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“La
Gaviota”
– de Antón Chejov – Traducción y versión de Nidia Telles – Dirección
general: Roberto Jones – Escenografía y vestuario: Nelson Mancebo –
Iluminación: Martín Blanchet – Banda sonora y Música: Fernando Ulivi –
Con la actuación de Nidia Telles, Nicolás Furtado, Walter Berrutti,
Fabiana Fábregas, Danilo Pérez, Susana Groisman, Rosina Piovani, Sergio
Pereira, Darío Artucio y Rafael Beltrán – En el Teatro Alianza.
Aunque la historia del estreno de “La
Gaviota” es bastante conocida vale la pena recordarla. La obra fue
escrita en 1896 y resultó un fracaso en su estreno. La actriz que actuó
en el papel de Nina, Vera Komissarzheskaya, intimidada por la hostilidad
del público, perdió la voz. Chejov, estuvo tan afectado por el fracaso,
que pensó dejar de escribir teatro y cuando sus amigos le aseguraron que
a la obra le fue mucho mejor en representaciones posteriores, creyó que
solo quisieron ser amables. Dos años después la montó Konstantin
Stanislavsky en el Teatro de Moscú y fue un rotundo éxito. Pronto fue
traducida a otros idiomas y se convirtió en un éxito mundial. Hoy está
reconocida como la primera de sus cuatro obras maestras para el teatro
(las otras son “El tío Vania”, “Las tres hermanas” y “El jardín de los
cerezos”) y siempre está en cartelera en algún lugar del mundo.
¿En qué consiste la singularidad de “La gaviota”? En la visión irónica y
desencantada de Chejov acerca de la condición humana y en su habilidad
para trazar un admirable cuadro colectivo, que refleja a una sociedad
decadente y profundamente infeliz. Sin embargo, y quizás allí el aspecto
más genial del teatro de Chejov, sus personajes nunca son totalmente
trágicos porque siempre aparecen sutilmente los aspectos ridículos de su
conducta. En “La Gaviota” algunos de los personajes se enamoran
perdidamente de otros que no les corresponden y éstos a su vez sufren
por la misma causa. El diálogo es notable y logra pintar un cuadro
psicológico sumamente variado y complejo. Pese a que hay cuatro figuras
centrales : la joven, ingenua y apasionada Nina, la diva vanidosa y
egocéntrica Arkadina que está en franca competencia con los talentos
jóvenes, lo que incluye a su propio hijo, el escritor de éxito Trigorin
que tiene clara conciencia de los límites de su talento, y Kostia
Treplev, el turbulento y desdichado hijo de Arkadina, en realidad
ninguno de los diez personajes es realmente secundario.
La obra tiene la consistencia de una buena obra de música de cámara en
la que cada instrumento importa. El nivel de excelencia debe ser parejo
y esto no es fácil de obtener. Aunque hay un notable acercamiento al
clima melancólico y al humor a contrapelo de Chejov, las disparidades en
el elenco se sienten en distintos momentos de la obra. Hay un contraste
notorio entre el refinado profesionalismo del sector más experimentado
del elenco y la labor de los más jóvenes. Nidia Telles hace una Arkadina
admirable en su frivolidad y su egoísmo, en su encanto otoñal y en su
presencia dominante. Sergio Pereyra da a su Trigorin todo el desencanto
y la lucidez del escritor que sabe que su fama en el fondo no es más que
una quimera. Susana Groisman interpreta a su esposa provinciana
insatisfecha con la dosis adecuada de vehemencia y de falsa alegría
mientras Walter Berruti compone un Sorin, con la adecuada mezcla de
bonhomía y patética resignación. Complementan el elenco maduro, un
autoritario y poco simpático Danilo Pérez como administrador y un cínico
Dario Artucio, como doctor Dorn.
En el grupo más joven, Rosina Piovani, no logra ser realmente
convincente en su difícil rol de provinciana que hace ostentación de su
desdicha, mientras Rafael Beltrán, como su eterno cortejante, no
consigue transmitir su desgaste vital y el peso abrumador de su vida
insatisfecha. En los dos roles más comprometidos, el de Nina, a cargo de
Fabiana Fábregas y el de Kostia, a cargo de Nicolás Furtado, se siente
la hábil mano directriz de Roberto Jones, pero aún así los resultados no
son satisfactorios. Furtado trata de transmitir en todo momento la
profunda insatisfacción vital de su personaje pero su aire de turbio
enojo no es suficiente para trazar el complejo perfil psicológico de su
desdichado personaje. En cuanto a la Nina de Fabiana Fábregas, le falta
naturalidad y genuina desenvoltura como la impulsiva y despistada joven
que echa a perder su vida en una aventura que termina por ser fugaz y
profundamente insatisfactoria.
Con ello, no podemos censurar la decisión del director de dar una
oportunidad de fogueo a actores jóvenes, que no están aún preparados
para roles de tanta responsabilidad…..pero se merecen tener una
oportunidad para crecer. Por otra parte, la versión merece ser vista por
su excelente ambientación (con escenografía y vestuario por el multi-laureado
Nelson Mancebo) su impecable iluminación ( Martín Blanchet) y sobre
todo, su labor de dirección a cargo de Roberto Jones en la que se
adivina que hubo una gran inversión de tiempo, reflexión y amor.
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