José Vicente (Crónica de un hecho trivial)

 

Siempre que recuerdo Capilla del Sauce, un caserío situado en medio de las serranías al sur del Río Negro, el edificio de la escuela con sus blancas paredes y ventanas enrejadas es lo primero que acude a mi memoria. El resto de las casas, la mayoría de terrón y paja, se desdibujan en un segundo plano grisáceo y monótono. La única calle, que dividía en dos la población, era la continuación del antiguo camino real; al final de la misma, sobre una colina que dominaba el paisaje, rodeada de álamos y sauces llorones, dormía su sueño de dos siglos la pequeña capilla abandonada que daba nombre al paraje. No existía luz eléctrica ni agua corriente allí; el teléfono más cercano estaba en Quebracho, a veinte kilómetros. 
Tuve ocasión de conocer el lugar en mi época de estudiante. En el marco de un plan establecido por el gobierno, se formaron grupos de voluntarios que viajaban a los lugares más apartados del país para hacer llegar a sus moradores elementos del mundo civilizado de los que carecían, tales como recursos sanitarios y asistencia social. En tales visitas, que se conocieron con el nombre de Misiones Socio-pedagógicas, se hacían vacunaciones y reconocimientos médicos, se asesoraba sobre asuntos legales y se recogía información útil para el censo de la población. Fue integrando uno de esos grupos que llegué a Capilla del Sauce y fue allí donde conocí a José Vicente. Éste era entonces un niño de unos doce años, sano, inteligente y vivaz. Huérfano desde muy pequeño, había sido criado por un matrimonio del lugar, Manuel e Isaura, quienes luego tuvieron cuatro hijos propios; no obstante, nunca hubo diferencia; José Vicente era considerado el primogénito. 
Cuando arribamos al poblado en dos camiones del ejército a principios de octubre, él era uno más en el enjambre de niños curiosos que se acercaron al sitio donde instalamos el campamento, junto a una hilera de altos eucaliptos. Cinco tiendas de campaña, también suministradas por el ejército, constituían nuestra base: una era la "clínica", otra servía de cocina y despensa, una tercera hacía de comedor y las otras eran los dormitorios. Nuestro grupo estaba formado por doce personas: un médico, una enfermera, una asistente social, tres miembros del personal del ejército y seis estudiantes de ambos sexos.
Casi de inmediato, José Vicente se destacó entre el grupo de chicos por la agudeza de sus preguntas y por su personalidad desbordante. Nos ofrecía toda clase de sugerencias para armar el campamento, al tiempo que nos informaba sobre Capilla del Sauce y sus moradores. El caserío era entonces, como muchos diseminados en todo el territorio del país, un sitio de gente muy pobre pero trabajadora y honesta. La mayoría vivía del reducido salario que recibían los hombres como peones en las estancias de la zona, y las mujeres como lavanderas, cocineras y mucamas de las mismas. No era un sitio de miseria extrema, pero carecía de los servicios que en la ciudad se estiman indispensables. 
La escuela rural era no sólo el centro cultural del lugar, sino que al no haber policía ni servicios médicos, se constituía en la única presencia oficial y máxima autoridad en el pueblo. En ocasiones quien la dirigía, además de educar a los treinta y tantos niños que asistían, debía resolver disputas entre vecinos, curar alguna herida menor u organizar el traslado a un pueblo cercano de algún enfermo o herido de seriedad. En aquel entonces el único maestro era Mario Villalba, quien acudió a darnos la bienvenida apenas llegamos; hombre muy joven, alto y delgado, ojos y cabellos negros, sería el enlace oficial de la misión con el poblado mientras durase nuestra visita.
Al día siguiente de nuestra llegada me levanté temprano. La mañana era fría pero los cálidos rayos del sol asomando entre las colinas, comenzaban a disipar una densa niebla que cubría el lugar, y presagiaban un día soleado y agradable. Me dirigí a la tienda que oficiaba de cocina donde uno de los soldados preparaba un aromático café. José Vicente ya estaba allí; había venido montando un hermoso caballo oscuro que pastaba a poca distancia.
-Nos ha traído toda esa leña que está ahí - me dijo el soldado. 
Carmen, una de las compañeras, se había acercado. Al notar nuestra sorpresa, el soldado reiteró:
-Sí, es verdad; él solo lo ha hecho.
El niño sonreía con modestia. La serenidad de su rostro reflejaba una madurez poco común a su edad, y sus ojos pardos miraban con firmeza y determinación.
-¿De quién es el caballo? -le preguntó Carmen.
-Es mío -contestó el chico con satisfacción. -Don Eulalio me lo regaló.
Por extraño que parezca, éste fue el comienzo de una relación que resultó fructífera para todos los integrantes del grupo. La ayuda de José Vicente fue fundamental para el éxito de la misión. Nos acompañaba casa por casa y nos ayudaba a vencer la timidez y desconfianza de los vecinos, que en un principio se negaban a cooperar con "la gente venida de la ciudad"; a los niños pequeños que lloriqueaban al ver las jeringas hipodérmicas, los convencía, no sé cómo, de que debían vacunarse; explicaba a los ancianos que era importante que se les tomara la presión arterial. Para su corta edad, su eficiencia nos asombraba.
Un par de días después, mientras cenábamos, el doctor Burgos dijo:
-Es evidente que ese muchachito es algo especial. Hablaré con sus padres para ver si el año próximo se lo puede enviar a la ciudad para que continúe su educación.
-Sí, aquí se está desperdiciando -comentó Patricia, nuestra asistente social.
-Además -prosiguió el médico, cuando tenga unos años más se irá de todos modos, y al no tener una educación media, no podrá desarrollar su talento, que es innegable.
-No será fácil, -dijo Rolando, otro compañero. -Es huérfano. Sus padres adoptivos son muy pobres...
-Pues deberíamos hacer algo nosotros -interrumpió Carmen.
-Si pudiéramos conseguir ayuda de alguno de los hacendados de la zona -dijo el médico acariciándose la barbilla.
Hubo un breve silencio, que fue roto por el maestro, que estaba cenando con nosotros.
-Hay una posibilidad.
Luego de una pausa, comenzó a explicarnos cómo eran las relaciones entre aquella humilde gente y los dueños de la tierra. Cómo se había mantenido por muchas generaciones aquel sistema de latifundio agobiante. Nos contó de su lucha sin pausa durante más de tres años, tratando de despertar en los millonarios de la zona una conciencia que parecía dormir el mismo sueño que la pequeña capilla.
-Pero yo conozco uno... su estancia está bastante cerca; es don Eulalio Hernández; casualmente Manuel e Isaura trabajan para él. Quizás si se le hablara... porque el muchacho merece que se le ayude. Fue mi alumno, muy aventajado por cierto, y sé que él querría continuar estudiando.
Venciendo mi timidez, le pregunté:
-¿Qué le hace pensar que ese señor puede ser más generoso que los demás? 
-Bueno... yo lo conozco bastante; es un hombre instruido, bastante accesible. Además Lauro, su hijo, es de la misma edad que José Vicente; han sido compañeros en la escuela y son buenos amigos. Este año Lauro se ha ido a continuar sus estudios secundarios en la ciudad, claro, y sólo viene a la estancia durante las vacaciones, pero los muchachos todavía son buenos amigos, aunque son muy diferentes. 
Según el maestro, Lauro era un chico inteligente, cortés, simpático, pero también muy ambicioso y perspicaz. En los juegos, siempre se aprovechaba de la ingenuidad de José Vicente, pero a éste no le importaba y le toleraba todo.
El maestro calló, y se quedó mirando el fuego que ya era casi únicamente cenizas.
-Si usted convence a ese señor Hernández -dijo el doctor Burgos -yo le consigo alojamiento en la ciudad. Conozco una señora que tiene una pensión para estudiantes a la vuelta de mi casa; creo que podría aceptarlo por un pago reducido, si el chico estuviera dispuesto a ayudar en los menesteres de la casa; siendo como es, creo que no tendrá dificultades en adaptarse a vivir allí. Yo podría vigilarlo en sus estudios y demás.
-¡Estupendo! - fue el comentario de Carmen, seguido por los ¡hurras! de los demás, que levantábamos los brazos con alegría.
Nos fuimos a dormir felices de saber que a José Vicente se le daría una oportunidad.
Los días transcurrieron veloces. Nuestra tarea se cumplió sin grandes problemas. Cada atardecer, luego de que el sol ponía una paleta de pintor en el oeste, que luego se desvanecía para dar paso a una inmensa bóveda estrellada, era grato sentarse junto al fuego a comentar los sucesos del día. Luego de la cena, muchos niños del vecindario se acercaban al campamento como mariposas nocturnas. Mario traía su guitarra y cantaba nostálgicas tonadas que todos procurábamos acompañar a coro, aunque a veces no recordábamos la letra y la canción terminaba en medio de las risas de todos. Luego alguien relataba cuentos, basados en las leyendas del campo, siempre fantásticos y espeluznantes; los niños más pequeños escuchaban muy serios y se acurrucaban junto a sus hermanos mayores; hasta que, pasadas las diez, el doctor Burgos nos avisaba que era hora de irse a dormir.
Y llegó la víspera de la partida. Esa noche, durante la cena, se hizo un balance de los sucesos de la semana transcurrida, algunos cómicos, otros tristes; en general el saldo era positivo; Capilla del Sauce era un lugar de gente bastante sana y sus problemas sociales no eran extremadamente graves. Mario había hablado ese mismo día con don Eulalio sobre el futuro de José Vicente. Al terminar la cena, se hizo el silencio y el maestro dijo:
-Sí, he conversado con el hombre. No puedo decir que lo he convencido, pero tampoco me ha dado una negativa. Dice que lo va a pensar.
Hubo un murmullo de desilusión; levantando su brazo, el maestro continuó:
-No sean pesimistas; creo que va a ceder. Hemos conversado durante más de una hora, y creo que está decidido a colaborar. Lo que le preocupa es la cifra, y me ha dicho que hablará con Manuel e Isaura. Me dijo: "No se preocupe, maestro, no lo voy a defraudar. Pero deme un poco de tiempo". Por eso creo que finalmente accederá.
-Me alegro -dijo el doctor Burgos. -Usted tiene mi dirección en la capital; apenas sepa algo más, hágamelo saber, por favor.
El buen ánimo volvió a reinar en la reunión. Me levanté y salí de la tienda. La noche era templada y calma; los grillos daban su acostumbrado concierto. Miré el cielo estrellado y me quedé absorto ante la inmensidad del cosmos. En la ciudad no se puede apreciar lo majestuoso del cielo nocturno como en el campo. Siempre he pensado después que, con mis cortos 17 años, esa noche creí comprender que la verdad no se encuentra en la búsqueda de bienes materiales, sino en poder cumplir el papel que se nos ha asignado, por pequeño que sea, en esa obra maravillosa que es la creación. Caminé durante unos minutos alejándome del campamento. Unos meses antes, en mi último año de secundaria, había estado estudiando la obra de Walt Whitman, la que me había impresionado hondo. En aquel momento creí haber llegado a una conclusión: aun la más insignificante criatura o la más pequeña brizna de hierba tienen importancia para la armonía de todo el universo.
Las voces de mis compañeros que salían de la tienda me hicieron regresar caminando lento.
-¡Vamos! ¡A dormir! Mañana hay que desarmar todo esto -me dijo Rolando.
Al día siguiente, luego de una emocionada despedida, partíamos lentamente en los camiones por el camino pedregoso, mientras los chicos del lugar, con José Vicente a la cabeza montado en su lustroso caballo oscuro, nos seguían corriendo atropelladamente mientras saludaban con sus brazos en alto. José Vicente cabalgó junto a los camiones por más de dos kilómetros hasta llegar al viejo puente de madera que cruzaba la Cañada Fuentes, que en aquella época del año era sólo un hilo de agua corriendo mansamente entre los pedruscos. Las vigas del puente crujieron al paso de los vehículos. Al trepar la amarillenta colina miré hacia atrás; la figura del muchacho montado en su caballo junto al puente ha quedado grabada en mi memoria como una vieja foto.

Pasaron varios meses. Capilla del Sauce fue un recuerdo más entre otros sitios que visitamos con el grupo. Pero al llegar el verano, y con él las vacaciones, Rolando me llamó por teléfono un día:
-Tenemos que ir esta noche a la casa del doctor Burgos. Ha recibido carta del maestro de Capilla del Sauce, y quiere hablar con nosotros.
-¿Se arregló lo de José Vicente? -pregunté.
-No sé nada. Sólo me ha llamado Carmen pidiéndome que avisara a todos. ¿Irás entonces?
-Claro que sí -le respondí.
Esa noche encontré en casa del médico a casi todos los compañeros de la misión. La esposa sirvió refrescos y ofreció café; momentos después él apareció en la sala y nos miró con expresión grave.
-He recibido esta carta de Mario -dijo sentándose -Creo que será mejor que la lea.
Con parsimonia sacó la hoja del sobre y la desdobló como vacilando. Por un instante se quedó pensativo, pero finalmente dijo:
-Bien, dice así: "Mi estimado doctor: las noticias que tengo sobre José Vicente no son nada buenas. Pero será mejor que le cuente desde el principio. Hace una semana, cuando empezó esta lluvia mansa y persistente que no ha cesado ni por un minuto, no nos imaginábamos que sucedería lo que ha sucedido. Usted recordará que don Eulalio estaba dispuesto a ayudar al chico económicamente. Cuando empezó este diluvio, no pude ir a hablar con él como habíamos planeado. Hace cuatro noches, cuando me disponía a irme a dormir, oí ladrar los perros en forma poco habitual. Notando que había movimiento en uno de los ranchos, decidí ir a averiguar. La lluvia y el viento arreciaban en forma despiadada. El movimiento era en el rancho de Manuel e Isaura. Cuando llegué a la puerta me sorprendió encontrar a don Eulalio con aspecto abatido y rostro angustiado. Había venido a caballo desde la estancia. Le pregunté qué sucedía, y me dijo que Lauro estaba muy enfermo, con temperatura muy alta y fuertes dolores en el vientre; el "jeep" estaba descompuesto y la tormenta había inutilizado la línea telefónica. Había venido a pedir a José Vicente que fuera hasta Quebracho, a cuatro leguas de aquí, a buscar al Dr. Álvarez. ¡Qué ironía!, pensé. Le pregunté dónde estaban los peones. Me dijo que estaban todos en el 'Puesto', allá en el fondo del campo, tratando de salvar el ganado de la inundación. El muchacho ya se estaba vistiendo. Cuando estuvo pronto don Eulalio le dijo emocionado, mientras le daba un poncho: 'Hijo mío, la vida de Lauro depende de usted. Vuele hasta Quebracho y dígale al Dr. Álvarez que venga de inmediato. Que se le pagará lo que sea. ¡Y vaya con Dios, hijo!'. José Vicente miró al hacendado por un momento, y sin decir palabra, asintió con la cabeza, se cubrió con el poncho y salió. Montó de un salto, se despidió levantando su brazo, y se perdió en la oscuridad de la noche. Isaura salió afuera y le gritó: '¡Vaya con cuidado, Josecito!'. Al verla entrar haciendo la señal de la cruz con su rostro mojado por la lluvia y las lágrimas, sentí un nudo en la garganta; pensé que debí haberme ofrecido para ir yo mismo en busca del médico, aunque mi habilidad como jinete deja mucho que desear. Manuel estaba ausente en otra estancia; la pericia de José Vicente sobre un caballo era incuestionable; era lógico que don Eulalio hubiera pensado en él. Pensé que todo iría bien, y que en un par de horas el Dr. Álvarez estaría entre nosotros. El temporal arreció; el viento sopló con fuerza inusitada. Los relámpagos partían el cielo en pedazos y el ruido de los truenos parecía sacudir la tierra. En mi vida he visto una tormenta igual. Con el ánimo bastante caído, que quedé allí con los demás sin saber qué hacer. Algunos vecinos se habían acercado al saber la noticia, e Isaura preparó mate y café para todos. La enfermedad de Lauro preocupaba mucho a su padre, y su preocupación había contagiado a todos. Un rato después, don Eulalio decidió regresar a la estancia para estar junto a su hijo. Al salir me dijo, 'Desde luego cuente con la ayuda para el muchacho, sin condiciones. La suma que usted diga'. Su rostro denotaba la angustia que vivía, no sólo por la enfermedad de Lauro, sino quizás por un sentimiento de culpa, por no haber decidido ser más generoso antes de tener que pedir tal favor a José Vicente."
El doctor Burgos hizo una pausa en la lectura para tomar un trago de agua. El silencio era total. El tono dramático de la carta había puesto una expresión grave en todos los rostros. Nadie se movió y el médico continuó la lectura:
"La lluvia continuó, y por varias horas nos quedamos esperando oír, entre el fragor de la tormenta, el ruido del motor de un vehículo, que no llegaba. Un aire de tragedia se fue apoderando del lugar. Se oía el murmullo de algunas mujeres rezando en otra habitación. De tanto en tanto el fogonazo de un relámpago ponía por un instante una blancura de sepulcro en todos los rostros; casi de inmediato, el trueno hacía temblar las paredes de la modesta vivienda. A medida que pasaban las horas, nos sentíamos más preocupados. Yo miraba el reloj pensando que ya era tiempo de que estuviesen de regreso José Vicente y el médico. Pero luego me decía: ¿y si el 'jeep' del Dr. Álvarez también está descompuesto? Era posible. ¿O si éste tenía otra emergencia en algún otro sitio? ¿O si no se encontraba en Quebracho esa noche? Barajaba en mi mente todas esas posibilidades, tratando de encontrar una respuesta a la tardanza. Las primeras luces del amanecer trajeron una pausa a la tormenta; el viento cesó, y también los relámpagos; sólo la lluvia suave y monótona continuó cayendo de aquel cielo negro que poco a poco se fue tornando gris. Pidiendo a Isaura que me avisara apenas supiera algo, regresé a la escuela preocupado. Nada sabíamos de José Vicente, y nada sabíamos de Lauro. Fue cerca del mediodía que llegaron las malas nuevas; dos troperos arribaron al poblado anunciando que la Cañada Fuentes se había salido de madre la noche anterior y la fuerte correntada había destruido el viejo puente de madera. Una hora más tarde un sargento de la policía de Quebracho trajo la triste noticia: un par de kilómetros río abajo había sido encontrado el cuerpo de José Vicente".
La voz del Dr. Burgos pareció quebrarse. El médico interrumpió la lectura por un momento para enjugarse los ojos con su pañuelo. Todos quedamos en silencio. Finalmente, Carmen pudo decir, ahogada por el llanto:
-Por favor, doctor, continúe leyendo.
-Sí, sí -dijo el Dr. Burgos. -Dice así: "...Unas horas más tarde trajeron el cadáver; lo velamos aquí mismo, en la escuela. No tengo palabras para decirle lo que hemos estado viviendo todos acá desde ese momento; he visto hombres fuertes y curtidos por los golpes de la vida, llorando como niños; he sentido en carne propia el dolor de toda esta gente que no puede conformarse con la tragedia. Usted se estará preguntando qué sucedió con Lauro; pues bien, pasada la medianoche, la fiebre cedió gradualmente y por la mañana ya estaba bien. Al parecer, todo fue una indigestión o algo así..."

Muchos años han pasado desde aquella noche. El recuerdo de aquel caserío enclavado en las serranías al sur del Río Negro ha acudido a mi mente muchas veces; y también la figura de aquel muchacho saludando alegremente junto al puente de madera, mientras nos alejábamos por el camino polvoriento. Y muchas veces al mirar el cielo por las noches, recuerdo aquella última vivida en Capilla del Sauce, cuando con mis ingenuos 17 años, creí haber comprendido la armonía universal. Siempre he pensado desde entonces, que mi pobre mente humana no alcanzará nunca a entender lo intrincado de la justicia divina.
Autor: M. Gamarra - Montevideo, 1969.

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