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“Un acto de comunión”
- de Lautaro Vilo – Con Leandro Nuñez y Fernando Ulivi (que interpreta canciones en vivo) – Dirección: Alfredo Goldstein – En el Teatro Circular.
Para los aficionados al teatro que vieron “Gatomaquia” o “I love Clint Eastwood” esta nueva hazaña de histrionismo de Leandro Nuñez no resulta sorprendente. Este joven actor, que acaba de ingresar en la Comedia Nacional, es sin duda, uno de los más talentosos y versátiles que han surgido en el teatro uruguayo en los últimos años.
En este “one man show”, apoyado por el cantante y compositor Fernando Ulivi que colabora en distintas secuencias del espectáculo y canta diversos números en inglés, Leandro Nuñez se mide con un texto corrosivo, patológico y feroz y gracias a su formidable histrionismo, tiene éxito. Nuñez compone a un personaje extravagante, al mismo tiempo patético y monstruoso y logra dar una singular intensidad a sus temibles delirios. Si “Un acto de comunión” difícilmente puede ser objetado como realización teatral (como siempre Alfredo Goldstein realiza un competente y prolijo trabajo de dirección) la obra del escritor argentino Leonardo Vilo, plantea un tema de ética ineludible.
¿Hasta dónde es lícito llegar en el escenario con temas revulsivos, aberrantes y denigratorios de la condición humana? A favor de la tesis de que es justo y lícito no imponer ninguna clase de límites puede argumentarse que si hay alguna expresión artística que puede explorar la experiencia humana aún en sus peores manifestaciones es precisamente el teatro. Y hacerlo enriquece nuestra comprensión de lo humano. En contra puede argumentarse que el teatro como espejo de la vida crea ejemplos y de alguna manera “normaliza” lo anormal, algo que puede resultar peligroso y tener consecuencias insospechadas. Otro argumento a favor de la tesis de rechazo es que aún si no tiene ninguna clase de consecuencias, no es lícito someter a los espectadores a una tortura moral de esta clase.
Personalmente me adhiero a este último punto de vista. El teatro debe ser una experiencia artística, no un regodeo con la demencia en sus manifestaciones más extremas. Y la obra del argentino Leonardo Vilo, más allá de sus chispazos de humor o de talento, incurre deliberadamente en esa clase de regodeo. |