| "Un número" de Caryl Churchill |
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¿Qué diablos es la condición humana? |
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"Un número" de Caryl Churchill - Traducción de Margarita Musto - Dirigida por Marisa Bentancour - Con Agustín Maggi y Alejandro Martínez - Escenografía : Adán Torres - Luces : Martín Blanchet - Música original : Silvia Meyer - En el Teatro "La Candela", abril 13 La
acción de esta fascinante pieza de Caryl Churchill tiene lugar en un
futuro cercano en el que la clonación de seres humanos será posible. Un
joven descubre en una visita de rutina a un hospital que ha sido clonado.
Para su padre la revelación es aún más traumática : le habían
asegurado que solo habría un clon y resulta que el hospital se tomó la
libertad de hacer más clones no autorizados. ¿Quién es su hijo y quién
no? ¿Cuál es exactamente su relación filial con sus hijos clonados?
Churchill plantea el encuentro del padre confundido y angustiado con tres
de ellos, quizás uno de ellos el original. Los tres son genéticamente
iguales. La apariencia es la misma, pero son profundamente distintos. ¿Qué
es lo que hace la diferencia? ¿ Y qué es lo que crea el lazo entre
padres e hijos en un mundo en que la reproducción deja de ser la biológica
natural? ¿ Dónde termina la determinación genética y dónde empieza la
influencia del medio ambiente, la educación, el entorno familiar y
social? En suma, Caryl Churchill plantea ni más ni menos que la gran
pregunta por un millón de dólares ¿ Qué diablos es la condición
humana? Y lo hace con ingenio, con un diálogo vivaz e inteligente (que
reproduce de manera muy convincente la traducción de Margarita Musto),
sin retórica ni lenguaje científico y ocasionalmente con fina ironía.
El último de los clonados, muy satisfecho de su suerte, comenta que después
de todo los chimpazés tienen un 90% de genes similares a los humanos
mientras las lechugas comparten los genes en un 30%. Esta
excelente pieza, que fue definida por un crítico del “Daily
Telegraph” de Londres como la “primera verdadera pieza del siglo
XXI” ha sido presentada en la puesta local dirigida por Marisa
Bentancour en una versión muy digna pero quizás algo exasperada de más.
Especialmente el rol del padre desempeñado por Agustín Maggi es encarado
con un exceso de indignación y nerviosismo y un déficit de desconcierto
y de incertidumbre existencial, lo que desde mi punto de vista empobrece
una de las facetas más atractivas de la pieza, su visión irónica de un
nuevo mundo desconocido en el
que sin embargo el ser humano sigue siendo el mismo de siempre. Pero
dentro de las discutibles pautas fijadas sin duda por la dirección, Agustín
Maggi realiza un buen trabajo, convincente en su vehemencia y su rabia
frente a una situación sobre la cual ha perdido el control. Por
su parte, Alejandro Martínez, diseña con gran competencia y convicción
cada uno de los tres “clones” que debe encarnar. Es un trabajo de
caracterización minucioso, inteligente y cuidadosamente diferenciado. Sin
duda, con mayores medios económicos y técnicos, la escenografía y las
luces podrían haber sido más sugestivos, pero en una pieza construída
esencialmente sobre la palabra, su importancia es tan solo relativa. Lo que importa es que esta pieza fundamental del teatro de hoy haya llegado a Montevideo. Es ineludible para todos los espectadores inquietos. |
Egon Friedler
Semanario Hebreo
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