"Tierno y cruel" de Martín Crimp

Buen teatro, mensaje lamentable
Por Egon Friedler

"Tierno y cruel" Con dirección general y puesta en escena de Martin Crimp - Con elenco integrado por Claudia Rossi, Isabel Legarra, Catherina Pascale, Levón, Pablo Varraiulhon, Pepe Vázquez, Delfi Galbiati, María Ines da Chaga, Nicolas Martínez, Miguel Pinto y Oscar Serra – Traducción : Susana Anselmi – Escenografía : Claudia Sánchez – Vestuario : Lucía Mangado – Iluminación : Juan José Ferragut- En el Teatro Solís, octubre 5.

Como lo señala acertadamente en su artículo en el programa de mano el director de la obra, el visitante egipcio-francés Adel Hakim : “Martin Crimp, el autor británico de “Tierno y cruel” “retoma la historia, la trama y la intriga de Sófocles en “Las traquinias” y coloca todo esto, con muchísima habilidad, talento e inventiva, en el contexto del mundo de hoy, el de la globalización yh las conquistas neocoloniales. Si la pieza de Sófocles es una tragedia, según los cánones de la Tragedia Griega, con sus coros, unidad de lugar, de tiempo y de acción, la pieza de Crimp, es una sátira moderna escrita con lenguaje y referencias actuales pero que también respeta las tres reglas de las tragedias antiguas, así como la presencia de un coro”.

Pero pese a la inspiración de Sófocles, la conversión de la historia realizada por Crimp, está tan alejada del espíritu de la Tragedia Griega como lo está el mundo a comienzos del siglo XXI de la sociedad griega del siglo V antes de la Era Cristiana. Lo que en Sófocles es una honda reflexión sobre las inconguencias de la condición humana, las brutalidades de la guerra y las relaciones entre los sexos, en Crimp se transforma sobre todo en una nueva variante de la autoflagelación occidental políticamente correcta. El mundo se divide en culpables occidentales e inocentes del Tercer Mundo, en este caso africanos. Crimp ignora alegremente que en las últimas décadas las grandes masacres en ese continente fueron perpetradas por unos africanos contra africanos y que cuando hubo intervención occidental fue para salvar vidas. Precisamente las mayores críticas hechas a las potencias occidentales no fue que intervinieran sino que no intervinieron lo suficiente y permitieron genocidios de unas tribus o grupos étnicos contra otros. Por otra parte, a juicio del director, el autor no cae en el simplismo de describir a los personajes africanos como víctimas totalmente inocentes. Pero en su descripción, la fascinación de los africanos vencidos por los valores del vencedor, es un pecadillo menor en relación a las culpas del villano de la obra, un general, un personaje ridículo, patético y al mismo brutal e inhumano. 

La gran obsesión del general es el antiterrorismo, lo que lo lleva a cometer actos terribles y despiadados. El terrorismo, en cambio, aparece como algo abstracto, indefinido, casi un producto de la imaginación febril del bárbaro y alienado general y sus cínicos superiores encarnados por un sinuoso ministro. En una palabra, el mensaje es de crítica caústica del antiterrorismo y de tácita minimización del terrorismo, un punto de vista, que para decirlo suavemente, resulta sumamente controvertible y problemático.

Con ello, es necesario admitir que esta polémica interpretación de los grandes temas del momento está plasmada en un ingenioso y atractivo molde teatral. Crimp crea un diálogo inteligente e incisivo, plantea situaciones dramáticamente sugestivas y sus anti-héroes poseen un extraño atractivo pese a que son más marionetas que seres humanos creíbles con su carga de pasiones, miedos y sueños.

El interés de la obra se ve multiplicado por la talentosa puesta en escena de Adel Hakim con su escenario blanco y ascéptico, su caricaturesca presentación del trío que compone el coro (cuya ocupación es velar por el bienestar y la belleza de la protagonista, la esposa del general) y su ágil y fluido desarrollo de la trama. Por otra parte, cada escena está cuidadosamente elaborada, cada diálogo tiene su marco adecuado y cada personaje tiene perfiles muy bien definidos.

También es indudablemente acertada la elección del elenco. Claudia Rossi interpreta una Amelia formidable, vehemente, temperamental, voluble, tan elocuente en sus estallidos de pasión como en sus astutas maniobras para preservar su mundo doméstico de la destrucción. El Coro encarnado por el caricatural y espléndido trío conformado por Isabel Legarra, Catherina Pascale y Levón, ambienta espléndidamente las diferentes secuencias de la historia, con su ridiculez y su patética presencia testimonial. Delfi Galbiati da su personaje cínico y calculador de jerarca que elude responsabilidades una duplicidad y un envaramiento sumamente convincentes. Menos lograda está la caracterización de Pablo Varaillon en el rol del hijo agraviado, que no da ni la frescura del personaje ni expresa con el vigor suficiente su gran decepción frente a los excesos de su padre. En cambio, hace un notable trabajo Miguel Pinto, como el terrible fantoche en que se ha convertido el presunto héroe de la historia. Su enfoque del personaje es una estupenda mezcla de sutileza e intensidad. Complementan el elenco con corrección pero sin demasiado brillo los veteranos Pepe Vázquez y Oscar Serra y los debutantes María Inés da Chaga y Nicolás Martínez.

En el balance general, podemos decir que por primera vez en esta temporada la Comedia Nacional brinda un espectáculo que está a la altura de su prestigio. Lástima que su muy discutible mensaje político sea el de una condena sin atenuantes del anti-terrorismo y una paralela ridiculización de los peligros que el terrorismo internacional representa para la civilización contemporánea.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 12 octubre 2006

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