“Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia” - de Jean Luc Lagarce – Traducción y versión de Laura Campodónico

Desencuentro cultural
Por Egon Friedler

“Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia” – de Jean Luc Lagarce – Traducción y versión de Laura Campodónico – Escenografía : Claudio Goeckler – Dirección : Levón – Con las actrices Rebeca Franco, Stella Texeira, Nadina González Miranda, Lucía David de Lima y Soledad Frugone – En la Sala Atahualpa del Teatro “El Galpón”.

 

El autor francés Jean Luc Lagarce (1957-1995) es el autor más representado en su país después de Shakespeare y Molière. Fallecido por Sida a los 38 años, alcanzó a dejar algunas decenas de piezas de las cuales “Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia” escrita en 1994 es una de las más representadas. La obra, que ha sido elogiada como un “psicodrama bergmaniano”, ha sido convertida en ópera por el compositor Jacques Lenot, que la estrenó en enero de este año en el Gran Teatro de Ginebra. Con todos estos antecedentes esperé con gran expectativa el estreno local de la obra. 

Lamentablemente debo confesar que tuve una gran decepción. No es la primera vez que me desilusiona un producto cultural francés precedido por exaltados elogios. Y no se trata solo de una cuestión de gusto personal. Muchas obras literarias, películas u obras de teatro que tienen un enorme éxito en Francia suelen fracasar en el extranjero. ¿ A qué se debe esta diferencia de sensibilidad? Los franceses suelen ser afectos a un regodeo con la palabra, al uso de una retórica altisonante, a ampulosas reiteraciones poéticas que no funcionan para públicos menos adictos al mero poder hipnótico que puede tener un texto más o menos oscuro. Lo que para algunos públicos franceses puede ser una incisiva e inspirada búsqueda lírico-filosófica, para públicos no francófilos podría no ser más que una monótona especulación seudo-metafísica, pretenciosa y superficial.

En el caso de “Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia” sorprende el carácter mínimo de la anécdota. Cinco mujeres de una familia están reunidas esperando la llegada del hermano e hijo pródigo que fue expulsado de su hogar por un padre cruel. El hermano, que nunca aparece en escena, efectivamente llega, pero lo hace tan solo para morir. Eso es todo. Lo que las cinco mujeres hacen todo el tiempo es lamentar su suerte, ventilar oscuros conflictos entre ellas, rememorar escasos momentos felices. Toda la obra es un largo lamento. Nadie explica porqué las cinco mujeres no tuvieron durante años otra ocupación que esperar al hermano ausente. Tampoco se aclara porqué el padre se ensañó con el joven, lo expulsó del hogar y lo obligó a peregrinar por el mundo. Más que una pieza teatral es una larga letanía, una queja obsesiva presentada con distintas variantes, un largo y tedioso discurso fraccionado en el que se reitera insistentemente una inútil protesta contra un destino cuyo carácter trágico no está debidamente explicado. 

Hay veces en que la audacia y creatividad del director puede redimir un texto discutible. No es este el caso. Aquí da la impresión de que Levón trató a la obra como un clásico cuyo carácter debe ser transmitido con la máxima fidelidad. Todo en la puesta es solemne, ritual, de una gravedad que llega a ser exasperante. Las cinco actrices tratan de cumplir su cometido con la mayor eficiencia posible y declaman el texto con verdadera devoción. Pero la artificialidad de la propuesta finalmente las derrota. El prolijo escenario blanco armado por Claudio Goeckler alivia en algo el carácter excesivamente ceremonioso de la acción. Pero serán muy pocos los espectadores que saldrán de la sala convencidos de que lo que vieron y oyeron es buena poesía o buen teatro.

Egon Friedler

Semanario Hebreo

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