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“La persistencia”
- de Griselda Gambaro – Dirección: Mariana Wainstein – Con la actuación de Javier Barboza, Luis Jaunarena, Luciana Acuña y Fernando Amaral – En la Sala 2 del Teatro “La Candela”.
Esta pieza, inspirada por la masacre perpetrada por terroristas chechenios en una escuela rusa en Beslan en 2004, constituye más que un alegato, una sombría reflexión sobre el odio. La autora argentina Griselda Gambaro no pretende condenar ni formular advertencias. Intenta desarmar el mecanismo infernal del odio homicida, el odio sin límites, un odio que degrada la condición humana.
La trama se centra en tres personajes y un cuarto personaje mudo. Un despiadado jefe guerrillero chechenio martiriza a su mujer, traumatizada por la muerte del hijo de ambos y acosa a su cuñado acusándolo de blando. Alrededor de ellos se mueve como una sombra un ser silencioso al que reverencian y que podría ser su Dios o su líder inspirador. Pero el personaje es impotente para detener violencias y muertes. Lo único que puede hacer es tomar una escoba y barrer (o remover los escombros) una tarea de la que es relevado por la mujer, quizás porque pone demasiado en evidencia su incapacidad de influir sobre los acontecimientos. La mujer, que en un comienzo parece haber perdido la razón y la voluntad de vivir, se recupera y sale junto con ambos hombres a realizar una acción bélica, en la cual matarán niños sin piedad. El tiempo pasa, el grupo combatiente se reduce pero igual sigue combatiendo. La mujer queda embarazada y espera compensar con su nuevo hijo la pérdida del primero. El hermano de la mujer se cansa de tanta sangre y tanta muerte y quiere irse. Se entabla una discusión y su hermana asume plenamente la filosofía de su marido que proclama el “orgullo de los crueles”. La historia tiene un final trágico y se impone con terrible persistencia el odio como factor inseparable de la condición humana.
No es una pieza agradable de ver. Es impactante en su violencia, en su clima sombrío y violento, en su incontenible desesperación. Pero sin duda constituye un desafío intelectual y emocional nada común, que obliga al espectador a compartir la amarga reflexión de la autora.
Por lo demás, la versión, en la que se percibe en cada escena la minuciosa labor directriz de Mariana Weinstein, se caracteriza por su impecable austeridad. Nada es gratuito, ni el despojado escenario, ni el rústico vestuario, ni la iluminación escasa pero siempre reveladora. Pero sobre todo cabe destacar el excelente trabajo de los actores.
Fernando Amaral, en un rol muy alejado de los que lo hemos visto habitualmente, logra dar toda la impetuosidad fanática de su antipático y violento personaje. Como vocero del culto al odio logra hacerse odiar. No menos convincente es Luciana Acuña que pasa de la inconsciencia provocada por el dolor a una determinación asesina implacable. Javier Barboza, como débil pero lúcido crítico de esta terrible filosofía imprime a su personaje la adecuada cuota de angustia. Por último, Luis Jaunarena, en su papel mudo, gradúa muy bien su ambigüedad : no sabemos si tenerle lástima o si él realmente tiene lástima a sus presuntos seguidores.
En suma, la pieza no tiene nada que ver con la diversión en un sentido convencional. Pero es un desafío que seguramente no rehuirán muchos espectadores sensibles e inteligentes. |