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"Playa desierta"
Con Claudia Pisan, Gustavo Saffores, Julio de León y el músico Ariel Ameijenda – Música original : Ariel Ameijenda – Espacio : Fernando Scorsela – Vestuario : Gerardo Egea - Dramaturgia y dirección general : Mariana Percovich – En la sala “Undermovie” del Moviecenter.
En un blog en Internet en el cual Mariana Percovich se refiere al proceso de creación del espectáculo “Playa Desierta”, la autora y directora cita a Peter Brook y a su elogio del silencio, habla del ritmo y tempo del espectáculo, se refiere detenidamente al budismo y al teatro japonés y nos revela que tanto para el uso de la arena como para el hermoso kimono rojo con bordes negros utilizado por la actriz, se inspiró en la investigación de espectáculos de la gran coreógrafa alemana Pina Bausch. En determinado pasaje Percovich escribe : “A mí hay un solo teatro que me interesa y es aquel que no tiene que ver con una condición histórica, enmarcada en la psicología de los personajes. Ese teatro no me conmueve ni traduce nada. A mí me interesa un teatro de estados, que es exactamente lo opuesto : un teatro donde no hay una línea en el personaje sino que coexisten una multiplicidad de niveles que rompen la unidad del personaje y lo invaden desde distintos lados. Creo que siempre hay líneas temáticas, pero la aparición de estados de intensidad desbordan al personaje, rompen su silueta.”
Esto significa que sus personajes dejan de serlo para convertirse en una especie de figuras abstractas que reflejan las oscilaciones de la inspiración poética de quien les da la vida con la palabra. ¿ Hasta qué punto es válido este teatro simbólico pero sin un simbolismo claro? ¿ En qué medida puede transmitir emoción un teatro con personajes que actúan de manera incomprensible en un contorno indefinido? ¿ Hasta dónde pueden tener validez “estados de intensidad” que se imponen externamente y sin justificación clara a los personajes? Probablemente la respuesta a estas preguntas para la mayoría de los espectadores sea negativa. Todas las ocurrencias visuales y de ambientación no compensan la falta del caudal de riqueza poética que sería necesaria para rescatar un texto demasiado hermético, una trama demasiado ambigua y una relación caprichosamente cambiante entre los integrantes del agónico trío de actores perdidos en un vago mundo asiático que intenta en vano recrear la atmósfera que logró en sus novelas y obras de teatro Marguerite Duras.
El público que viene a ver la función se encuentra con un espacio lleno de arena, en el cual se encuentran bancos sin respaldo para el espectador. Alrededor de él se mueven los actores. En el centro, el músico Ariel Ameijenda, con una serie de instrumentos orientales se encarga de crear una atractiva atmósfera sonora. Una serie de ideogramas japoneses en la entrada del teatro, en las paredes y hasta en la vestimenta blanca de los actores, da un marco oriental a la historia. Ésta, como lo define Percovich en el programa de mano, trata de un triángulo amoroso formado por dos hombres y una mujer. Pero el problema está en la vaguedad e indefinición de la trama. No se sabe quién traiciona a quién, cuál exactamente es la relación de la mujer con cada uno de sus dos pretendientes o amantes, ni quiénes son los hombres ya que ocasionalmente cambian de identidad. Hay momentos en los que parece que la languidez va a apoderarse de las curiosas relaciones entre los personajes y entonces la autora-directora introduce arbitrariamente a nazis, judíos, campos de concentración y toda una trama violenta relacionada con la Segunda Guerra Mundial que parece insertada artificialmente y que resulta difícil determinar que relación tiene con el trío protagonista. Los tres actores son dúctiles instrumentos en manos de la directora. Claudia Pisani logra infundir un carácter enigmático a su ambiguo personaje, mientras Gustavo Saffores lucha denodadamente para dar sentido a largos parlamentos que a menudo suenan a hueco, y Julio de León aporta su cuota de elaborado desconcierto.
Mariana Percovich ha sido la pionera del teatro en espacios no-convencionales en nuestro medio, y con la nueva sala ha enriquecido las posibilidades de este tipo de teatro. Pero su búsqueda parece dirigida a una especie de callejón sin salida de un teatro hermético, sugestivamente ambientado, pero sin trama genuina, en el que se ignora lo que Ortega y Gasset definió como “el hombre y su circunstancia”, ese detalle vital que después de todo es lo que el público viene a buscar al teatro. |