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Tabori, cuya madre se salvó milagrosamente en Budapest durante la guerra y cuyo padre falleció en un campo de concentración, vivió obsesionado por el recuerdo de la Shoah que ocupa un rol central en su obra. Su enfoque del tema nunca es claro ni lineal.
Siempre es grotesco y ataca en su amarga ironía tanto a los verdugos como a las víctimas.
Como escribe el profesor norteamericano Jack Zipes en un ensayo sobre “George Tabori y situaciones absurdas. En “Whiteman y Cararroja” Tabori lleva a tal extremo este juego que la obra pierde todo valor como denuncia.
El dramaturgo judeo-húngaro imagina un torneo entre judíos y pieles rojas en un lugar desértico en el Lejano Oeste norteamericano : el motivo de la disputa es : quién es más víctima, quién sufrió más, quién carga con un fardo histórico más pesado. El escenario es inverosímil. El judío se extravió con su coche y está en compañía de su hija, que además de ser retardada es tullida. El coche le es robado y se encuentra con un piel roja hostil, que además de ser antisemita, no da ninguna garantía de autenticidad (quizás solo sea un extra extraviado de una película de Hollywood). El final seudo-feliz no podía ser más irónico : el judío muere con una sonrisa en los labios porque el piel roja se lleva gallardamente a su clavo de hija. Si la obra funciona de alguna manera es gracias al ingenio y la inventiva
verbal de su autor y a lo sorprendente de sus planteos.
Sin duda, el humor es un gran ingrediente en la dramaturgia de Tabori pero es un humor enfermizo, patético, que solo puede hacer reír genuinamente a los antisemitas que obviamente no captarán sus sutilezas y solo disfrutarán de los insultos antijudíos prodigados en la escena. Sin duda, algún día algún genio escribirá una obra definitiva sobre el masoquismo judío como patología histórica y seguramente Tabori tendrá un honroso lugar en ella.
Entretanto, resulta muy difícil recomendar esta obra por más que teatralmente sea un logro impecable, con una buena dirección de Sergio Pereira, un sutil y refinada actuación de Levón como judío, una creación espléndida de Florencia Zavaleta en el difícil rol de inválida y retardada mental, una convincente interpretación de Luis Martínez como indio y una correcta complementación del elenco por parte de Lucio Hernández en dos roles menores. |