Alfajores Monteverde

 

La carta estaba escrita en inglés, no tenía firma, y exigía la suma de un millón de dólares en el plazo de siete días. De no cumplirse con la demanda alguien comería alfajores envenenados. Eduardo la leyó por segunda vez tratando de que la horrorosa idea se escurriese por la superficie de su mente. ¿Sería una broma pesada? Mas luego comprendió que estaba frente a una extorsión.
Con un suspiro hondo se dejó caer en el sofá pues las piernas le temblaban y un dolor extraño recorría su espina dorsal. Miró a su alrededor. La sala amueblada con gusto, el ventanal que daba al traspatio con la piscina y más allá la cancha de tennis parecieron disolverse en la niebla que cubrió sus ojos. Todo aquello, pensó, fruto de su trabajoso esfuerzo de casi veinte años, corría el riesgo de perderse.
Años atrás, junto con su mujer y su hija Carmina habían dejado Alicante, para dos días después bajar del avión en Sydney con cuatro maletas y 200 dólares. Luego de probar suerte en diferentes trabajos, y de mil fricciones y malentendidos por no saber el idioma, habían conseguido empleo en un restaurante italiano, ella como ayudante de cocina, y él como camarero. Allí trabajaron casi dos años, al cabo de los cuales habían podido lograr cierta estabilidad económica y emocional en el intrincado proceso de adaptación al nuevo país.
Un día, viendo a su mujer muy ocupada en la cocina, le había preguntado qué estaba haciendo.
-Alfajores. Hace años que no los hago.
Cuando invitaron a los vecinos australianos a tomar el té, éstos quedaron impresionados con los "Spanish cookies":
-Mrs. Monteverde, usted debería hacer esto para la venta. Son deliciosos -había dicho el vecino, con aire convencido.
-Rosario, por favor, llámenme Rosario. El "Mrs Monteverde" me hace sentir más vieja. Gracias, me alegro que les hayan gustado.
Mujer emprendedora y muy ambiciosa, Rosario no lo pensó dos veces. Para ese entonces ambos ganaban salarios razonables en el restaurante, pero su mayor anhelo, la casa propia, parecía empecinado en mantenerse más allá del horizonte. Al siguiente lunes, su día libre en el restaurante, compró dos quilos de harina de maíz y se puso a hacer alfajores; cuando Eduardo entró a la cocina, le mostró uno y dijo:
-Ve a a algún sitio y cómprame bolsitas de celofán o de plástico de este tamaño.
-¿Y eso para qué?
-Porque le vas a llevar dos docenas al griego del café de la esquina. Le dices que pruebe a venderlos. 
Él la había mirado dubitativo. 
-No te quedes ahí parado como un pelmazo. Anda, te digo.
-¡Tú estás loca mujer!
-Anda de una vez, o si no tendré que dejar todo esto para ir yo misma.
Él, vacilando unos segundos, había dicho:
-Pero… ¿de veras crees que los podrá vender?
-Le dices que pruebe uno, y le dejas los demás en consignación por tres o cuatro días. Si los vende, nos paga; si no los vende los traes de vuelta y los comemos nosotros.
-Está bien, voy y te traigo eso, pero me parece que es una reverenda estupidez.
Lejos de ser una estupidez, la idea de Rosario había resultado brillante. Sus alfajores tuvieron inmediata aceptación. El griego les pidió más, y unos meses después en otros cafés de los alrededores los alfajores se vendían con tanta facilidad, que Eduardo empezó a pensar si su mujer no habría clavado el pico en una veta dorada. Decidieron despejar el garage, comprar una mesa grande y un pequeño horno eléctrico y probar suerte; como en el restaurante trabajaban de tres de la tarde a once de la noche, se dedicaron a los alfajores por las mañanas. La jornada era agotadora, pero seis meses más tarde ambos habían dejado el restaurante para trabajar "full-time" en la improvisada fábrica, y habían empleado una mujer para ayudarlos.
Las ventas aumentaron con promisoria rapidez. Un día llamó a la puerta un inspector de sanidad y les explicó que en Australia no se podía tener un negocio en el garage, y que si continuaban allí la multa sería grande. Rosario comprendió que había que dar el gran paso, y dijo a Eduardo que debían conseguir un préstamo en el banco para instalarse en forma legal. Ante la vacilación de su marido, decidió ir ella misma y ofrecer al gerente, hombre al fin, su sugestiva sonrisa, pues aunque ya había dejado atrás los cuarenta, sus finos rasgos y elegante figura aún atraían las miradas masculinas y sabía ser persuasiva. El préstamo les fue concedido. Alquilaron un local que cumplía con las reglamentaciones legales, y compraron un horno más grande y un par de máquinas para incrementar la producción que hasta ese momento se había efectuado en forma manual.
Todo les rodó tan bien que en menos de dos años tuvieron que mudar la fábrica a otro local más grande. Importaron maquinaria de España, compraron dos furgonetas para el reparto y contrataron más personal. Algunos años más tarde los Alfajores Monteverde podían verse en la televisión y en anuncios de gran tamaño en los principales diarios. Entre operarios y personal administrativo trabajaban ahora en la empresa más de 50 personas. Habían vuelto a mudarse a un local propio bastante más adecuado, y su clientela incluía los más importantes supermercados. Eduardo era ahora presidente de una sólida empresa cuyas ventas anuales ascendían a varios millones, y estaba considerando exportar a Japón y a otros países asiáticos.
Leyó nuevamente la carta. Veinte años de sacrificios se veían amenazados por una mente criminal o desequilibrada. Cuando Rosario notó su expresión de angustia y le preguntó qué ocurría, él sin decir palabra le pasó la hoja de papel.
-¡Qué horror! Llama a la policía de inmediato -dijo ella.
-¿No leíste lo que dice al final? Si se entera que vamos a la policía no esperará el dinero y pondrá veneno en algunos alfajores enseguida.
-Pero ¿y qué vamos a hacer? ¿Pagar y quedarnos de brazos cruzados? No, querido, yo voy a llamar ahora.
-Espera, espera un poco. ¿No ves que dice que se va a comunicar con nosotros de inmediato? Tal vez llame por teléfono ahora.
-Pues con más razón. Ellos pueden arreglar para grabar la llamada. Esto no podemos manejarlo nosotros solos. ¡Piensa, Eduardo! 
Él pensó por largo rato y estuvo de acuerdo. Llamó a la policía, les dio los detalles y les pidió que vinieran cuánto antes por si había una llamada del extorsionista.
Mientras esperaba, volvió a rememorar. Carmina se había casado diez años antes, y un nieto de ocho años iluminaba la vida de ambos. "¿Los llamo? Mejor no les digo nada todavía, pues se van a preocupar. Esperemos a ver que dicen los detectives".
-¡Cómo demoran! -dijo Rosario impaciente. -¿Quieres un café? ¿No crees que deberías avisar a Roger y a los otros?
-Un café sí, por favor. Y es mejor que tú llames a Roger; yo ahora estoy muy nervioso. Pídele que venga urgente, pero no le menciones nada de lo que sucede todavía. No podemos arriesgar que trascienda la noticia; sería un desastre. 
Roger era el marido de Carmina. Doce años antes habían puesto un aviso en el diario solicitando un ingeniero, y Roger, recién salido de la universidad, se presentó y fue contratado; entonces Carmina estudiaba y trabajaba "part-time" en las oficinas, y pronto nació el romance que más tarde incorporó a Roger a la familia, y era ahora uno de los directores de la empresa. Los demás eran, además de Rosario, varios empleados en posiciones responsables. Los llamaría después de hablar con la policía.
Luego de lo que les pareció una eternidad sonó el timbre de la puerta. Rosario fue presurosa a abrir.
-Soy el inspector McLean y éste es el sargento Taylor. 
-Mucho gusto. Pasen, por favor -y los condujo a la sala, olvidando por un instante la grave situación: "¡Dios mío, qué guapo! ¡Si se parece a Paul Newman!" 
Introdujo a su marido, quien enseguida les mostró la carta. Los detectives la examinaron con detenimiento; había sido escrita usando una computadora, y el inspector les hizo notar que no había sello de correos en el sobre.
-No, es evidente que alguien la dejó personalmente en nuestro buzón, -dijo Eduardo bastante nervioso.
-¿Cuándo la encontraron? -el policía no mostraba emoción alguna.
-Pues… un rato antes de llamarlos.
-¿Han despedido a alguien en los últimos meses?
Pensaron por un instante, pero no recordaron ninguno.
-Los que se han ido, dos o tres, se fueron por su propia voluntad. No hemos despedido a nadie. -El nerviosismo de Eduardo iba en aumento.
-¿Tienen enemigos? ¿Alguien que pueda querer perjudicarlos?
Volvieron a recorrer los recodos de la memoria, pero ningún nombre apareció. 
Luego de casi dos horas de interrogatorio, en el que participó Roger que había llegado un rato después que los detectives, el inspector dijo con gravedad:
-Me temo, Mr Monteverde, que habrá que retirar su mercadería de todos los supermercados y lugares de venta. Esto le sucedió a Arnotts, ¿recuerda?
Eduardo sintió un escalofrío y comenzó a transpirar.
-Pero Arnotts es una compañía mucho más grande que la nuestra … Para nosotros esto puede ser la ruina total.
-Comprendo y lo siento mucho, pero no se puede arriesgar la vida de la gente.
Rosario y Eduardo quedaron abrumados. Los afanes de tantos años de arduo trabajo para hacer realidad su sueño se irían por la alcantarilla; no tenían seguro contra extorsión. Sus ojos húmedos brillaban. Recordó que unos años antes una firma que elaboraba embutidos había ido a la quiebra debido a la muerte de una niña que había comido fiambre procedente de su fábrica. También recordó los comienzos, trabajando doce o más horas al día los siete días de la semana; sin vacaciones ni días festivos por varios años hasta que la empresa comenzó una marcha firme y sin tropiezos. "¿Quién podrá ser? ¿Alguien que nos odia o un desconocido?"
Los detectives instalaron artefactos para grabar todas las llamadas telefónicas que llegasen a la casa, y llamaron varias veces a la central de policía haciendo pruebas para asegurarse que el sistema funcionaría bien. 
Rosario les sirvió café, y por supuesto alfajores. Llegó la noche y la atmósfera en la residencia era de tensa expectativa. Ella encargó cena en el restaurante chino de las cercanías, y pidió a Roger que la fuera a buscar. Los policías, rehusando al principio, aceptaron agradecidos luego, ante la amable insistencia de Rosario, y los cinco se sentaron a la mesa comiendo casi sin hablar.
-¿Cuánto hace que está en la policía? -preguntó Rosario, dirigiéndose a McLean.
-Pues… dieciocho años. Sí, salí de la Academia a los veinticuatro y de inmediato ingresé. -y se sintió obligado a agregar -el sargento Taylor hace casi diez años.
Rosario hizo cuentas mentalmente. "Así que 42 años, ¿eh?, Parece más joven este inspector. ¡Pero qué guapo es!" se repetía, todavía impresionada.
Luego del café, todos quedaron en silencio a la espera de la prometida llamada. Cada timbrazo del teléfono hacía saltar de sus asientos a Eduardo y Rosario.
A eso de las nueve la llamada llegó. Rosario levantó el auricular y el inspector escuchó en el otro aparato, mientras la grabadora se ponía en marcha. Una voz ronca y evidentemente falseada, dijo "Go to your letter box" y cortó. Roger corrió hacia el frente de la casa y regresó con una nota. La misma daba instrucciones: En el parque que estaba a poca distancia de allí, junto a una palmera que se erguía solitaria, había un pequeño edificio que tiempo atrás habría sido un depósito de materiales o un cobertizo para guardar herramientas. Allí debía ir Eduardo, solo, el siguiente miércoles a media noche, y dejar un maletín con un millón de dólares. Finalizaba con las consabidas amenazas en caso de que hubiese un policía a la vista, y que llamaría al día siguiente para saber la respuesta.
-Es obvio que es alguien que no vive muy lejos de aquí -dijo el sargento Taylor. -Si hace algunas horas dejó la primera nota, y ahora dejó ésta, no puede andar por el otro extremo de la ciudad.
El razonamiento tenía cierta lógica. Eduardo y Rosario trataron de pensar en alguien de entre sus conocidos de las cercanías que pudiera aventurarse a tal felonía; pero el resultado fue otra vez negativo. 
Secando sus ojos con un pañuelo, Eduardo preguntó a los policías que habían vuelto a examinar ambas notas:
-Si conseguimos el dinero para el miércoles, ¿puede quedar esto entre nosotros?
El inspector preguntó a su vez:
-¿Pueden conseguir un millón para el miércoles?
Eduardo miró a su mujer y luego a su yerno. Por algunos segundos nadie habló.
-Sí -dijo Eduardo, -lo conseguiremos.
Luego de deliberar largo rato, los policías les comunicaron que el acuerdo se mantendría secreto sólo hasta el miércoles. Si no atrapaban al extorsionista, la noticia se haría pública y los alfajores serían retirados de la venta en todo el país. Además les comunicaron que en la noche indicada veinte agentes de paisano y dos perros del plantel policial estarían ocultos en el parque y edificios cercanos dispuestos a detener a quienquiera que entrase al cobertizo después de Eduardo.
Al día siguiente, luego de una noche casi sin sueño, Eduardo se quedó de guardia junto al teléfono. La llamada no se hizo esperar. De nuevo una voz fingida sólo preguntó: "Is it O.K.?" y cuando Eduardo dijo que sí, se cortó la comunicación. 
Los días que siguieron fueron de frenética búsqueda tratando de reunir tan abultada suma. Había efectivo disponible en las cuentas bancarias, pero cada quincena había que pagar los sueldos, cada mes los acreedores, y no era posible usar ese dinero. Tuvieron que confesar la verdad al gerente del banco, pues no encontraron ningún otro pretexto, y le rogaron que mantuviese el secreto. El gerente autorizó medio millón, con la condición de que reestructurasen los contratos de hipoteca de sus propiedades y del local de la fábrica. Los otros directores, tan preocupados como él, debieron solicitar préstamos en bancos y compañías financieras para reunir el resto.
El miércoles la tensión en toda la familia había llegado al máximo. Eduardo contaba las horas y al llegar la noche la policía les comunicó que todo estaba dispuesto. El día anterior el pequeño edificio fue examinado, y en él sólo habían encontrado gran cantidad de basura, arena y herramientas en desuso. La puerta tenía la cerradura rota, y en la pared opuesta había una ventana; se tomaron precauciones para que tanto ésta como la entrada estuvieran vigiladas con cámaras de rayos infrarrojos, y varios detectives fueron provistos de prismáticos del mismo tipo que permiten ver en la oscuridad. Toda la zona estaría rodeada de modo tal que nadie podría salir de allí sin ser detenido de inmediato.
Diez minutos antes de la medianoche, Eduardo se despidió de la familia, tomó el maletín y partió en su Mercedes hacia el lugar de la cita. Un agente iba acurrucado en el asiento posterior. Estacionó a unos cincuenta metros del pequeño edificio y comenzó a caminar. La luna en cuarto creciente contemplaba la escena desde lo alto y la oscuridad no era total. Eduardo miró el cielo; una bandada de murciélagos cruzaba lenta en busca de las higueras de la costa. Eduardo temblaba; su corazón latía con violencia, y sintió una presión extraña en su pecho. Se detuvo un par de veces, tropezó en un desnival del terreno y casi cayó. Al llegar a la puerta del cobertizo, se detuvo un momento. Al entrar, las tinieblas aumentaron su temor pero con calma depositó el maletín en el suelo. Estuvo más de un minuto para habituar sus pupilas tratando de ver algo o a alguien, mientras pensaba que quizás no vería nunca más aquel maletín que simbolizaba la meta de sus afanes en las dos últimas décadas, y en lo vulnerable de su tan holgada posición financiera. Pero nada pudo ver. 
Transpiraba de tal forma que sentía su camisa empapada. Caminando lento y sollozando en silencio se dirigió a su coche. Volvió a mirar el cielo; los murciélagos continuaban su lenta peregrinación; debían ser miles, pensó. Mientras conducía de regreso y el agente detrás de él le preguntaba en voz baja si todo había ido bien, cincuenta ojos, entre ellos los de Roger, vigilaban el cobertizo, a la espera de que el extorsionista se presentara. Media hora después se oyó un perro ladrar en las cercanías; otro le contestó. Luego el silencio. Una hora más tarde algo se movió en un árbol cercano. Varios largavistas enfocaron aquel punto, pero era sólo un par de zarigüeyas que bajaban en busca de alimento. Como a las cinco de la madrugada uno de los perros policiales, que junto a un agente se agazapaban detrás de un matorral, gruñó brevemente. Pero nada sucedió y el agente lo calmó acariciándolo. 
Llegó el amanecer y no hubo ninguna novedad. Primero los pájaros y luego el ruido de vehículos rodando por las calles vecinas fueron vulnerando el silencio nocturno. El inspector McLean, Roger y dos policías esgrimiendo sus armas se acercaron al cobertizo con cautela. Al entrar la sorpresa fue grande. El maletín había desaparecido. En un rincón del edificio la arena y basura habían sido removidas y encontraron la tapa circular de un acceso al alcantarillado de la ciudad, que antes había estado cubierta por la arena.
-Muy ingenioso - comentó el inspector.
"Y muy estúpido de parte de ustedes", pensó Roger. "¿Cómo no se les ocurrió remover la basura y examinar todo el lugar hace dos días?". Pero nada dijo.
De inmediato los dos agentes bajaron al foso por la escalinata de hierro para ver a donde conducía, y McLean se comunicó con los demás y les dio la noticia. La policía de toda la ciudad fue notificada, aunque la vaga y más bien jocosa pista a seguir era alguien con un maletín negro.
Roger llamó a su suegro y le dio las malas nuevas; luego se dirigió a la casa. Una lluvia muy suave que había comenzado a caer, le hizo apresurar el paso.
La red de alcantarillado era compleja, pero luego de un par de horas la policía descubrió, a unos dos kilómetros del parque, la salida usada por el malhechor. Todos comprendieron que la trampa había sido un fracaso.
Los Monteverde, que habían pasado la noche entera a la espera de noticias, quedaron devastados. Por otra parte, no había seguridad de que detalles del episodio no se filtrasen a la prensa o la televisión, siempre hambrientas de sucesos insólitos, y eso podría causar la ruina de la empresa.
Con el ánimo por el suelo, Eduardo se encerró en su dormitorio pidiendo que nadie lo molestase. Rosario mantuvo la calma, y aunque visiblemente turbada, reunió a su hija y a Roger para deliberar sobre una salida a la inesperada situación. Poco más tarde ellos la dejaron para ir a dormir unas horas.
McLean vino en la tarde. Eduardo continuaba encerrado en su dormitorio. Aceptando una taza de té, el inspector informó a Rosario que se asignaría una cantidad extra de policías a la investigación. Al parecer había una pista; un hombre que comenzaba su trabajo de madrugada y vivía muy cerca de donde el delincuente había salido de las cloacas, había visto a un hombre portando un maletín negro subir presuroso a un Ford Falcon azul de un modelo reciente. Tenían pues, una muy vaga descripción del hombre: corpulento y de unos cincuenta años. Aferrándose a un hilo de esperanza, Rosario despidió al inspector y se fue a dormir; la noche pasada en vela la había extenuado. Al día siguiente, viernes, tanto ella como su marido se levantaron temprano. Había llovido toda la noche, y el cielo estaba gris. En el desayuno supieron que el Ford azul, que había sido robado dos noches antes, había sido encontrado y estaba siendo examinado en busca de alguna clave. El inspector dijo a Rosario por teléfono que tuviera confianza, pues la pesquisa iba bien encaminada. 
Al mediodía pasó el cartero. Rosario fue al buzón y regresó con varias cartas. Una de ellas le resultó sospechosa, pues en el sobre sólo se leía "Para Eduardo" y la dirección.
Con manos temblorosas, él rompió el sobre y extrajo una nota, que escrita en español esta vez, decía:
Jueves 5.
Eduardo: Cuando leas esto yo estaré volando sobre el Polo Sur, o quizás ya estaré llegando a Buenos Aires. Pero no te molestes en avisar a Interpol. Viajaré con pasaporte falso que me costó cinco mil, pero no importa. Lo pagaste tú, gilipollas. Además, el dinero no viajará conmigo. Antes de ir al aeropuerto, lo habré transferido a un banco europeo. Ahora la deuda está saldada. ¿Te acuerdas? Hace 28 años te dije que la pagarías bien caro, y ahora me la has pagado. Si no te acuerdas, pregúntale a tu mujer. Ella me conoció bien. (Esto estaba subrayado) Gracias, imbécil. Y firmaba: El Sordo.
-¿El Sordo? ¿Quién diablos…? -Eduardo trató de recordar. Su nerviosismo había aumentado. Su aspecto preocupó un poco a Rosario, quien también hurgaba en su memoria:
-¿El Sordo? - y pensando un momento -Debe ser el Sordo Menéndez. 
Eduardo, con aspecto cada vez peor, sólo afirmó con la cabeza, mirándola en forma extraña. Ella le sugirió que se recostase un rato. Le ayudó a ir al dormitorio, le quitó los zapatos y le puso una manta sobre las piernas. Eduardo miraba el cielorraso. Su respiración era irregular y su rostro estaba congestionado.
-Voy a llamar al médico -dijo ella.
-No, no, se me pasará, no te preocupes. -insistió -Llama al inspector enseguida.
Rosario pasó a la sala, se sentó, de nuevo leyó la carta y rememoró:
A los 19 años, su hermosura tenía chalados a todos los jóvenes de su pueblo. Julián Menéndez, apodado el Sordo, casi diez años mayor, era uno de sus pretendientes. Una noche en un baile vino a invitarla; ella, notando su borrachera, con cortesía rehusó. El Sordo insistió y tomándola de un brazo quiso arrastrarla a la pista. Al ver aquello Eduardo, otro de sus pretendientes, 24 años, alto, atlético, impetuoso, decidió intervenir. Discusión áspera, empujones, forcejeos, puñetazos, y en la mano del Sordo brilló una navaja. En el acto dos jóvenes fornidos lo sujetaron por detrás y lo sacaron a una terraza. Alguien había llamado a la guardia civil, y el Sordo fue a dormir su borrachera a la comisaría. Rosario recordó que cuando lo llevaban, había gritado: "¡Me la vas a pagar bien caro, hijo'e perra!". 
Un año después del incidente Rosario y Eduardo se casaron y fueron a vivir a Alicante. Nunca más supieron del Sordo. Casi tres décadas después, en el otro extremo del mundo, éste había conseguido tomarse la revancha prometida. Era increíble, pensó, y luego llamó al inspector y le relató lo de la carta.
Un rato más tarde Eduardo vino a la sala más calmado y allí quedaron hablando apenas. Él también recordaba el episodio. "¿Qué quiso decir el bastardo con eso de que Rosario lo conocía bien? Y subrayándolo". Pero no quiso pensar en el pasado. Prefirió esconder detrás de la duda aquel pensamiento. El timbre del teléfono los despabiló y Rosario corrió a atender.
-Ah, inspector, ¿alguna novedad?
Eduardo pudo leer en el rostro de su mujer que las noticias eran buenas. El "sí, sí, muchas gracias" antes de cortar la comunicación sonó por demás alentador. Ella le dijo con excitación:
-¡No lo vas a creer! ¡Aerolíneas Argentinas está de huelga, y ayer el avión no salió! Los pasajeros saldrán en uno de Qantas dentro de dos horas.
Eduardo puso su mano en el pecho y su rostro mostró una expresión de zozobra.
-¡Ánimo, hombre! ¿qué te sucede? ¿no entiendes? ¡no se ha ido todavía y ahora sabemos quién es! 
Él afirmó con la cabeza e hizo un gesto con la mano que quería decir "entiendo, estoy bien" aunque el dolor en el pecho le preocupaba ahora más que cualquier otra cosa. Los sucesos de la última semana habían hecho mella en su salud; él se daba cuenta que podía ser serio pero no quería alarmar a su mujer.
-El inspector viene ahora a buscarnos para ir al aeropuerto, -dijo ella. -Supongo que a pesar de los años podremos reconocerlo. Anda a buscar una chaqueta.
Callado, Eduardo obedeció. Poco después McLean los recogió y en menos de una hora llegaban al aeropuerto. Más de veinte policías de paisano estaban dispersos entre la multitud y vigilando todas las salidas. El inspector llevó a Eduardo y Rosario a una oficina donde les instruyó sobre el procedimiento; se ubicarían en un lugar estratégico desde donde podrían ver sin ser vistos a todos quienes iban a abordar el avión. 
Luego de una espera que a Eduardo le pareció interminable, los altavoces anunciaron que los pasajeros con destino a Buenos Aires debían abordar el avión por el portón número 12. Dos policías estaban apostados a pocos metros, para actuar apenas les dieran la señal de identificación.
La pareja y el inspector se habían ubicado detrás de una ventana especial desde donde verían desfilar los pasajeros. Éstos comenzaron a aparecer lentamente y el corazón de Eduardo empezó a latir con fuerza; de nuevo sintió la presión en el pecho que se fue transformando en agudo dolor; esto lo puso más nervioso aún y comenzó a respirar hondo.
De pronto Rosario dijo:
-¡Aquél! Es aquél, el del abrigo castaño y lentes oscuros. Mira, se ha teñido el pelo, y está gordo como un cerdo. Pero… estoy segura. 
Eduardo esforzó la vista mientras se friccionaba el pecho con suavidad, vio aquel hombre corpulento, lo reconoció, fijó sus ojos en el maletín que portaba y con voz alterada dijo:
-Si, es ése, inspector. Estamos seguros.
De inmediato McLean salió al pasillo y haciendo una leve señal a los agentes se dirigió a paso firme hacia el individuo. Éste olfateó al detective y dando media vuelta inició una carrera inesperada para un hombre de su edad. El inspector y los policías lo siguieron de inmediato al grito de "Stop! police!". Al oír aquello el pánico cundió entre la gente. Eduardo no pudo contenerse y corrió detrás de ellos. El Sordo bajó unas escaleras mecánicas llevando por delante a unas cuantas personas, y buscó con angustia una salida. Al pie de la escalinata un policía trató de interceptarlo, pero era un hombre fornido y enarbolando el maletín le dio un furibundo golpe en la cabeza que lo dejó tendido y pudo continuar, aunque la nutrida multitud le dificultaba el paso. Como un toro furioso arremetía dejando a varias personas por el suelo y continuaba su carrera por el enorme recinto sin saber a dónde dirigirse. McLean, seguido de Eduardo, acortaba distancia; finalmente lo alcanzó. Hubo un forcejeo violento; unas mujeres que estaban cerca llenaron el aire de alaridos. El Sordo procuraba librarse del inspector que lo había tomado por el cuello con firmeza, y Eduardo, que llegaba jadeando, trataba de quitarle el maletín. Segundos después otros agentes aparecieron y dominaron al Sordo que quedó tendido debajo de una pila humana.
Eduardo, entretanto, con el rostro desencajado, se abrazó al maletín y vacilando un instante, cayó al suelo. El paro cardíaco se había producido.
El inspector llamó una ambulancia que vino casi de inmediato y lo transportó a un hospital cercano, pero los esfuerzos de los médicos fueron inútiles; Eduardo había llegado sin vida.
Pese a la tragedia y a lo difícil de la situación, Rosario enfrentó su nueva responsabilidad con gran dominio, y con la ayuda de Roger y Carmina organizó una reunión del directorio para planificar el futuro. Del total del dinero faltaban sólo quince mil dólares. Supo después que el Sordo había mentido en la carta acerca de su itinerario. En realidad planeaba pasar unos días en Auckland, donde había reservado hospedaje a nombre de Ubaldo Martínez. Tenía la intención de convertir el dinero a dólares norteamericanos, para luego continuar viaje. 
El episodio sólo trascendió a los medios de comunicación como el arresto de un individuo requerido por la justicia que trataba de escapar del país. Unos días después unas cien personas despidieron a Eduardo en el cementerio, entre ellas el inspector McLean y el sargento Taylor.
Transcurrieron algunas semanas, y poco a poco todo empezó a retornar a la normalidad. Rosario había mostrado gran entereza y capacidad en el trance. Una tarde, cuando dormitaba frente al televisor, sonó el teléfono. Era McLean.
-Aló, sí inspector, soy yo. ¿Cómo dice? ¿Que me invita a cenar? …. Pues … no sé… -luego de una pausa larga -¿Es usted casado?… Ah, divorciado… bueno, sí, acepto. ¿el sábado en el Sorrento? Sí, lo conozco. ¿A las siete y media? Bien, allí estaré.
Seis meses después Rosario y el inspector McLean se casaban y él dejaba el cuerpo policial para asumir el cargo de presidente del directorio de "Alfajores Monteverde" con plenos poderes. No perdió mucho tiempo y decidió darle un nuevo giro al negocio estableciendo una serie de medidas para su expansión. "Hay que renovarse y diversificar" era su lema. 
Convenció a Rosario que debían obtener un préstamo de varios millones para financiar la expansión. Había que entrar en el gigantesco mercado asiático, argumentaba. Contrató una joven y atractiva contable que según él, era experta en administración de empresas y la puso a cargo de la nueva operación. El préstamo les fue concedido.
Dos semanas después McLean desapareció; días más tarde era visto en la terraza de un hotel de Mallorca con la joven "experta en administración de empresas". Las cuentas bancarias habían sido vaciadas casi por completo. La suma nunca se pudo determinar, pero fue suficiente para que la empresa fuese a la quiebra. Rosario, abrumada, decidió regresar a España, al piso que unos años antes había adquirido en Benidorm. El Sordo, arrepentido de su estúpido acto de vanagloria al enviar la última carta a Eduardo, cumple su condena en una cárcel de Sydney. 
Al frente del enorme edificio donde funcionó la fábrica todavía se puede leer el descolorido letrero: "Alfajores Monteverde, a Spanish surprising delight". 

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Autor: M. Gamarra
2º. Premio compartido (Mención de Honor), en el concurso literario 2001 del Club Español de Sydney