antes de subir al coche, el niño miró al anciano, y sonriéndole, lo saludó levantando el brazo. Aquél les gritó:
-¿Cómo se llama tu niño, Maite?
-¡Alejandro! -respondió ella, al tiempo que le saludaba con la mano y subía al coche que partió raudo por el camino.
Y así finalizó la historia, tal como me la contó el anciano Andrés...

Autor: M. Gamarra

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