La dignísima señora Cromer

 

Mientras esperaba en la camioneta, a Glauco lo empezó a consumir la impaciencia. Manolo estaba tardando más de lo prometido. Luego de mirar su reloj que marcaba las cinco y media de la tarde, abrió la puerta y salió del vehículo; caminó algunos pasos para desentumecerse y reducir su tensión. Unos minutos más tarde su amigo salió del bar, se le acercó y le palmeó la espalda.
-Disculpa, Glauco, pero estos son mis mejores clientes. -dijo mientras ponía el motor en marcha - No es sólo entregar la mercadería; tienes que dedicarles un poco de tiempo, y escucharlos quejarse de lo caro que está todo, de los nuevos impuestos y demás, hasta que finalmente te dan el cheque.
-Es que tengo que regresar a casa pronto. Esta señora Cromer que vos no conocés, viene esta noche a cenar y Mirta necesita que la ayude. Por eso aproveché que andaba cerca de tu boliche, para comprarte este vino español con el que decís que podré impresionar a mis visitantes. Pero como sabés, los australianos acostumbran cenar temprano.
Manolo, cuyos padres habían emigrado de Galicia siendo él un niño, tenía un floreciente negocio de importación y venta de bebidas alcohólicas, que le permitía, entre otras cosas, irse de vacaciones a España cada dos o tres años.
-Hombre, ése que te llevas es un tinto finísimo -dijo - no vas a hacer mal papel. Pero ¿qué tanto apuro? ¿es que tu mujer no se las apaña para preparar una cena ella sola? -dijo en tono algo irónico.
-No, es decir, claro que sí. Pero ésta es una cena especial. Es alguien importante.
-¿Y qué hace esa señora si se puede saber?
Glauco Gianelli había dado hacía menos de un año el gran paso de dejar su Argentina natal y viajar a la lejana Australia. Casi de inmediato había conseguido trabajo y estaba iniciando el proceso de integración a la nueva sociedad: la compra de muebles, algunos de segunda mano, el tropezar con las asperezas de un nuevo idioma y tratar de hacer nuevas amistades, eran sus actividades prioritarias.
-Mirá, te cuento desde el principio. Hace como cuatro meses llegué a casa un día y Mirta me dijo "tenemos visitas". Fui al cuarto de Carlitos, y ahí estaba él con un gringuito compañero de la escuela. "Papá, éste es mi amigo Lionel", me dijo con cierto orgullo, y al pibe le dijo en inglés que yo era su padre. El gringuito me saludó en forma muy cortés y volvieron a sus juegos. Se quedó hasta la noche. Los chicos, che, son fantásticos para las Public Relations, que le dicen. Mirta telefoneó a la madre y le preguntó si el niño se podía quedar a cenar. Ella dijo que sí y más tarde, como a las ocho y media vino a buscarlo. Cuando abrí la puerta me quedé sin habla. Frente a mí había una mujer hermosa, Manolo, pero algo… fuera de serie. Morocha de ojos bien verdes, de unos cuarenta y algo, pero ¡qué bomba, hermano! Casi de mi altura, delgada pero sabés ¿no? -hizo con ambas manos un gesto alusivo - y con una sonrisa que ni te cuento. Como yo me quedé mudo, ella, siempre sonriendo me preguntó si yo era "Mister Gianelli" y dijo que era la señora Cromer, la madre de Lionel. ¡Qué voz, hermano! ¡De esas que te acarician! 
-Sí, ya sé -dijo Manolo riendo -Como en vuestros tangos, ¿no?
-Algo así, -prosiguió Glauco ignorando el sarcasmo -el caso es que unas semanas después Carlitos vino de la escuela con una invitación; Lionel cumplía nueve años. Sabés como es la costumbre aquí; uno los lleva al party, los deja, y te dicen a qué horas los tenés que ir a buscar. Como no viven cerca y yo no tengo coche, tuvimos que llamar un taxi para que Mirta lo llevase. Al ver que mi mujer llegaba en taxi, la señora Cromer la convenció para que se quedara en la fiesta infantil, diciéndole que más tarde ella la traería de regreso. De esto hace unos dos meses.
Manolo detuvo la camioneta frente a una casa.
-Disculpa. Entrego algo aquí, y vuelvo enseguidita. Ya, ya mismo vuelvo.
Manolo bajó una caja de vinos, los entregó y volvió al vehículo diciendo:
-Perdóname, es un catalán viejo, cliente de muchos años. 
-¿Así que tus clientes no son sólo los bares?
-No, claro que no, hombre. Tengo particulares, como éste… oficinas… hoteles… y otros negocios. Sigue, sigue contando -y puso en marcha el motor.
-Bueno, la señora Cromer se tomó la molestia y vino con el hijo a traer a Mirta y Carlitos a casa… ¡en un Mercedes último modelo! Se me ocurrió preguntarle si quería pasar a tomar un café pensando que no aceptaría, pero me sorprendió: dijo que encantada. Los chicos radiantes, te imaginás. Charlamos largo rato pues el niño no se quería ir. Cuando al final se fueron, Mirta me contó que la casa es una mansión; tiene no sé cuántos cuartos, y las paredes están llenas de cuadros enormes, que parecen de mucho valor. La señora Cromer le contó a Mirta que es viuda; el marido era un ministro, dijo, y ella es dueña de no sé cuantas propiedades y vive de sus rentas. Aparte de eso, trabaja para instituciones de caridad.
-¿Con cuáles? - preguntó Manolo, -porque mi mujer, ¿sabes? está en una de ésas.
-No lo sé, Gaita. Bueno, pues parece que su marido era multimillonario así que la dejó parada. A las dos o tres semanas nos invitó a cenar, y te imaginás: vajilla de plata, una muchacha sirviéndonos en la mesa, que como sabés aquí el servicio doméstico es muy raro, vino francés, dos postres diferentes y café con licores, en fin, una cena que nos ha dejado abrumados. La casa es de película, gaita, los muebles finísimos, tal vez importados de Italia. Tiene hasta una sala de billar, y una piscina techada, ¿podés creer? ¿Cómo retribuir? Imaginate, para un recién llegado como yo, con mis pobres muebles, que todavía ni siquiera auto tengo, y apenas si hablo el idioma, me sentí… como un pollo mojado. Además, se había puesto un vestido con un escote más que generoso, que yo no podía dejar de mirar. Pero, te digo, con toda la plata que se ve que tiene, es una persona sencilla, nada pretensiosa y muy simpática. Ah, ¿y sabés qué? Hace diez días le trajo a Carlitos una computadora de regalo.
-No me digas.
-Sí, yo no podía creer. Mirta había ido a la peluquería. Instalamos la compu, Carlitos y el pibe se pusieron a jugar. Le ofrecí un jerez, puse un CD de tangos y se quedó charlando conmigo como una hora hasta que Mirta volvió. Realmente, Manolo, a veces… si no fuese porque yo quiero mucho a mi mujer…
-¿Qué? ¿Le harías una arrimadita?
-Bueno… no, claro que no, ni pensarlo. Es una señora seria, pero es que… tiene una forma de mirarme que me pone nervioso y no sé qué pensar. ¿Qué hora es? -mirando su reloj - casi las seis, gallego. Mejor te apurás, porque estamos lejos de mi casa.
-Sí, sí hombre, no te preocupes. Me falta solamente una entrega y después nos vamos. En media hora te dejo en tu casa. Tranquilo, guapo. ¿Así que te tirarías una cana al aire con la dama?
-No, gallego, te digo que no. Son locuras que uno piensa a veces…
-Tu mujer no lo merece. Es muy buena, chico, y además guapísima. Mejor cuida lo que tienes en casa.
-Ya sé, ya sé. Además, se nota que la señora Cramer alterna en un círculo de gente millonaria. Las fotos que vi sobre las repisas, ¡no sabés! una con el actual Primer Ministro, otra con un grupo rodeando al Príncipe Charles cuando estuvo aquí, y otras fotos siempre con gente importante. Es persona de alcurnia, te lo aseguro. No se va a fijar en un pobre diablo como yo. ¡Qué va! Lo que pasa es que ya tiene eso… ese don de la simpatía; eso es.
-Bueno, pero si conoce tanta gente importante, te puede conseguir un contacto, o a tu mujer un buen trabajo. Aprovecha, chico, mira que ahora las cosas no son como cuando nosotros vinimos.
-Eso mismo, Manolo, ella ya le preguntó a Mirta si le gustaría trabajar. Sería bueno si le consiguera algo, aunque fuera un part-time. Por eso es que tenemos que hacer buen papel esta noche. ¡Así que no demorés, gallego, por favor! 
-Bueno, bueno, si quieres que me apure, me ayudas, pues son dos cajas de vino y esas con botellas de whisky. Ya llegamos.
Manolo detuvo la camioneta frente a un edificio de tres pisos con varias tiendas en la planta baja.
-¿Qué negocio es éste? -preguntó Glauco.
-Es una compañía que trabaja más bien con turistas. Ya lo verás. Ayúdame.
Ambos se apearon de la camioneta; sacaron las cajas y Glauco, luego de mirar impaciente su reloj, "Seis y diez ya, la pucha!" pensaba, siguió a su amigo por unas escaleras a la planta alta, donde una joven detrás de un pequeño mostrador los saludó y les indicó que pasaran a una amplia habitación donde había un escritorio con una computadora, dos ficheros metálicos; dos sillones y un sofá completaban el mobiliario. Tres mujeres jóvenes que conversaban, miraron a Glauco con curiosidad. Ya estaba oscureciendo; sobre una mesa una lámpara se esforzaba sin mayor éxito por alumbrar la habitación.
-Deja la caja ahí contra la pared -le indicó Manolo. Glauco obedeció y a su vez le dijo en voz baja:
-Tratá de no demorar, Gaita -Y algo desconcertado, pues la vestimenta y el abundante maquillaje de las damas no era precisamente de oficinistas, prosiguió: -Te conozco gallego, ¿cuánto vas a demorar? No te olvides de mi cena, por favor; es importante…
-No te preocupes. Sólo voy a que me paguen y nos vamos enseguida.
-Okey, pero por favor, apurate, ¡si llego tarde Mirta me mata! 
-Sí, sí, tranquilo. Me pagan y nos vamos. 
Mientras Glauco pensaba "si este gallego me hace llegar tarde, yo lo amaso", una de las jóvenes llevó a Manolo a otra habitación, y otra se acercó a Glauco, diciéndole en inglés:
-¿Cómo estás buen mozo? ¿Qué te cuentas? Siéntate, por favor. 
Glauco pudo notar que no era tan joven como le pareció al principio.
-No, gracias… yo … aquí estoy, ayudando a mi amigo -respondió bastante nervioso. Mirta estaría pensando dónde andaría.
A pesar de que Manolo tardó sólo unos minutos, a Glauco le pareció una eternidad. Cuando ya creía que no podría resistir más la impaciencia, su amigo reapareció conversando con una mujer de aire desenvuelto y autoritario. Glauco pensó: "¡Ufa, al fin! Ésa debe ser la gerenta del quincho. ¡Apurate, Gaita! ¡Por tu culpa voy a llegar tarde a la cena!", pero nada dijo.
Se acercaron a donde él se encontraba, y Manolo habló:
-Helen, éste es mi amigo Glauco - Y mirando a éste: -Glauco, te presento a Helen. Ella es la propietaria aquí…
Glauco quiso hablar, pero no supo qué decir. 
-¿Cómo está usted, Mr Gianelli? -dijo la dama sonriendo -Quédese tranquilo. A las ocho en punto estaré en su casa.

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