“La duda" - John Patrick Shanley – Versión: Fernando Masllorens y Federico G. del Pino

Persiguiendo el mal
Por Egon Friedler

“La duda”  - de John Patrick Shanley – Versión: Fernando Masllorens y Federico G. del Pino – Con los actores Susana Groisman, Ana Rosa, Alvaro Armand Ugón y Adriana do Reis – Dirección: Mariana Wainstein - En el Teatro Alianza.

 

“La duda” presenta un conflicto interno de la Iglesia católica: una confrontación entre una monja y un cura. Esa confrontación puede tener varias interpretaciones complementarias entre sí: es el duelo entre dos visiones de la religión, una autoritaria anclada en el pasado y otra moderna y liberal; es el análisis de una sospecha patológica y de una mentalidad inquisitorial; es un estudio sobre ambigüedades morales en el cual lo que que está siendo juzgado es más la intención que la acción y sobre todo, es un hábil traslado de la duda moral del protagonista a los espectadores-jueces. Pero pese a toda la habilidad de un planteo escénico en el cual el tema de la culpabilidad sigue siendo elusivo hasta el final, la obra no logra calar en la profundidad de los dilemas morales y existenciales que separan a los dos antagonistas. Por lo demás, hay una clara falla en el planteo de la interrelación de los personajes que le quita credibilidad. En distintos momentos, los personajes aluden a su sometimiento al régimen jerárquico de la Iglesia, y el sacerdote es el superior de la monja. Sin embargo, ésta se atreve a enfrentarlo frontalmente y a acusarlo de pedófilo sin tener la menor prueba. Si este aspecto quita credibilidad a la trama, los demás elementos (el niño negro que debe sobrevivir en un colegio blanco en los prejuiciados años 60 del siglo pasado en los Estados Unidos, la monja ingenua y bondosa que vacila entre su deber de obediencia jerárquica y su rechazo a los métodos y la mentalidad de su superiora, la madre que elige patéticamente el menor de dos males) tienen indudable lógica y engranan muy bien en el desarrollo de la acción escénica. Asimismo, cabe señalar que un diálogo tenso y hábilmente hilvanado mantiene la atención constante del espectador. Si la obra no termina de convencer como genuino análisis de problemas éticos, posee una incuestionable eficacia teatral. 

Por lo demás, la dirección cuidada y sobria de Mariana Weinstein cuida lo esencial: el fluido desarrollo de la trama. A ello contribuye eficazmente una austera escenografía de Alejandro Curcio, un vestuario cuidado y funcional de Gerardo Bugarin y una sugestiva iluminación diseñada por Eduardo Guerrero. Pero esencialmente la clave del interés de la puesta radica en el excelente desempeño de los actores.

Alvaro Armand Ugón, como sacerdote cuestionado y acosado, imprime a su rol una adecuada mezcla de calidez e inseguridad, de poder de seducción y de fragilidad. Su actuación es ejemplarmente medida, si bien su concepción del rol sin duda marcada por la directora, podría haber tener una mayor carga de ambigüedad. En este enfoque de la personalidad del padre Lynn, la abrumadora mayoría del público sale del teatro con la convicción de que el personaje de Armand Ugón es inocente. Quienes vieron otras versiones aseguran que la versión perdió lo esencial: esa sensación de duda con la cual el público sale de la sala. Pero más allá de las distintas lecturas posibles de la obra, el padre Lynn de Armand Ugón es convincente en su humanidad y su autenticidad sicológica.

Como su gran antagonista, Susana Groisman, realiza una formidable creación en un rol muy diferente a los que hace habitualmente. Su Hermana Luisa tiene la aspereza, la agresividad, la manía persecutoria de quienes pretenden combatir el mal buscando de manera enfermiza el mal en los otros. Su combinación de socarronería, de histeria mal disimulada y de prepotente autoritarismo, constituye un notable hallazgo de caracterización.

No menos logrado es el desempeño de Ana Rosa, como la religiosa bondadosa y humilde, pero algo torpe, arrastrada a pesar suyo, a un duelo que visiblemente le desagrada y que hubiera preferido evitar. Por último, complementa el elenco con impecable profesionalismo Adriana do Reis, en el rol de la sufrida madre del niño, cuyo presunto bienestar pretexta el agrio conflicto entre ambos religiosos. 

En síntesis, es una obra sumamente atractiva de un autor teatral que conoce muy bien su oficio, en una versión de excelente nivel profesional.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 21 febrero 2008

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