La rebelión de los espejos


“Reflejos. De Van Eyck a Magritte”, duelo de espejos en el Thyssen

poema de Emilio Frugoni

 

Un día volverán
del líquido fondo insondable de todos los espejos.
Vendrán los rostros que los penetraron

e internándose fueron

sin que el duro cristal indiferente

se resistiese ante su paso etéreo.

 

Entraron sin sus voces,
abriéndose camino sólo con su reflejo.
Las voces se quedaron detenidas

en su propio rumor desvaneciéndose

mientras ellos pasaban ostensibles

a vivir desde afuera huéspedes allá dentro.

 

Retornarán intactos e inmutables

sin asombrarse de haber vuelto.
Avanzarán en una alta marea
de seres extraños, distintos, distantes, de todos los sitios y tiempos
y asomarán al mundo como si viniesen
extraviados, fugitivos, repelidos de lejos,

atropellándose en el espacio de ahora

en silencio.

 

Será como una desgarrada avalancha,

como una súbita cabalgata de espectros,

que Vendrá a desandar sus caminos,

de cara hacia el tiempo, borrando sus pasos, negándose a sí misma en un desorbitado recomienzo.

 

También vendrán inmóviles

como el día final en que partieron

entre cirios ardientes, y caídos

a sus propias plantas, los muertos.

 

Obedientes al extraño designio

los espejos
arrojarán sobre el presente absorto

todo el pasado que en sus quietos ámbitos

inacabablemente sumergieron.

 

Puertas abiertas a la imagen

pero infranqueables para el cuerpo,

la vida sin rozarlas entró en ellas

pero también quedóse al mismo tiempo

en sus umbrales, a la orilla,

del lago mineral, fosa sin hueco.
Y como resbaló incesantemente

cristal adentro
en la ficción de atmósfera y hondura
de su fraguado cielo,
un día llegará en que la veamos
salir hacia nosotros volviendo
del fondo de los años
que en aquella distancia metafísica
mudos permanecieron
aguardando como en un sarcófago
ese instante supremo.

 

De la vida que se fue para siempre

será el desenfrenado retroceso.
Ella vendrá de pronto haciendo trizas

su obstinado misterio.
Será el retorno mágico

y torrencial de todo un pueblo

que desapareció día tras día,
en su pasado y al pasar cayendo.
reaparece en espectral impulso
que lo arranca al enigma de su encierro.

 

Y se abalanzará sobre el presente
el río de alma, de sangre, de luz y de cieno,

que hacia la noche sin riberas del humano olvido

corría, corría en secreto.

 

Y así los claros vidrios azogados
que en su sed de vivir nos repitieron,

nos devolverán como en un soplo

de su cuajado aliento no la imagen de hoy
ni el vivo gesto .
actual, sino la imagen y los gestos de ayer, y tras estos
los de todos los días y episodios
en que frente a su fría mirada de cristal ardieron
nuestras vidas
en profundos o vanos o dulces o terribles momentos.

 

Cubrirán con aquella nuestra imagen de ahora

y hasta la infancia retrocederemos

en las rígidas hondas de esos mares de azogue

verticales, en cuyas orillas nos movemos.
Y otra vez, como fuimos año tras año,
en muchedumbre de nosotros mismos, nos veremos.

 

Un mundo congelado

más allá de la ausencia y del término

retornará de golpe en el callado alud,

en el turbión de su indócil deshielo

y nos apartará de su camino

sin tocarnos siquiera con un dedo

ni rozarnos la cara con el vaho

de su abolido aliento.

 

Así se habrá cumplido

la venganza de los espejos.

 

Cansados de absorber con sus ojos impávidos

todo lo que la luz por sus rieles de fuego

les hace llegar

y acoger indefensos,
querrán ese día librarse de todos los fantasmas

y de todos los ángeles que sin rasgarlos los hendieron

y prendidos quedaron en la irreal hondura 
de su túnel sin fin y sin comienzo
(porque empieza y termina en su dimensión única
devoradora de lejanías y de cielo).

 

Cuando comiencen a salir de sus entrañas
lisas y tersas como el firmamento,
las legiones de seres y paisajes
y de humanos sucesos
con esa agitación de marejada
de su vida pretérita que ha vuelto,
será como si hubiera llegado el día del juicio
para muchos culpables y delitos secretos.

 

Invasión del pasado que se instala

entre nosotros trastornando el tiempo,

ese reacontecer nos resucita

a nosotros también entre los muertos

que como en un relámpago se acercan

de eternidad y de misterio

para ante ellos y nosotros mismos

silenciosos ponernos.

 

Pero ha de ser inútil su retorno

porque serán sin compasión devueltos

a la exilada vida que se viene

desde la propia eternidad con ellos.
Se irán con ella a la imposible hondura

que los retuvo lejos

y va a recuperarlos cuando lleguen

a los dintales del cristal sediento.

 

Y así habrá sido ferozmente vana

la inmóvil rebelión de los espejos.

 

poema Emilio Frugoni
Revista "Alfar" Nº 91 Año XXXII

Montevideo 1954 / 1955

 

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