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“La persecución y asesinato de Jean Paul Marat representada por los internados en el hospital de Charenton bajo la dirección del Sr.de
Sade”
- de Peter Weiss – Versión de Raquel Lubartovski - Dirección de Andrés Caro Berta – Con Bruno Gea, Lorena Rochón, Daniela Galuzzo, Alejandro Cabo y Cecilia Gómez en los roles principales – Coro de diez actores – Música: Renée Pietrafesa – En el Hospital Vilardebó.
Esta clásica pieza de “teatro en el teatro” de Peter Weiss causó una sensación mundial en su estreno en 1964, como gran espectáculo y como planteo polémico acerca de las implicancias históricas de la Revolución en general y de la Revolución Francesa en particular. En nuestra ciudad se recuerda sobre todo la lejana y ya casi mítica versión de Federico Wolf en la década del sesenta.
La versión de Raquel Lubartovski elimina algunos personajes y realiza cortes que quitan colorido y riqueza a la trama, pero en esencia conserva los principales elementos dramáticos de la obra. Las limitaciones de la versión se derivan más de la disparidad de condiciones de los actores reunidos por Caro Berta que de las características de la adaptación. Por ejemplo, la discusión sobre el costo humano y la necesidad histórica de la Revolución entre los dos principales personajes Marat y Sade que es el tema medular de la obra y sigue teniendo una dramática vigencia, no causa el impacto que cabe esperar. Ello se debe al desnivel entre ambos contendientes. Mientras Bruno Gea que encarna a Sade, pese a que no tiene el físico adecuado, logra dar en cierta medida el cinismo, la altanería y el feroz espíritu crítico del personaje, el Marat de Alejandro Cabo resulta muy pálido y no es capaz de proyectar una imagen creíble del fogoso líder revolucionario.
Pero hay actores cuya elección merece ser aplaudida. Por ejemplo, merece destacarse la intensidad de Lorena Rochón, como Simone, la abnegada esposa de Marat, y la alienación y determinación fanática de la Charlotte Corday que interpreta Daniela Galuzzo. Si bien Cecilia Gómez luce una indudable desenvoltura como relatora, le falta la autoridad escénica necesaria para imprimir una genuina relevancia a su rol.
También el rendimiento del coro, así como su manejo escénico es irregular. Hay indudables aciertos de movimiento y de composición, pero también hay instancias en las que el grupo de “alienados” parece no cumplir con ningún rol relevante. Hay algunas viñetas exitosas. Por ejemplo, la mejor por su intensidad, su carga de rencor, su impresionante mímica, es la de Florencia Prior, que tiene a su cargo uno de los más significativos parlamentos de Weiss.
¿Se justifica la escenificación en un patio externo de un hospital para enfermos mentales? Es sin duda, un tema debatible. El público no tiene contacto con los internados ni tiene ninguna clase de acercamiento a su problemática. No hay pacientes psiquiátricos entre los actores ni se permite su presencia entre el público. Más aún, cuando alguno logra escabullirse y trata de ubicarse entre los visitantes que van al teatro improvisado en su lugar de reclusión, discretos enfermeros o enfermeras, se encargan de que vuelvan al lugar del que se supone no deben salir para nada.
Pese a toda la discutible mística creada en torno a los escenarios no tradicionales, sin duda, el espectáculo podría haber funcionado mejor en una sala de teatro formal. Cabe esperar que esto se haga el año próximo. Entonces sería posible mejorar el nivel general de la puesta y ajustar muchos detalles que ahora parecen desatendidos o descuidados. |