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“Sonata de otoño” - de Ingmar Bergman

Drama desgarrador
Por Egon Friedler

 

“Sonata de otoño”  - de Ingmar Bergman - Dirección: Omar Varela - Con la actuación de Margarita Musto, Estela Medina y Silvia Rivero – Vestuario: Nelson Mancebo – Diseño de iluminación: Carlos Torres – Ambientación musical: Eduardo Gilardoni – En la Sala Zavala Muñiz del Teatro Solís.

El recuerdo que me dejó la película de Ingmar Bergman de 1978 con el mismo título y la misma trama (y la magnífica actuación de Ingrid Bergman y Liv Ullman) es el de una historia triste y melancólica de una hija que mendiga amor y una madre egoísta que es incapaz de dárselo. En la versión teatral de la historia, el conflicto es mucho más duro, más hondo, más trágico e irreconciliable. Si en la película las tensiones estaban a flor de piel pero no estallaban con violencia, aquí el ajuste de cuentas resulta implacable. 

La madre, una pianista brillante, visita a su hija, casada con el pastor de una iglesia provinciana, después de siete años de ausencia. La hija, sin conocimiento de su madre, ha sacado del hospital en que estaba recluida y traído a su casa, a su hermana menor, que sufre una enfermedad degenerativa y debe desplazarse en silla de ruedas. Como lo presentía la hija, su madre queda resentida por ese gesto generoso. La artista triunfadora no está dispuesta a aceptar ese fracaso de su maternidad indeseada. Pero ese no es el único tema conflictivo que surge en el diálogo de madre e hija. El reencuentro permite la apertura de una enorme caja de Pandora de la que emergen toda clase de frustraciones, malentendidos y heridas de un largo pasado. Ese aterrador torneo de recriminaciones mutuas constituye la esencia de la obra, que concluye sin concluir, con un velado, frágil y ambiguo toque de esperanza.

Como en la película, uno de los momentos clave de la trama es la escena en el que la madre ostenta cruelmente su superioridad sobre su hija, pianista mediocre, con una interpretación espléndidamente explicada de un preludio de Chopin. Con ello, en la película la confrontación entre ambas mujeres parece más asordinada. En la versión de Omar Varela, el duelo es cruel, encarnizado, visceral. El director convierte esta obra de cámara intimista en un drama desgarrador, en el que casi no hay un momento de respiro, lo que es subrayado a largo de la velada por el dinamismo de la puesta en escena. 

Por otra parte, la elección de las actrices y la excelente definición escénica de sus roles da a la versión una impecable lógica teatral. Estela Medina encarnó con formidable autoridad escénica a su personaje mundano, egocéntrico, avasallante y emocionalmente bloqueado. El espléndido vestuario concebido para ella por Nelson Mancebo destacó el encanto de la artista capaz de emocionar a miles de oyentes pero incapaz como mujer de encontrar el camino al corazón de su hija. Margarita Musto, con su llaneza, su vestimenta austera, su patética resignación a una vida sin amor, logró interpretar con admirable naturalidad a esa mujer sencilla, bondadosa y desdichada. Silvia Rivero, como la hermana menor lisiada, supo agregar mediante una hábil caracterización un ingrediente de impactante dramatismo a la trama.

No sabemos si Ingmar Bergman hubiera aprobado la versión o la habría desechado por “demasiado latina”. De todos modos, su historia funciona con total convicción escénica para nuestra sensibilidad y nos confirma que el genial cineasta sueco fue asimismo un notable autor teatral.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 26 de noviembre 2009

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