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“Lejana tierra mía”
- de Eduardo Rovner – Dirección de Álvaro Correa – Con la actuación de Sergio Pereira y Juan Luis Granato – En el teatro La Candela, en el Shopping de Punta Carretas.
Padre e hijo comparten la misma profesión. Ambos son pintores y trabajan juntos en un mural que evoca al pueblo en el que el padre presuntamente nació y al cual quiere volver. El padre, que ha enviudado hace algunos años, acusa algunos síntomas de vejez. Por ejemplo, olvida exactamente qué pintó y acusa a su hijo de haber pintado en la parte del cuadro que no le corresponde. Pero por lo demás, la relación entre ambos es inversa a la habitual entre padres e hijos. Aquí el inconformista adolescente, el furioso crítico de la sociedad corrupta e injusta, el aventurero, el que no termina de encontrarse a sí mismo y no sabe bien lo que quiere, es el padre. En cambio, el hijo es sensato y realista. Aunque carece de la cultura y formación de su padre es inquieto y su vocación es auténtica.
El problema de la pieza es que su trama resulta artificial. Ambos están solos, pero el joven no parece tener urgencias en sus relaciones con el otro sexo. El padre, por su parte, parece resignado a su viudez. La relación entre ambos es muy estrecha, pero es también conflictiva. No solo tienen enfoques diferentes de la vida y la sociedad, sino también del arte. Los dilemas que los enfrentan impresionan como excesivamente abstractos ¿ Pintar la naturaleza o vivir en ella? ¿ Irse de su hogar en busca de una utópica plenitud o seguir en la búsqueda de una indefinible e inalcanzable perfección artística?
En el final feliz, se aclara que el hijo ama al padre y quiere pintar como él. El padre, renuncia a su insólita y poco creíble idea de viajar a un pueblo idílico de dudosa existencia y ambos se quedan pintando juntos.
Cualquiera sea el simbolismo perseguido por el autor, la historia parece muy poco convincente, sea como descripción de una relación filial o sea como una confrontación sicológica de representantes de dos generaciones. Pese a esta debilidad, hay momentos en que la competente escritura teatral de Rovner disimula la escasa credibilidad del texto. Asimismo contribuye a la fluidez del espectáculo la ágil y cuidadosa dirección de
Álvaro Correa, si bien cabe reprocharle el haber marcado (o permitido) momentos demasiado lacrimógenos al joven Juan Luis Granato, quien por lo demás actuó con plausible desenvoltura. Por su parte, la simpatía y la autoridad escénica de Sergio Pereira hicieron olvidar la escasa credibilidad sicológica de su rol.
En síntesis, se trata de una empresa teatral encarada con dignidad pero basada en un texto demasiado endeble. |