Teatro en Viena
Deslumbramientos visuales
Por Egon Friedler

Una invitación del “Jewish Wellcome Service” de Viena, una entidad oficial cuyo cometido principal es invitar a visitar la capital austríaca a judíos de esa nacionalidad que debieron abandonar el país en la época nazi, me permitió un fugaz pero substancioso contacto con la rica e intensa vida cultural de la legendaria ciudad centroeuropea.

Además de la ópera ( vi “Falstaff” de Verdi y “Eugenio Oneguin” de Tchaikovsky en la Ópera del Estado y “El cazador furtivo” en la Ópera Popular) tuve ocasión de asistir a dos espectáculos teatrales : “Mea culpa” de Christoph Schlingensief en el señorial “Burgtheater” y “La prueba” del autor suizo Lukas Bärfuss en el Teatro Academia. Voy a dedicar este comentario a estos dos últimos espectáculos.

El autor de “Mea Culpa”, el alemán Christoph Schlingensief, es considerado un autor audaz y provocador, responsable de muchos espectáculos polémicos. Actor, director y autor, es un gran amante de la música y fue régisseur de óperas de Wagner. Significativamente subtitula su obra “ready made oper” es decir una especie de ópera de confección, con parte de la música escrita por su colaborador Arno Washk y variados fragmentos arreglados de compositores como Bach, Grieg, Wagner, Schubert, Schumann y también Kalman y Leonard Cohen, etc. En la parte conceptual el autor recurre al apoyo de personajes ilustres del pasado y del presente, de Goethe a Nietzsche y del filósofo danés del siglo XIX Sören Kierkegard a la discutida Premio Nobel de Literatura austríaca, Elfriede Jellinek.

“Mea culpa” es al mismo tiempo una especie de confesión personal y de recreación del más universal e inquietante de los temas posibles : la muerte. En su nota de presentación de la obra en el programa. Schliengensief cuenta que hace unos meses se enteró que tenía cáncer. Sin embargo, declaró que se sentía relativamente bien y seguía trabajando. La crítica de un diario católico, que lo censuró por la “frivolidad” de utilizar el presunto anuncio de su futura muerte como un pretexto para auto-publicitarse, lo llevó a escribir la obra. Su objetivo : romper un tabú superado.

La presentación del tema sin duda es curiosa. Comienza la acción en una clínica en la que presuntamente se ha descubierto la inmortalidad, pero que en realidad falsea sus pobres resultados en la lucha contra la muerte. Luego la acción se traslada a Africa (sin definición precisa del lugar) donde se abre un centro de Festivales destinado a eclipsar a Bayreuth. Allí, después de mucha actividad febril, más o menos carente de sentido el autor-protagonista, estimulado por la “Muerte de amor” de Isolda de Wagner descubre que no existe un mejor remedio para los males de este mundo que la muerte.

La acción no se detiene ni un momento. Las canciones suceden a sentenciosos parlamentos, la escena giratoria iluminada por luces nerviosas y por momentos alucinantes da vueltas sin cesar, los actores y actrices se alternan con cantantes y bailarinas. El espectador es sorprendido una y otra vez por los vertiginosos cambios escénicos. Sin embargo, queda la sensación de que toda la agitación, incluyendo los discursos de los numerosos actores y actrices, son más recursos efectistas que reflexión genuina. El final wagneriano a cargo de una actriz, mala cantante,(¿ porqué no recurrir en cambio a una buena grabación?) es una especie de reconocimiento de pobreza de toda esta abundancia. En suma, una vez más se confirma que los fuegos de artificio tecnológicos más avanzados del mundo, no son un sustituto válido a la ausencia de un texto de genuino vigor dramático.

En cambio, en “La prueba”, del autor suizo Lukas Bärfuss, en el Teatro Academia, los sofisticados recursos escénicos, como el uso de espejos que crean la ilusión de duplicar la acción, están al servicio de un texto inteligente, irónico e inquisitivo.

El tema central de “La Prueba” es el de la identidad. ¿ Qué es lo que prima, la identidad genética o la cultural? La pieza se inicia con la diatriba con un padre frustrado que descubre, por una prueba genética, que su hijo recientemente nacido, no es tal. No se trata tan solo de la indignación del marido engañado, sino de dudas existenciales sobre la continuidad familiar. De hecho, la pieza, a partir de este planteo inicial, encara el drama del carácter disfuncional de la familia moderna. Si bien hay afecto entre sus integrantes ( a pesar de los múltiples engaños mutuos) cada uno vive aislado en su mundo : el abuelo político, el hijo apolítico, la nuera temperamental y la madre ferozmente independiente. Irónicamente el único que cree en la familia y quisiera desesperadamente pertenecer a ella, es el asesor político del abuelo, Franceck, el eterno “outsider” a pesar suyo.

La obra, espléndidamente interpretada por un quinteto de grandes actores (Dietmar König, Michael König, Roland Koch, Sabine Haupt y Barbara Petritsch) termina como no podía ser de otra manera : en la incertidumbre. Como declaró el autor, los grandes problemas son terriblemente sencillos. ¿ Qué es lo que tiene de complicado la muerte? Nada, pero a pesar de ello es insoluble. Eso es lo que me interesa. Por eso escribo obras sencillas…..y sin soluciones.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - marzo 2009

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