| "Morir" de Sergi Belbel |
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Sobre la banalidad de la muerte |
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"Morir" de Sergi Belbel – Con dirección de Martin Inthamoussú y Gabriel Calderón – Con elenco integrado por Oliver Luzardo, Lasura de los Santos, Moré, María Elena Pérez, Natalia Acosta, Valentina Seijo, Alma Claudio, Paul Domenack, Elena Saavedra, Bertha Moreno, Xaviuer Lasarte, Martin Castro, Ángel Medina y Damián Coala – Escenografía e iluminación : Álvaro Bonaglia y Pablo Cotignola – En el Teatro Circular, setiembre 11
En "Morir", el autor catalán Sergi Belbel agrupa siete episodios diferentes pero unidos por una idea común : la muerte como episodio banal. En la primera secuencia, un escritor deprimido y bloqueado discute con su mujer en la cama acerca de una nueva idea para un guión cinematográfico. A su esposa la idea no le parece nada convincente y mientras discuten el escritor sufre un infarto fulminante. En la segunda, tiene lugar una feroz pelea entre un cocainómano y su hermana, que reclama su asentimiento para internarlo en una clínica de rehabilitación. Después de que la hermana se va, el cocainómano toma su polvo desesperadamente y muere de una sobredosis. En la tercera, una madre autoritaria y obsesiva obliga a su hija pre-adolescente a comer. Esta, hastiada del acoso de su madre, come con desesperación y se atraganta con un hueso en la garganta. En la cuarta, un paciente cargoso, con varias fracturas como resultado de una caída, molesta insistentemente a su enfermera. Finalmente cuanto ésta logra librarse de él, el enfermo expira luego de frenéticas convulsiones. En la quinta, una vieja maniática, molesta telefónicamente a una prima, mientras toma pastillas con alcohol.Pero en un momento en que le concede una tregua, recibe el anuncio de que su hijo tuvo un accidente. La noticia, sumada al efecto de la mezcla de los fármacos y el whisky hace lo suyo, y la vieja se muere. En la sexta, una pareja de policías de ambos sexos, que están juntos por razones de servicio pero no se soportan, reciben la orden de ir a determinado lugar en su patrullero. La mujer, que está al volante, conduce alocadamente pese a las protestas de su compañero y termina por atropellar a un motociclista que muere por el impacto. Entre ambos policías se entabla una agitada discusión sobre qué hacer y cómo denunciar el accidente. En la séptima y última secuencia, un asesino a sueldo irrumpe en la casa de un ejecutivo, y lo espera durante dos horas con intención de matarlo. Cuando finalmente llega, el asesino se burla de la fe de su víctima y le propone que se comunique con Dios para salvarlo. Muy previsiblmente, Dios no se hace presente y el encuentro termina con el disparo que pone fin a la vida del ejecutivo.
Todo esto conforma la primera parte de la obra. En la segunda, todos los episodios son revisados y presentados con muy escasas variaciones. El dolor del ejecutivo pasa y no es un infarto, al cocainómano le roban la cocaína y no puede drogarse, el episodio del hueso atracado en la garganta de la niña pasa sin mayores consecuencias, la vieja maniática sigue impérterrita con su histeria, el motociclista sobrevive al accidente, el ejecutivo habla "con la voz de Dios" a su ejecutor y éste impresionado, desiste de cometer el crimen. En suma, la muerte no acude a la cita.
Gabriel Calderón y Martín Inthamoussú presentan estas historias con notable inventiva escénica. Los episodios se enlazan entre sí y hay rituales que pautan la acción como marchas mudas de unos personajes en torno a otros. La obra se desarrolla en dos planos, en la galería y en la platea, imprimiendo a la obra un sugestivo ritmo y una variedad de climas. Una amable e inofensiva música popular norteamericana comenta irónicamente la situación, a veces con la activa participación de los actores cantando. Los personajes, en su abrumadora mayoría no son simpáticos, pero en ningún momento se convierten en caricaturas o dejan de ser creíbles. La acción física posee una poderosa sugestión : las caídas de los cuerpos constituyen un elocuente elemento simbólico, la pelea entre el cocainómanio y su hermana es impresionante en su realismo. Una sugestiva coreografía está órganicamente insertada en la acción escénica.
Pero más allá de los aciertos de plástica, iluminación o ritmo en el desarrollo de la trama, prima el formidable rendimiento del elenco. No hay una actuación pobre o insatisfactoria. Se ve que ha habido un cuidado y minucioso trabajo de elaboración de cada uno de los personajes y de cada una de las escenas. Oliver Luzardo como escritor frustrado y de mal carácter, Laura de los Santos como su imperativa mujer, Valentina Seijo como hija díscola, María Elena Pérez como la hermana furiosa del drogadicto, Xavier Laxarte y Bertha Moreno como policías conflictuados, Martin Castro como motociclista atropellado, Damián Coalla como asesino a sueldo y Angel Medina, como su víctima ; cada uno de ellos encarna con desenvoltura y convicción su rol. Pero pese a este alto y homogeneo nivel del elenco, hay tres actores que se destacan : Moré como el desbocado cocainómano, Natalia Acosta como la madre despótica y obstinada y Alma Claudio como la vieja semi-demente que pretende afirmar su frágil presencia en el mundo con desesperados llamados telefónicos.
Belbel en general, y esta obra en particular, puede resultar un manjar demasiado ácido para algunos paladares. Pero aún quienes no tengan una afinidad por este duro y amargo tipo de teatro deberán admitir que "Morir" en esta versión del Teatro Circular es un gran espectáculo. |
Egon
Friedler
Semanario Hebreo
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