Espectáculos del Tercer Festival Internacional de Teatro Unipersonal del Uruguay

Un género problemático
Por Egon Friedler

Espectáculos del Tercer Festival Internacional de Teatro Unipersonal del Uruguay - Argentina: “Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores” de Federico García Lorca - Director: Alejandro Bilbao – Actriz: Marian Alfonso – Paraguay: “Gaspar: la soledad del poder” de Herman Jaeggi – Director: Gustavo Ilutovich – Actor: Jorge Ramos – Colombia: “Cada vez que ladran los perros” de Fabio Pubiano - Actriz: Sandra Camacho – Francia: “Recorrí la calle y me crucé con los fantasmas” de Philippe Minyana – Directora: Mónica Espina – Actor: Laurent Charpentier – En la Sala Zavala Muñiz del Teatro Solís, 29 y 30 de octubre

Solo pudimos asistir a dos de las cuatro veladas del Tercer Festival de Teatro Unipersonal del Uruguay realizado en la flamante sala Zavala Muñiz del teatro Solís, por lo que pudimos ver cuatro de los ocho espectáculos que se ofrecieron. 

Lo que alcanzamos a ver parece probar que el género aún está en una etapa de búsquedas y que son pocos los espectáculos totalmente satisfactorios y de elevado nivel artístico.

La versión “sintética” de “Doña Rosita la Soltera” de Federico García Lorca, presentada por Argentina, fue un esfuerzo simpático pero escasamente convincente. La adaptación de Gabriela Fiore no logra captar la intensidad y riqueza del texto original, en su reducción a un solo personaje y a una duración de solo 55 minutos. La actriz Marian Alfonso despliega naturalidad y gracia como Rosita joven, pero no logra transmitir la honda tragedia del personaje y su patética resignación a la soledad. Un vestuario demasiado pretencioso y una ambientación musical muy poco inspirada, le quitaron a la pieza la mágica sencillez lorquiana.

“Cada vez que ladran los perros” de Pedro Pubiano es una alegoría de condena a la guerra, en la cual los hombres se transforman en perros. La alegoría no funciona demasiado bien y el monólogo resulta demasiado gritado, agitado y truculento. La actriz Sandra Camacho tiene personalidad y logra algunos momentos intensos y genuinamente dramáticos. Pero si las debilidades del texto gravitaron negativamente, pesaron del mismo los poco convincentes recursos escénicos ideados por el director Pedro Rozo para dar movilidad a la acción escénica. Una vez más pudo comprobarse que en materia artística, las buenas intenciones a menudo pueden ser bastante contraproducentes.

La presentación del unipersonal del autor francés Philippe Minyana “Recorrí la calle y me crucé con los fantasmas”, probablemente el número que despertó mayores iniciativas previas al Festival, resultó decepcionante. El número a cargo del actor Laurent Charpentier, coincidió con la visita a nuestro país del autor, un dramaturgo de mucho prestigio en Francia, que estrenó unas 30 obras y no solo trabajó para el teatro, sino que también hizo libretos de ópera y guiones para la televisión. Pero aparentemente el unipersonal preparado para el viaje, fue un mal compromiso entre textos leídos en español y en francés y pasajes actuados en ambos idiomas. El rostro cambiante del actor reflejado en una gran pantalla y el concurso de la directora Mónica Espina como traductora ocasional, fueron elementos adicionales de sostén del espectáculo. Pero estos recursos solo subrayaron su falta de unidad, coherencia y consistencia narrativa. Curiosamente, el problema no estuvo en la falta de calidad del material ni en la falta de condiciones actorales de Laurent Charpentier, sino en el carácter inorgánico de la presentación, cuyos buenos momentos fueron opacados por banalidades sorprendentes como una gratuita e inoportuna presentación de fotografías.

El mejor de los cuatro espectáculos que vimos fue “Gaspar : la soledad del poder”, presentado por Paraguay y referido a la controvertida carrera de José Gaspar Rodríguez de Francia (1756-1840) quien a partir de 1811, fue durante largos años dictador y eficiente administrador del Paraguay. Con un texto de Hernán Jaeggi que combina la sagacidad sicológica con una pulida elaboración literaria , el actor Jorge Ramos, logró ofrecer una creíble semblanza de su personaje complejo y autoritario. Mostró las distintas facetas de su sombrío héroe desde sus pretensiones mesiánicas a su crueldad implacable, y desde la arrogante confianza en la justicia de su conducta a su miedo de perder el poder de castigar para ser castigado a su vez. Jorge Ramos supo oscilar con ejemplar ductilidad entre la sobriedad y la vehemencia y entre la ironía y la desesperación.

El actor paraguayo puso en evidencia una verdad elemental que lamentablemente no suele ser comprendida por muchos actores o actrices que se embarcan en este difícil género : los unipersonales solo funcionan realmente bien cuando están a cargo de grandes artistas. 

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 8  de noviembre 2008

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