“La entrevista” de Natalia Ginzburg

Crónica de una vida infeliz
Por Egon Friedler

“La entrevista” de Natalia Ginzburg - Con la actuación de María Azambuya, Gustavo Alonso, Estefanía Acosta y Teresa Deubaldo – Dirección : Juan Antonio Saraví – Escenografía : Dante Alfonso – En la Sala Atahualpa del “Teatro El Galpón” – 28 de enero

 

El escritor español Ignacio Martínez de Pison definió a Natalia Ginzburg como “la gran escritora sobre las mujeres infelices”. En “La entrevista” la autora de “Léxico Familiar” describe a una de esas mujeres que Pison definió como “indecisas y melancólicas, desorientadas, huidizas, conscientes sólo de su condición incolora, frágiles o directamente rotas, culpables sin culpa alguna, atenazadas por la vergüenza, mujeres que en buena parte desconocen sus propios sentimientos y en un momento u otro tienen que enfrentarse al vacío de la propia existencia”. 

Hilaria es la compañera de un destacado intelectual y político que vive una vida muy activa en la que ella no desempeña ningún rol. Ambos viven en una vieja casona, pero raras veces están juntos porque él constantemente está de viaje para conferencias, simposios o actos políticos. Hilaria, que convive en la casa con Estela, la joven hermana de su amante, vive un momento de crisis en su relación. La visita de Marcos, un joven aspirante a periodista la saca de su rutina y su soledad. Muy típicamente, su ilustre compañero, que citó al periodista para una entrevista, tuvo una conferencia urgente y se olvidó de cancelar el encuentro. 

La entrevista frustrada permite al visitante alcanzar un significativo grado de intimidad con ambas mujeres. La situación se repite un año y cinco meses después. También en esta ocasión, el famoso dueño de casa, acepta una entrevista periodística y falta a la cita por compromisos “urgentes” e “indeclinables”. En el interín tuvo lugar una relación fallida de Marcos con la joven hermana del político, Hilaria dejó atrás su idea de emigrar a Australia para reunirse con una sobrina y ha habido algunos cambios no demasiado significativos en la rutina de la vida de ambas mujeres. Diez años después se realiza el tercer y último encuentro. Esta vez sí el eterno ausente está en casa, pero no recibe a nadie. Está enfermo y depresivo. Marcos tampoco viene a entrevistarlo. Encontró una ocupación más lucrativa y más acorde a su vocación. Sin embargo, en esta oportunidad es Hilaria quien quiere forzar la celebración del encuentro periodístico dos veces frustrado. Su actitud es reveladora : en su insistencia inoportuna está la clave de su amor desesperado, de su fracaso vital, de su incapacidad para enfrentar frontalmente su destino.

Hay algunos detalles anecdóticos más, pero esa es básicamente la historia en la cual hay abundante diálogo pero casi no hay acción. Los personajes ven transcurrir sus vidas grises e insignificantes a la sombra del gran hombre a quien nunca se ve en escena. 

Lo mejor de la pieza es sin duda la creación de su personaje central: esa mujer sencilla que ofrenda su vida a un personaje que no la valora ni la merece. Ni el aspirante a periodista que nunca llega a serlo, ni la desordenada y caprichosa hermana menor están diseñados con la misma fineza y puntería sicológica.

Pero es indudable que Natalia Ginzburg sabe hilar fino. En los diálogos afloran alternativamente la ternura y el humor, la ingenuidad y el desparpajo, el desaliento y las falsas esperanzas, la frivolidad y el apasionamiento. 

En la versión hay varios aspectos logrados y otros discutibles. La Hilaria de María Azambuya me pareció demasiado efusiva mientras, a mi juicio, los rasgos meláncolicos de su personalidad no fueron suficientemente subrayados. Por otra parte, no parece convincente la insinuación de una atracción erótica de la protagonista a su joven visitante. El director Saraví probablemente habría acertado más, si sugería una frustrada vocación maternal. 

Hubo momentos en que la actriz habló susurrando y resultó inaudible. No está claro si ello se debió a un resfrío o si fue marcado así por la dirección. De todos modos, cabe advertir que no es la primera vez que nuestros directores sobrevaloran las excelencias acústicas de nuestros teatros y que el público se queda sin oír los parlamentos de los actores.

Al margen de todas estas objeciones, María Azambuya, defendió gallardamente su rol. Le imprimió calidez, naturalidad y genuina humanidad y simpatía.

También Gustavo Alonso realizó un buen trabajo de caracterización, sin excesos ni estridencias. Sin embargo, cabe preguntarse si no era un rol para un actor algo más joven.

Complementaron muy bien el elenco Estefanía Acosta como joven casquivana y rebelde y Teresa Deubaldo como limpiadora no demasiado limpia. El ritmo de la acción escénica fue bien manejado por Juan Antonio Saraví en tanto la escenografía de Dante Alfonso, de aspecto vetusto y destartalado, sugirió idealmente ese hogar que nunca fue genuinamente hogareño.

En total, la obra no llega a tener la hondura ni la rica complejidad de un drama chejoviano. Pero comparte con el genial autor ruso una tristeza profunda y asordinada.

Egon Friedler
Semanario Hebreo

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