"Ivanov, el hombre perdido" de Anton Chejov

La desesperación como estilo de vida
Por Egon Friedler

"Ivanov, el hombre perdido" de Anton Chejov - Dirección de Sergio Pereira - Elenco integrado por Alvaro Pozzolo, Adriana do Reis, Fernando Gallego, Juan A.Saraví, Rosa Simonelli, Maina Olazábal y Pablo Sintes - Dirección : Sergio Pereira - En Teatro del Centro, mayo 29

 

Ivanov es un desesperado crónico, un hombre furioso contra sí mismo y el mundo. Su mujer está muriendo de cáncer pero él reconoce que ha dejado de quererla y se escapa noche tras noche de casa para no estar con ella. Su mujer, que es judía y rompió con su familia para casarse con él, sigue aferrada a su marido, pese a que éste se ve arrastrado a un romance con la hija de su vecino, amigo y deudor Pavel, en cuya casa pasa las noches. Dos personajes iracundos están constantemente en casa de Ivanov, un tío cínico que compite con él en su desprecio al mundo y a sí mismo, y un joven médico, que se erige en defensor de la esposa tuberculosa y en airado crítico del estilo de vida irresponsable del dueño de casa. La muerte de la esposa no cambia demasiado las cosas. Ivanov sigue fiel a su desesperado estilo de vida hasta el final. Como es habitual en Chejov no importa tanto lo que sucede sino cómo los personajes se ven a sí mismos y cómo reflejan su mundo.

Pero "Ivanov", una obra primeriza que Chejov escribió en 1887 a los 27 años, no tiene la fibra de sus obras maestras. El consenso crítico es casi unánime al respecto ( El erudito británico Allardyce Nicoll califica a la obra de "fracaso" en su excelente "Historia del teatro mundial").

El protagonista no es un personaje convincente. Es un cargoso masoquista que no sabe que hacer con su vida mientras estropea la vida de los que lo rodean. Y para ser un "depresivo" como lo ha interpretado ingeniosamente el director Sergio Pereira, habla demasiado. Por lo general, los enfermos de depresión no suelen ser tan charlatanes. En "Ivanov" también encontramos a uno de los pocos personajes realmente insufribles de Chejov: el médico Eugenio, la "voz de la conciencia de Ivanov" que aparentemente tiene domicilio fijo en su casa para acusarlo día y noche.

Pero hay algo que redime a este Chejov "pre-chejoviano": el humor. Si hay tres personajes inconvincentes como Ivanov (demasiado neurótico) su esposa (demasiado débil) Eugenio (demasiado furioso) hay otros tres deliciosos: la mezquina Zinaida, cuyo autoritarismo convierte a su marido en un fantoche, el alcohólico Pavel, sometido a la tiranía de su espantosa mujer y el Conde, un personaje tan irascible como ridículo. Hay otro personaje más: la joven Sasha, que oscila con encantadora ambigüedad entre ambas categorías.

El director Sergio Pereira ha sabido explotar con indudable eficacia el aspecto risueño de la historia lo que le permite dejar diluir en alguna medida sus truculencias. Por lo demás es excelente el armado escénico de la pieza, con un sobrio pero excelente marco escenógrafico diseñado por Gerardo Bugarin y María del Carmen Vera y una mano firme y segura de Pereira en la dirección de actores. El elenco le responde admirablemente. Si Alvaro Pozzolo no logra dar mayor credibilidad a su Ivanov, ello no se debe a limitaciones actorales, sino a la escasa credibilidad sicológica de su personaje. Algo similar puede decir del Eugenio de Pablo Sintes, mientras Adriana do Reis logra casi milagrosamente dar cierta autenticidad a su rol pálido y melodramático. Los que se lucen son naturalmente los que tienen los papeles más logrados: Maiana Olazábal hace una atrayente y apasionante Sasha mientras Rosa Simonelli compone una regocijante harpía lanzando a diestra y siniestras implacables miradas asesinas. Fernando Gallego es un Conde odioso, obstinado, obtuso, y caprichoso como un niño. Pero indudablemente las principales palmas se las lleva Juan A. Saraví en una formidable composición cómica. Su borracho desdichado, incapaz de enfrentar a su prepotente mujer, es toda una creación histriónica, admirable en su torpe escapismo de la realidad, su frivolidad forzada, sus patéticas indecisiones.

En resumen, pese a las señaladas limitaciones de la obra, Sergio Pereira y su elenco lograron un espectáculo vital, gracioso, estimulante, que logra rescatar los mejores destellos de talento de una obra primeriza e inmadura.

Egon Friedler

Semanario Hebreo

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