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"La tercera parte del mar"
- de Alejandro Tantanian – Con la actuación de Pablo Pipolo y Soledad Frugone – Dirección general de Gerardo Begérez – En el Teatro “El Galpón”
Alejandro Tantanian es considerado uno de los renovadores del teatro argentino y goza de un indudable prestigio tanto en el medio teatral en Buenos Aires como en varios países europeos donde se presentaron sus obras. Dados estos antecedentes, la presentación de “La tercera parte del mar”, al menos en lo que respecta al autor de estas líneas, representa una franca decepción.
“La tercera parte del mar” es una cita del Apocalipsis de San Juan, versículo 8 : “Y la tercera parte del mar se transformó en sangre”. Pero el Apocalipsis que nos presenta Tantanian es muy menor y privado. Un automovilista tiene un accidente (no se sabe muy bien si está herido o no, ni que pasó con su automóvil) y golpea en una casa cercana a la carretera en busca de un teléfono. No hay teléfono, pero la joven mujer que le abre la puerta , única habitante de la casa, lo invita a pasar la noche bajo su techo. La dueña de casa tiene una conducta extraña y el visitante a pesar suyo no debe ser demasiado observador para comprobar que está perturbada mentalmente. En la larga noche que pasan juntos suceden muchas cosas, entre ellas que el accidentado (que al parecer no lo está tanto) mantiene relaciones sexuales con su inquietante anfitriona. Se evocan misteriosos asesinatos y se descubre una alcoba que tiene el extraño aspecto de un cementerio lleno de cruces ; la insólita pareja habla mucho y discute vaguedades, a veces con un lenguaje seudo-poético otras con cruda obscenidad. Hay algunos desnudos desconcertantes y no es menos desconcertante la relación física entre los personajes, ya que no parece haber ni atracción sensual ni nada parecido al enamoramiento. Por lo demás, la relación es narrada y no visualizada. Si el encuentro-desencuentro entre ambos resulta inverosímil desde un principio al final adquiere una dimensión simbólica tan caprichosa como efectista. El hombre adquiere mágicamente la personalidad perversa, torturada y enferma de la mujer.
No cabe la menor duda de que detrás de esta oscura trama, el autor debe haber ideado una compleja simbología. Pero lamentablemente ésta no funciona para el espectador común. Sicológicamente los personajes no son creíbles, la situación parece totalmente reñida con cualquier realidad más o menos concreta. Si los personajes son símbolos, no está nada claro qué clase de símbolos son, por más que desde el título de la pieza se invoque el Apocalipsis.
El director Gerardo Begérez se esforzó seriamente para lograr que la pieza funcione. Usó hábilmente la oscuridad y la penumbra como recursos de ambientación, recurrió a una escenografía convenientemente siniestra de Pablo Dive y contó con una música sumamente sugestiva de Fernando Tabaylan. Asimismo cuidó con esmero el movimiento escénico de ambos actores. Incluso obtuvo un excelente rendimiento de la dúctil y expresiva Soledad Frugone, mientras Pablo Pípolo puso demasiado en evidencia su inadecuación para el rol. Pero en total, todo el trabajo realizado por el equipo reunido por el director naufragó frente a un texto cuya ambición están en franca contradicción con su falta de convicción dramática.
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