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Un
samovar cuenta su historia |
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En general, a mí no me gusta hablar de estas cosas, pero como mi dueña me lo pidió tan insistentemente no quiero disgustarla y voy a contarles mi historia. Me fabricó un artesano de Kiev llamado Alexei Chernievich Korpatov en un año que terminaba en 7. Nunca supe bien si fue en 1827, 1837 o 1857. Korpatov era un borrachín incorregible, un fanático cristiano ortodoxo y un notable artesano. Todos los que salíamos de sus manos éramos reconocidos y apreciados. Mientras me tuvo, fue un buen dueño y cuando pasaba a las fases tristes de la borrachera se inclinaba sobre mí, lloraba y murmuraba “Jesús, Jesús”. De él aprendí ese amor por Jesús así como su odio a los judíos. Pero con mi primera dueña, la condesita Natasha, las cosas cambiaron. Tenía un carácter espantoso. Cuando decía Jesús era precisamente cuando me arrojaba contra alguien. Ya hace muchísimo que perdí la cuenta de la cantidad de sirvientas y de pretendientes contra las que me arrojó. Sufrí mil abolladuras y constantemente me llevaban al taller de Mijail para ponerme en condiciones. Las víctimas de mis golpes me maldecían pero yo nunca tuve la culpa.
Finalmente la condesita me vendió a un militar arruinado, un jugador empedernido, el capitán Dolushkin, de Odessa. El capitán era chiflado pero no malo. A veces me hacía largos discursos sobre el zar, la suerte, los números y las mujeres, que nunca llegué a entender. Pero me usaba muy poco. No tomaba té. Tomaba vodka.
Un día inesperadamente sacaron todos los muebles y los objetos de la casa. El capitán había perdido hasta su último centavo y le sacaron todo lo que tenía. Allí empezó una rara y confusa peregrinación. Pasé de negocio a negocio, de un comerciante a otro, de una localidad a otra. Recorrí, Ucrania,Rusia y Rusia Blanca hasta que finalmente fui a dar al pueblo de Zhesmer en Lituania. No me pregunten que es lo que yo tenía que hacer allí : un honorable samovar ucraniano en un mísero pueblo de Lituania, pero el destino es el destino. ¿ Probaron Vds. alguna vez oponerse al destino ? Si lo hicieron, sabrán que es tan útil como ponerle ventosas a un muerto.
Y lo peor es que fui a dar a casa de una familia judía, es decir, heredera directa de los asesinos de nuestro Señor Jesucristo. Al principio sufrí muchísimo, pero después me fui acostumbrando. Los Robinson, bisabuelos de mi dueña actual, eran buena gente. Por primera vez desde que salí de las manos de mi creador, Alexei Chernievich Korpatov, me dieron un lugar honorable. Yo tenía un rol importante, era el centro, el símbolo del hogar. ¡Y cómo tomaban té¡ Estaban encima mío el día entero. Les fui tomando cariño y me olvidé de ese molesto detalle de que eran judíos. Hasta aprendí algunas palabras en Yidish, cómo ¡Oy¡ y ¡A mejaie¡ que decían el día entero. Aparentemente eso de ¡A mejaie¡ tiene que ver conmigo, porque siempre lo decían cuando tomaban té en una taza sosteniendo un cubito de azúcar en la mano derecha. ¡ Qué lindos eran los largos inviernos lituanos cuando afuera nevaba y en la pequeña y humilde casa había un agradable calor¡
De la bisabuela de mi dueña pasé a la abuela y de la abuela a la madre, doña Esther, que un buen día, se casó y se fue a América. Hay distintas formas de irse a América pero a ella y a su marido se les ocurrió justo irse a una aldea de nombre imposible llamada Paysandú. Yo entiendo que se llame Paysandovskaia, Paysanduchnia, Paysanchornaia, pero no Paysandú. Suena salvaje, cómo un chillido. ¡ Ay, como extraño la mezcla de severidad y dulzura que tienen el ruso y el ucraniano ¡ Acá hablan un idioma rígido, duro, seco que se llama castellano. Pero eso no es todo. Aquí la gente tiene costumbres espantosas y mis dueños se adaptaron a ellas. No toman té ni me usan para nada. Se acostumbraron a una copita ridícula de la que toman con un caño que llaman bombilla. Lo que toman parece tener gusto a agua sucia y lo llaman mate. Todos los años de Paysandovskaia los pasé dormitando, aburrido, muerto de nostalgia.
Finalmente, en los últimos años de doña Esther, pasé a manos de su hija Etel. Me quiere como recuerdo de la casa de sus padres y cuida celosamente de mi limpieza. Siempre dice que no quiere restaurarme porque me quiere conservar tal cual era en vida de sus padres. Aunque aparte de preocuparse de mi aspecto no tiene mayores relaciones conmigo, debo reconocer que nunca dijo nada malo de mí.
En cambio, no siempre sucede eso con los visitantes. Una vez vino uno, insolente y tonto, que me trató de anacronismo. Creyó insultarme pero está muy equivocado. Es cierto. No me importa el presente, vivo en el pasado y del pasado. Pero soy una reliquia, el símbolo de una época gloriosa. Con mis semejantes tomaban té Tolstoy y Turgueniev, Chejov y Schalom Aleijem. En cambio hoy las calles están llenas de gentes que son anacronismos vivientes, tristes, grotescos, patéticos, que no se resignan a que el tiempo pasó y que el mundo de su juventud quedó atrás. A mí nadie puede acusarme de tener esa clase de ilusiones. Yo no soy un vulgar ser humano. Soy una reliquia, es decir la cosa más respetable de este mundo. |
Egon Friedler
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