“La piel de Elisa”  -  de Carole Frèchette

La memoria como antídoto a la vejez
Por Egon Friedler

“La piel de Elisa”  - de Carole Frèchette - por Giselda Marsiglia y Diego N. Zurdo – Dirección: Dante Alfonso – En la sala “Cero” de “El Galpón” 

 

Es una lástima que en el programa de mano, los responsables de la versión de esta pieza de la canadiense Carole Frèchette (nacida en Montréal en 1949) no hayan brindado a los espectadores alguna información sumaria acerca de las circunstancias en que fue escrita. Vale la pena conocer esos datos, entre otras cosas, porque la obra alude a diferentes lugares de Bruselas, donde su autora la creó.

“La piel de Elisa” fue escrita en el marco del proyecto “Escribir la ciudad” organizado conjuntamente por el Centro de Autores Dramáticos de Montréal y el Atelier Santa Ana de Bruselas en el otoño de 1995. Invitada a colaborar en el proyecto, Carole Frèchette pasó una semana en Bruselas donde escuchó historias de amor en distintos barrios de la ciudad. 

La obra recoge esos relatos que son narrados por una mujer madura, Elisa, que intenta revivir experiencias eróticas ajenas como una forma de detener el tiempo. Un joven misterioso la convence de que éste modo podrá hacer frente a una extraña enfermedad que hace que su piel crezca y brote anormalmente (una obvia alegoría del envejecimiento). Como este antídoto contra el tiempo nunca es suficiente ella pide que le cuenten más historias para poder seguir su “curación” imposible. 

Este texto poético extraño e impregnado de sensualidad, constituye una empresa teatral muy difícil que requiere una enorme imaginación y una actriz de formidable carisma y autoridad escénica.

La modesta versión ofrecida en “El Galpón” no llega a estar a la altura de estas exigencias. Con ello, hay que admitir que hay algunos aspectos meritorios en la puesta. Por ejemplo, no deja de ser sugestivo ese fondo del escenario con cuatro enormes estanterías divididas en nueve estantes llenos de botellas vacías (presumible alusión al vino de la vida tomado por la protagonista). Hay algunos aspectos de la iluminación que tienen indudable sugestión. Sin embargo, cabe preguntarse si una versión ilustrada con proyecciones ( incluyendo lugares de la ciudad de Bruselas, alusiones a las historias referidas, símbolos diversos ) no hubiera sido más convincente. Asimismo puede cuestionarse el hecho de que el director Dante Alfonso no haya encontrado algún recurso luminotécnico o teatral para marcar con claridad y en forma sistemática la diferencia entre el monólogo de Elisa y la historia de sus personajes.

Si el director se queda corto en cuanto a su capacidad para plasmar la enorme dimensión poética de la obra, su actriz casi única (el rol masculino es solo episódico) no tiene la estatura que la obra exige. 

Gisella Marsiglia es una actriz competente y estudiosa. Realiza un esfuerzo muy digno para tratar de transmitir el drama de la mujer madura que trata de escapar al implacable desgaste de su cuerpo recluyéndose en un mundo imaginario. Pero esto no es suficiente. Se requiere una actriz de enorme personalidad y poderosos recursos histriónicos capaz de arrastrar consigo a los espectadores en su insólito viaje interior. Algo similar puede decirse del joven Diego N. Zurdo que no solo debe ser el improbable cómplice de la declinante Elisa, sino que también debe ser su contracara en energía y apetito vital. 

En suma, una versión apenas discreta de una obra que en una versión genuinamente inspirada podría resultar mucho más atrayente.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 24 abril 2008

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