"Llorones" (Industria nacional) - de Leonardo Preziosi

Me quejo, luego existo
Por Egon Friedler

"Llorones" (Industria nacional) de Leonardo Preziosi - Con Walter Reyno, Enrique Alvarez y Javier Mas - Escenografía : Osvaldo Reyno - Dirección : Juan Graña - En el Teatro Circular, 23 de abril.

Dos veteranos burócratas se reúnen para despedir a un colega más joven que se dispone a emigrar junto con su novia. Mientras esperan al homenajeado practican el deporte nacional por excelencia : la queja. El más aventajado cultor de este deporte es el dueño de casa, un eterno inocente en un mundo injusto. Machista jactancioso (aunque no tan practicante), eterno movilizador de los demás (mientras él mira el techo) y un verdadero Hamlet criollo en lo que se refiere a sus dudas sobre el tiempo, es el héroe-villano por excelencia de la pieza. Su amigo, es el buenote sin ambiciones, incapaz de enojarse en serio, aún siendo víctima de evidentes malas pasadas. Ambos pertenecen a otra galaxia que el joven al que van a despedir : éste es capaz de proclamar una herejía tan insólita como de que no le gusta el fútbol. Además, contrariamente a su anfitrión que proclama orgullosamente que es "previsor, no conservador", él no hace planes para el futuro.

La comedia es muy conversada y reiterativa. La espera del joven emigrante se hace larga y parece estirada gratuitamente. Pero hay que admitir que el autor sabe captar el lenguaje y las inquietudes de la clase media y de los típicos burócratas autóctonos. Tiene buena puntería para colocar los chistes y para marcar los defectos más notorios de sus personajes. Por lo demás, la realización es sumamente competente. Juan Graña se las ingenia para dar movilidad a una pieza esencialmente estática ; la escenografía de Osvaldo Reyno es atrayente y la discreta iluminación de Pablo Caballero cumple muy bien su cometido.

Pero sin duda lo que valoriza la puesta es sobre todo la impecable labor de las actores. Walter Reyno se siente a sus anchas en un rol que es su especialidad : el eterno gruñón, que masculla sus quejas constantemente contra un mundo que no funciona como él cree que debe hacerlo. Enrique Alvarez compone limpiamente su rol contrastante, el del hombre, franco, honesto y sincero, eterna víctima de su credulidad. Javier Mas aporta su naturalidad, su llaneza y su simpatía para el rol breve pero comprometido del joven que se dispone a abandonar el país.

En total, no es una arremetida demasiado incisiva vitriólica contra el gran deporte nacional pero tiene su gracia. Si se les ocurre ir a ver la pieza, hasta los quejosos crónicos e incorregibles no van a sufrir demasasiado.

Egon Friedler

Semanario Hebreo

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