“El niño argentino” - de Mauricio Kartún

Sátira original
Por Egon Friedler

“El niño argentino” - de Mauricio Kartún con dirección del autor – Con los actores Mike Amigorena, Osqui Guzmán y María Inés Sancerni y el músico Gonzalo Domínguez – Escenografía : Héctor Calmet – Iluminación : Héctor Calmet y Miguel Morales – Música : Carmen Ballero – En el Teatro Solís, enero 18.

 

La idea de Mauricio Kartún es, sin duda, original : evocar satíricamente esa época de prosperidad en las primeras décadas del siglo veinte en la que los millonarios argentinos viajaban en barco a Europa llevándose consigo una vaca para tener leche fresca para sus hijos durante el viaje. Aún más original es la idea de hacer hablar a los personajes en verso en el espíritu de la astracanada, una farsa teatral disparatada, con abundancia de juegos de palabras, que tuvo un gran auge en la España de comienzos de siglo. A la originalidad se suma el talentoso uso de una visión irónica, en la que la interrelación entre el “niño argentino” y su peón sufre una transformación sugestiva ; el descarado, inescrupuloso e irresponsable niño rico comienza a aburrirse de los placeres de la maldad, mientras el ingenuo, inocente y servicial peón comienza a adoptar las indeseables costumbres de su patrón. La vaca, encarnada por una actriz, tiene sus propias quejas, ya que decididamente le toca el rol de víctima en el juego.

Además de ser ingeniosa la pieza está espléndidamente actuada. Mike Amigorena sabe dar toda la petulancia de su personaje engreído y cínico y despliega una ductilidad física admirable, mientras Osqui Guzmán encarna con impecable naturalidad al “gauchito” bueno, que poco a poco pierde su inocencia y adopta el egoísmo hedonista del patrón. María Inés Sancermi, estupenda en su mímica inexpresiva de animal ajeno a los intrigas de los seres humanos, es no menos convincente cuando toma la palabra y asume su rol simbólico de una Argentina sacrificada por la codicia. A estos aciertos cabe sumar la sobria pero oportuna intervención del músico Gonzalo Domínguez, la funcional escenografía de Héctor Calmet que reproduce con bastante credibilidad la bodega de un trasatlántico y el cuidada iluminación de Héctor Calmet y Miguel Morales.

Sin embargo, hay algo que no funcionó y que afectó de manera decisiva al espectáculo. Cuando se hace teatro y muy especialmente teatro en verso, lo que hoy en día no es frecuente, lo primero que debe hacer un director, es ir al fondo de la sala y a la última fila de la galería, y comprobar si el espectador oye y entiende lo que se dice en la platea. Lamentablemente, esta precaución elemental, que es tan importante como para vigilar el ritmo de la acción escénica y la interrelación entre los actores, es olvidada con frecuencia. Esto, lamentablemente, también sucedió en esta ocasión.

La falta de claridad de dicción de los actores (muy particularmente de Mike Amigorena) hizo muy difícil la comprensión de sus parlamentos desde la quinta fila de platea (cabe suponer que debe haber sido aún mucho peor en las filas traseras). Es una lástima, porque este detalle nada menor afectó de manera claramente negativa la valoración del espectáculo.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 24 enero 2008

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