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“Himmelweg” (Camino del cielo)
- de Juan Mayorga – Con dirección de Eduardo Cervieri – Con actuación de Walter Rey, Ariel Caldarelli, Massimo Tenuta, Pablo Modernell, Analía Colino, Mariana Senatore,
Juan M. Riverón, Rodrigo Carlero, Agustina Sierra, Rarae3l Hofstadter, Daniel Agosto y Carlos Méndez – Escenografía : Osvaldo Reyno – Vestuario : Alicia Lores – Diseño de luces : Alejandro Piastra – En el Teatro “El Galpón”.
El autor español Juan Mayorga cuenta en sus comentarios para el programa de mano, que oyó mencionar en una conferencia hace algunos años, el caso de un representante de la Cruz Roja que, con autorización de los nazis, había visitado el campo de Auschwitz y la ciudad-guetto de Terezin y que de esa segunda visita había realizado un informe en el que afirmaba haber visto una ciudad normal.
Mayorga sigue contando que inmediatamente quiso llevar al teatro la experiencia de un hombre que queriendo ayudar a las víctimas cooperó con el verdugo, aunque aclaró que nunca quiso hacer una mera reconstrucción histórica.
Efectivamente “Himmelweg” no se centra en el relato del visitante que fue engañado por una escenificación nazi, sino que trata de rescatar la atmósfera surrealista en la que vivieron los judíos, actores a pesar suyo en el burdo intento de falsificar la terrible realidad de los campos de concentración. En ese sentido, “Himmelweg” constituye un logro destacable. Si bien la trama comienza con una confesión demasiado larga y discursiva del observador de la Cruz Roja (quien sin embargo, en algún momento tuvo sus dudas acerca de la normalidad artificial que le fue presentada), la obra tiene que ver con los ensayos impuestos por el comandante nazi a sus víctimas. Y en esos ensayos, pautados por las instrucciones del comandante al alcalde de la seudo-ciudad, Mayorga hace revivir en la percepción del espectador las lejanas tinieblas de Terezin, la atmósfera extraña y opresiva de un teatro grotesco cuyos actores saben que lo que está en juego es su vida. Pero hay un problema con este acierto de clima. Teatralmente no hay nada más.
La obra no progresa y por más que su planteo resulte impactante se produce un indudable desgaste por la reiteración de una misma situación y el estancamiento de la trama. Aún así, la acción escénica no aburre ni abruma, sino que hace pensar. Al confrontar con indudable inteligencia los alardes de erudición y de cultura del comandante con la ingenuidad del funcionario de la Cruz Roja y la justificada desconfianza del alcalde, el autor imprime una amarga ironía a la historia.
Por lo demás, la dirección de Eduardo Cervieri, con un elenco muy irregular en el que hay una gran distancia entre los tres actores principales y el resto, logra dar al espectáculo un sugestivo dramatismo, contenido pero siempre presente. La diagramación escénica, así como la iluminación siempre colaboran eficazmente en la creación del clima. Del mismo modo, aporta lo suyo la inclusión de la canción de cuna hebrea “Numi, numi, ialdatí”.
Los mayores lauros los cosecha Ariel Caldarelli, en su espléndida caracterización del comandante nazi. Logra dar sin un atisbo de exageración, la arrogancia, la violencia contenida, el sentimiento de superioridad y el sarcasmo de quien se sienta superior y tiene el derecho de disponer de la vida y la muerte de los demás. Le sigue Walter Rey, que compone de manera muy convincente a un Delegado de la Cruz Roja torturado por el recuerdo de una alucinante experiencia que él quizás con un exceso de ligereza no fue capaz de avaluar con la debida lucidez. En tercer lugar, Massimo Tenuta, encarna al Alcalde, obligado a jugar un siniestro juego cuyas reglas ignora y agobiado por la cercanía de un poder de cuyo carácter maléfico no tiene dudas.
Más allá de las avaluaciones artísticas, resulta estimulante que desde la España de hoy, donde suele primar en estos días un gran coro de ensordecedoras voces anti-judías, nos llegue una pieza de genuino carácter humanista como ésta. |