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"El saludador" de Roberto Cossa - Por los actores Daniel Bérgolo, Isabel Schipani y Mario Chiarino - Escenografía : Hubo Millán - Música : Fernando Ulivi - Producción y dirección : Alfredo Goldstein - En el Teatro Florencio Sánchez del Cerro, setiembre 23.
El "saludador", protagonista de esta pieza, es un tenaz autodesignado bienhechor de la humanidad que viaja incansablemente a todos los puntos calientes del globo a prestar su apoyo a las "buenas causas". Ese apoyo en la mayoría de los casos no se reduce más que a saludar a los militantes y a darles "ánimo" con su presencia. Enfervorizado por un deber autoimpuesto, abandona a su familia durante largos períodos y no asume la menor responsabilidad por su mantenemiento y su bienestar. De tanto en tanto reaparece en su hogar y pretende reanudar la vida de familia como si solo hubiera estado ausente por unas horas. Su esposa, autoritaria, chismosa y sensual, vacila cada vez si recibir o no a su marido pero finalmente lo acepta. En cambio, el hijo, sometido al despotismo de la madre, nunca reconoce a su padre al que invariablemente confunde con un extraño. En cada visita, el estado físico del saludador se hace más precario, generalmente como resultado de saludar al lado equivocado en el momento equivocado. Empieza perdiendo un brazo, luego una pierna, finalmente todas las extremidades. Pero eso sí, nunca pierde el optimismo ni su entusiasta convicción de que lo que hace es justo.
Como farsa, la obra tiene su cuota de ingenio y de humor . Pero como sátira de un tipo de personaje y de una actitud hacia la vida, la obra es pálida. El autor diluyó el tema de la motivación de su personaje y en lugar de criticar a un arquetipo sicológico crea una inofensiva marioneta. Su héroe no solo va cortar azúcar para la revolución cubana, sino que también se dedica a proteger los derechos de las ballenas, juega al fútbol con los talibanes o va a aclamar al Papa en Roma.
En las grandes obras satíricas de la literatura teatral, comenzando por Moliere, el personaje satirizado tiene su contraparte en uno o más personajes sensatos que le señalan dónde está equivocado. Aquí el problema es que ni la esposa ni el hijo son modelos de sensatez. Por lo tanto si la "causa" del saludador es confusa e inconsistente, las críticas de su mujer tampoco tienen mucho peso. Da la impresión de que el autor tiene buena puntería pero erró el tiro o utilizó munición mojada. Lo que pudo ser una sátira social inteligente e incisiva solo terminó siendo un grotesco superficial.
Pero dentro de las limitaciones de la obra, el equipo liderado con mano segura por Alfredo Goldstein , hace un buen trabajo. Daniel Bérgolo es un "Saludador" convincentemente locuaz, entusiasta, impulsivo, infantilmente ingenuo y totalmente desconectado de la realidad. Físicamente el rol tiene grandes exigencias que Bérgolo sabe superar con gallardía. Isabel Schipani imprime una atractiva mezcla de calidez y chifladura, de sensualidad y rigidez autoritaria, de amargura y optimismo, a su personaje de esposa abandonada. En el más inconsistente los tres roles, Mateo Chiarino compone con excelente mímica y ductilidad escénica el rol del hijo robotizado.
Hay aciertos de ritmo atribuibles a la dirección, de escenografía y vestuario (Hugo Millán) de música (Fernando Ulivi) y de luces (Andrés González).
Pero los méritos del espectáculo no logran borrar la impresión de que Cossa pudo haber escrito con el mismo tema y con los mismos personajes una obra muchísimo mejor.
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