“Las sirvientas”  - de Jean Genet – Adaptación y dirección de María Varela 

Mato, luego existo
Por Egon Friedler

“Las sirvientas”  - de Jean Genet – Adaptación y dirección de María Varela – Con Cecilia Baranda, Pelusa Vidal y Pilar Cartagena – Escenografía: Osvaldo Reyno – Luces: Martín Blanchet – Vestuario: Soledad Capurro - Música original: Gregorio Bregstein – En el Teatro Victoria 

Al entrar en la sala, el espectador se encuentra con el amplio piso del escenario cubierto de ropas. Al fondo, como si fuera el altar de una iglesia, hay un ropero con vestidos y al lado, más abajo, dos grandes percheros con más vestidos. En el medio del escenario, colgado en lo alto de la sala, un enorme vestido rojo del que gotea agua, símbolo de la víctima sangrante de la gran ceremonia de sacrificio y crimen que se prepara. 

Este es la formidable ambientación ideada por Osvaldo Reyno en la que se desarrolla esta terrible historia de odio, envidia, servilismo, sado-masoquismo e inadaptación social, para muchos la obra maestra de este delincuente convertido en escritor que fue Jean Genet.

Las dos sirvientas, Solange (Cecilia Baranda) y Clara (Pelusa Vidal ) juegan a ser patrona y criada en ausencia de la Señora. Clara ha logrado hacer detener al patrón mediante una denuncia anónima. Por temer al castigo, ambas sirvientas, que son hermanas biológicas y están hermanadas en su miseria, su humillación, su feroz resentimiento y su falta de escrúpulos, deciden envenenar a la dueña de casa. No logran hacerlo, pero en un enfermizo ritual de identificación con su admirada víctima, Clara se hace matar por su hermana.

La trama de esta obra terrible, inspirada en un caso policial real ocurrido en Francia, es sencilla, pero no es nada fácil crear la magia que impida que el horror se vuelva banal, que la saña criminal parezca truculenta y que toda la historia se impregne de una vulgaridad agresiva. 

La directora María Varela lo logra cuidando cada gesto, cada desplazamiento escénico, cada frase pronunciada por las actrices. La acción no es lenta pero lo parece. Tiene todas las características de un ritual pagano, en el que el erotismo se mezcla con una salvaje pulsión de muerte. Las dos actrices que encarnan a las sirvientas subrayan contrastes de carácter que las hace complementarias. La Solange de Cecilia Baranda es más cauta, más introvertida, más premeditada en sus intenciones. La Claire de Pelusa Vidal es más sensual, más histérica, más proclive a la locura. Ambas forman un dúo convincente en su degradación, su ilimitada sed de venganza, su ensañamiento.

A mi juicio, la directora marcó un excesivo movimiento de brazos a Pilar Cartagena que interpreta a la Señora. Una especie de diosa hierática hubiera sido más adecuada para la puesta. 

Pero al margen de esta observación, que por supuesto puede ser controvertida, la versión es impactante y tiene cierto toque de grandeza. Es la obra trágica de un escritor cuya vida fue una tragedia.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 28 de mayo 2009

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