“La sombra del Tenorio” -  de José Luis Alonso de Santos

Buen actor, texto pobre
Por Egon Friedler

“La sombra del Tenorio”  - de José Luis Alonso de Santos – Por Horacio “Bimbo” Depauli – con la participación de Clara Melo – Dirección de Marcelino Duffau – Escenografía y vestuario: Ana Arrospide – Música y efectos de sonido: Gustavo Goldman – Diseño de iluminación: Martín Blanchet – En el Teatro del Centro.

 

La trama ideada por el autor español José Luis Alonso de Santos parece sugestiva : un viejo actor que en toda su larga vida profesional actuó sobre todo en el rol de criado del protagonista, Don Juan Tenorio, se encuentra en un hospital al borde de la muerte. Allí ante la presencia muda de una monja, quiere por una vez en la vida, interpretar el rol principal y ser la persona importante que nunca fue en toda su vida.

El problema de la obra es que eso es todo. El autor no logra desarrollar de manera interesante la historia a partir de esa situación básica. Todo el tiempo la verborragia desatada del actor gira en torno a lo mismo : la triste situación del subordinado cuyo jefe siempre se lleva la gloria. El autor, al confrontar al personaje con un testigo mudo, pierde la oportunidad de enriquecer la trama con una posición discrepante o al menos cuestionadora.

El problema de la puesta en escena de una obra de estas características es cómo darle movilidad para romper la monotonía del texto y al director Marcelino Duffau no le faltan ideas. Desmintiendo su condición de moribundo, el viejo actor interpretado por Bimbo Depauli, se levanta de la cama y vuelve a acostarse, saca valijas de debajo de la cama, se desplaza una y otra vez a lo largo y a lo ancho de su cuarto de hospital, luego se viste de Don Juan Tenorio, recita versos, toma mate, deja de ser el actor de la obra para ser el actor que la interpreta. Pero toda la agitación es en vano. La obra no despega, pese a los méritos de la puesta y al eficaz profesionalismo de Bimbo Depauli. Su desenvoltura escénica imprime al personaje cierta aura de credibilidad, de simpatía, de humanidad. Pero lamentablemente eso es insuficiente para dar vida a un monólogo demasiado extenso, reiterativo y de escasa sustancia dramática.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 3 de diciembre 2008

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