“Tolstoy : el último viaje” de Ricardo Prieto 

Impresionante ajuste de cuentas
Por Egon Friedler

“Tolstoy : el último viaje” de Ricardo Prieto – Con dirección de Dumas Lerena – Actuación de Roberto Fontana, Nelly Antúnez, Rogelio Gracia y Gustavo Alonso – En la Sala Atahualpa de “El Galpón”, octubre 7

 

La anécdota es muy conocida por los amantes de la literatura : el gran escritor León Tolstoy, autor de la monumental novela “La guerra y la paz” , huyó de su casa de noble acaudalado para morir en una vieja estación de ferrocarril a los 82 años de edad. Ese gesto constituyó la última rebeldía en una vida agitada y llena de contradicciones. Tolstoy fue un hombre inmensamente rico pero despreciaba su riqueza. Era sumamente culto pero aspiraba a fundirse con el pueblo rústico e ignorante. Tuvo una esposa amante y dedicada pero  convirtió su matrimonio en un infierno. Era un hombre sumamente sensual pero aspiraba a vivir como un asceta. Fue un escritor famoso y reconocido pero la literatura le interesaba solo como un medio para educar al pueblo.

A todo eso cabe agregar que fue uno de los humanistas más destacados de la Rusia del Siglo XIX : un duro crítico del régimen zarista, de la sumisión de la Iglesia Ortodoxa al despótico poder político, de las tremendas injusticias sociales del tardío régimen feudal ruso. Pero Tolstoy también fue un partidario a ultranza de la no-violencia y un firme crítico de las utopías revolucionarias que aspiraban a crear una sociedad justa sobre las ruinas del zarismo.

La obra de Ricardo Prieto se inspira en una obra teatral inconclusa del propio Tolstoy que define como “autobiografía dramática” y basó su pieza en un estudio sistemático de documentos y textos tanto de especialistas como del propio Tolstoy. Solo hay una transgresión deliberada a la verdad histórica como lo señala el autor en sus notas de programa : el diálogo final del escritor con su esposa nunca tuvo lugar porque Tolstoy no aceptó recibirla. Pero esa transgresión permite a Prieto explicar el complejo contexto de la conflictiva vida conyugal de su personaje.

La obra en realidad está armada en torno a dos formidables diálogos dramáticos : la discusión de Tolstoy con el estudiante, representante de las fuerzas revolucionarias de Rusia, que aspiraba a ganar al célebre escritor para su causa  y la confrontación con su mujer, donde afloraba el hombre Tolstoy con todas sus debilidades y sus sueños quiméricos. En la primera aparecen las ideas de Tolstoy, su lúcida visión de la realidad rusa y hasta sus premoniciones proféticas. En la segunda, se desnuda al hombre en toda su grandeza y su miseria.

El resto de la obra ambienta admirablemente la agonía del gigante en compañía de su fiel discípulo y angel guardián Tcherkov. Es una agonía tremendamente lúcida en la que Tolstoy hace un impresionante ajuste de cuentas consigo mismo y con su época.

El papel de Tolstoy le sienta a Roberto Fontana como el anillo al dedo. No solo por su apariencia física, sino porque a Fontana le resulta natural identificarse con este ser “más grande que la vida”. Hace un Tolstoy sensible e impulsivo, desgarrado y seguro de su verdad, sagaz e ingenuo ; un eterno luchador que libra su última batalla con feroz determinación aún sabiendo que la tiene perdida. Su actuación es una lección de sabiduría actoral. Asimismo es notable el desempeño de Nelly Antúnez, como la aristócrata que es incapaz de comprender la compleja y torturada mente de su genial esposo. En su gran escena de enfrentamiento sabe saltar magistralmente de la humildad a la arrogancia, de la intimidad profunda al rechazo visceral, del apasionado intento de rescatar su matrimonio para su propia dignidad y para el juicio de la sociedad a la resignación de haber fracasado. No menos acertada es la labor de Rogelio Gracia que interpreta a su estudiante, como representante vehemente y exaltado de una generación revolucionaria convencida de que no hay alternativa a la violencia. Gracia transmite convincentemente el apasionamiento y el fervor del militante entregado a su causa, con sus típicos destellos de fanatismo y de rechazo a cualquier cuestionamiento de su verdad total y absoluta. Menos convincente estuvo Gustavo Alonso en el rol de Tcherkov. Desde mi punto de vista su personaje fue demasiado ambiguo y no dejó entrever una motivación clara para su incondicional devoción hacia su maestro.

El movimiento escénico, hábilmente coreografiado por el director Dumas Lerena en torno al protagonista, que no puede levantarse de su silla pero no por ello se queda inmóvil, tiene la suficiente intensidad como para no dejar en ningún momento una sensación estática. Menos acertada es la excesivamente austera escenografía de Hugo Millán. En cambio es convincente el vestuario de Soledad Capurro (particularmente en el vestido de Nelly Antúnez) y el diseño lumínico de Eduardo Guerrero. Pero en última instancia, la importancia de los rubros técnicos es aquí relativa. Lo que importa del espectáculo es que nos ofrece, admirablemente interpretada, una gran historia, cuyo protagonista ha sido una figura señera de la historia de la literatura.  

Egon Friedler
Semanario Hebreo

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