"Kiev" de Sergio Blanco

Confusa, Incoherente, Anti-Chejoviana
Por Egon Friedler

"Kiev" de Sergio Blanco – Con dirección de Mario Ferreira – Con la actuación de Gloria Demassi, Andrea Davidovics, Jorge Bolani, Lucio Hernández y Diego Arbelo – Escenografía : Adán Torres – Iluminación : Martín Blanchet – En el Teatro Solís, enero 11, 2007

 

Sergio Blanco reconoció como fuente de inspiración para esta pieza a “El jardín de los cerezos”. Incluso hay una alusión directa a esta obra maestra de Chejov en el diálogo y la trama tiene algunos puntos de contacto significativos con la de este clásico del teatro universal. Como en “En el jardín de los cerezos” hay una familia decadente y una casa que debe ser abandonada. Pero mientras la historia de Chejov está tejida con fina melancolía y un sutil desarrollo de la evolución sicológica de sus personajes, la obra de Blanco es efectista y confusa. Los personajes tienen una vida interior caótica e imprevisible, y las relaciones entre ellos fluctúan sin demasiada lógica. Sergio Blanco confía en las revelaciones repentinas, las pasiones ocultas y los odios viscerales como elementos dramáticos, pero al no darles una genuina credibilidad sicológica, la obra parece una mera acumulación de situaciones sórdidas sin una justificación válida. La idea de mezclar una historia de decadencia familiar con el siniestro destino de su casa cuando estuvo abandonada durante nueve años, podría tener cierto sentido si hubiera estado hilvanada con mano maestra. Pero en lugar de diseñar cuidadosamente la conducta de los personajes y relacionarla imaginativamente con lo sucedido en la casa, el autor acumula pecados inconfesables, conductas morbosas, debilidades casi suicidas o maldades monstruosas. Todo es tan terrible y estalla de manera tan explosiva que pierde toda credibilidad. Es una lástima pero Blanco, intentando hacer una obra que de alguna manera constituye un homenaje a Chejov, difícilmente podía haberse alejado más del espíritu del gran autor ruso. En Blanco no hay sentimientos inconfesados, ni melancolía, ni destinos patéticos y silenciosos. Todo es demasiado brusco, demasiado exasperado, demasiado carente de una motivación convincente. 

Si una compañía de menor jerarquía artística que la Comedia Nacional hubiera decidido dar esta obra, es probable que hubiera terminado en el tremendismo y el humor involuntario. Pero la Comedia es capaz de hazañas increíbles. Mario Ferreira logra distraer al espectador de las visibles debilidades de la obra, para centrar su atención en una acción escénica de extraordinaria intensidad. Con una espléndida planta escenográfica de Adán Torres, con su piscina simbólica como centro y un bellísimo diseño luminotécnico de Martín Blanchet, Ferreira logra convertir el muy discutible planteo de Blanco en un ballet escénico de contrastes fascinantes y notables aciertos de ritmo. Por otra parte, su elenco le responde con admirable eficiencia. Gloria Demassi compone a su personaje de jefa de una familia disfuncional, desdichada y desorientada, con una notable ambivalencia. Su combinación de fragilidad y fuerza de carácter, de erotismo trasnochado y de ingenuidad, de apasionamiento y desgano, es admirable en su naturalidad. 


Andrea Davidovics debe luchar constantemente contra las incongruencias de su rol, pero logra una escena admirable cuando revela plenamente su erotismo y su apasionada sed por recuperar la juventud no vivida. Jorge Bolani sabe medirse y no exagera la perfidia de su personaje de villano. Pero su juego ambiguo e inteligente lamentablemente es insuficiente para superar las limitaciones de un personaje mal construido. En cambio, convence plenamente el caústico, feroz y resentido espástico de Diego Arbelo, quizás el personaje de mayor crediblidad sicológica del texto. Con un minucioso manejo de los tics, Arbelo supo transmitir toda la anormalidad, la indefensión y la rabia y el odio incontenibles de su marginado de la vida y la sociedad. Contrariamente a sus compañeros, Lucio Hernández, no pudo dar el menor soplo de vida escénica creíble a su personaje que podría hacer confundir aún al propio profesor Freud en persona, si viviera hoy y debiera enfrentar la tarea imposible de sicoanalizarlo.

Sin embargo, pese a todas las objeciones que pueden plantearse a la obra hay que reconocer que el director y la mayoría del pequeño elenco logran darle cierto interés gracias a su talento, inventiva y profesionalismo.

Egon Friedler

Semanario Hebreo, 18 de enero de 2007

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