“I love Clint Eastwood” - de Miguel Morillo

Humor (1): inteligente y caústico
Por Egon Friedler

"I love Clint Eastwood" de Miguel Morillo - Con Tabaré Rivero y Leandro Nuñez – Dirección : Alfredo Goldstein – En el Teatro del Centro.

 

¿Qué hace un hombrecillo de pocas luces encerrado en una vida mediocre y solitaria cuando se le terminan los sueños? El dilema que plantea el joven y talentoso autor español Morillo no es nada risible, pero él sabe plantearlo con un humor inteligente y ferozmente cáustico. El recorrido por el mundo interior de un pobre diablo que propone, está lleno de divertidos e inesperados vericuetos. Sus fantasías acerca de grandezas inalcanzables son gozosamente absurdas e indirectamente constituyen una crítica mordaz y lúcida a las tonterías comercializadas por la cultura de masas contemporánea. Las conclusiones de esta pequeña historia que se desarrolla más en la imaginación que en la realidad, no son nada alentadoras. Pero su mérito radica en que el autor sabe presentarla imaginativamente, con una formidable agudeza y un admirable sentido cómico.

Hoy el recurso del desdoblamiento de un mismo personaje en dos actores ya no es algo tan novedoso. Pero la originalidad de Morillo consiste en la habilidad con la cual divide los parlamentos entre ambos. Sin embargo, el esquema podía haber fracasado en una versión demasiado rígida. Felizmente esto no sucede porque dos factores complementarios (e imprescindibles) hacen que sea un éxito pleno : la agilidad e inventiva de la dirección y la excelencia de ambos actores. 

El acierto de Alfredo Goldstein radica en que sabe imprimirle una notable movilidad a la acción escénica. La pieza tiene algo de ballet minuciosamente coreografiado, no solo en lo que atañe al uso del espacio escénico sino también a lo referente a cada uno de los detalles de la mímica y el movimiento corporal de los actores. Por lo demás, Rivero y Núñez se complementan admirablemente. Mientras Rivero apuesta a la extroversión, al temperamento y a la locuacidad, Núñez realiza un trabajo de notable sutileza, pasando de la euforia alocada a la más apocada timidez, y de la ambivalencia sexual a la grosería masculina más insufrible. La cantidad de matices que Leandro Nuñez sabe dar a su personaje constituye un logro actoral de primer orden ; no sería exagerado decir que es su mejor trabajo en una carrera ascendente en la que no le conocemos altibajos.

En suma, es un espectáculo sumamente recomendable, que invita a reír pero también a pensar.

Egon Friedler

Semanario Hebreo, 12 de julio de 2007

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