|
“Locas”
- de Sandra Massera - Unipersonal a cargo de Gabriela Iribarren – Dirección : Lila García – En el Museo “Torres García”.
Mucho antes de que las autoridades soviéticas descubrieran que el envío de disidentes a hospitales psiquiátricos es una buena forma de librarse de personajes peligrosos que atentan contra el conformismo social, muchas mujeres “escandalosas” fueron víctimas del mismo castigo. Sandra Massera sugiere en el programa de mano que su modelo pudo haber sido la escultora Camilla Claudel (1884-1943) pero obviamente recurre a un ser anónimo que encarna de manera simbólica a muchas mujeres de conducta no convencional que fueron recluidas por sus familias “respetables” en los temibles manicomios de fines del siglo XIX.
El texto de “Locas” deja en la penumbra la causa de la internación de la réproba cuya historia se relata. Nos enteramos vagamente que fue una pintora que llevaba a la tela imágenes “sumamente inconvenientes” que presuntamente perjudicaban el buen nombre de su familia. Asimismo se nos informa que tuvo un oscuro romance que culminó con un aborto traumático. No sabemos quién fue el hombre que produjo su embarazo ni si su relación con él fue meramente fugaz. En cambio, nos enteramos, mediante la cita de un intercambio epistolar, del largo diálogo de sordos de la víctima con sus victimarios, es decir, con su propia familia.
No hay sorpresas en la historia, que es sumamente lineal y previsible, a tal punto que su teatralidad puede ser considerada bastante problemática. Si el largo monólogo funciona a pesar de esta evidente limitación, ello se debe al minucioso trabajo de la actriz Gabriela Iribarren, orientado prolijamente por la directora Lila García.
Iribarren no permanece un momento inmóvil en escena. Su rostro, sus manos, su cuerpo entero, vive la tragedia del encierro y la aspiración de huir hacia la vida, la normalidad, la ausencia de la locura en permanente acecho. Hondamente expresiva en cada músculo de su cara y en cada gesto o temblor de su cuerpo, Iribarren cumple una labor de histrionismo admirablemente controlado. No hay exageración delirante ni exhibicionismos grotescos. Cada movimiento tiene su lógica, su razón de ser, su credibilidad escénica. Los destellos de alienación se alternan con momentos de ternura y de patética lucidez. El personaje, aún en sus momentos de máxima angustia y de pérdida de contacto con la realidad, conserva su humanidad intacta.
La obra merece ser vista por ese admirable trabajo actoral que constituye toda una hazaña de expresividad y sutileza. Asistimos a la función que se realizó en vísperas del Día Internacional de la Mujer lo que nos recordó que la humanidad aún tiene muchas culpas que expiar en su sistemático maltrato a la mujer a lo largo de la historia. |