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“El tiempo y los Conway”
- de J. B. Priestley – Dirección: María Varela - Con la actuación de Alma Claudio, Sara de los Santos, Paula
Larrama, Cecilia Lema, Dahiana Méndez, Moré, Fernando Vannet, Claudio Castro, Oliver Luzardo y Aline Rava – Vestuario : Soledad Capurro – Escenografía: Fernando Scorcela – Iluminación : Pablo Caballero – Música: Gregorio Bregstein – En el Teatro Circular, Sala 1, julio 4
El dramaturgo británico J. B. Priestley (1894-.1984) estaba obsesionado por el tiempo y su poder destructivo y dedicó a este tema una serie de cuatro piezas : “El tiempo y los Conway”, “Yo estuve antes aquí” “Soy un extranjero” y “Música en la noche”. En la primera de estas piezas, “El tiempo y los Conway”, escrita en 1937, describe a una familia inglesa suburbana en 1919, poco después de la Primera Guerra Mundial, y en 1937, cuando ya se cernían sobre Europa las sombras de un nueva conflagración. Pero aunque la obra hace referencia a ideales políticos y a convicciones ideológicas de los personajes, la pieza no es una obra histórica ni se centra en una temática política. Trata de los contrastes, amargamente irónicos, entre pasado y presente, entre sueños y realidades, entre la juventud y sus esperanzas y la edad madura y sus desilusiones. En lugar de manejar una cronología lineal, Priestley inicia y termina la historia en 1919, situando el acto central en 1937. De este modo, nos brinda un atisbo de los errores, las torpezas, las ingenuidades o las maldades de los personajes y sus posteriores consecuencias.
La familia protagónica es numerosa, una viuda veterana y sus seis hijos, cuatro mujeres y dos varones. Dos de los hijos, el hijo mayor y la más hermosa y codiciada de las hermanas Conway se casan y tienen matrimonios desdichados. El romance de una de las hijas con el amigo y asesor financiero de la familia, se frustra debido a la autoritaria intervención de la madre. La más joven, inocente y locuaz de las hermanas, muere en plena juventud debido a una enfermedad inesperada. La gran meta de la familia, proclamada una y otra vez, es la felicidad inalcanzada e inalcanzable. Pero, de manera muy sugestiva, Priestley convierte a la madre en la gran villana de la historia, con su favoritismos y sus rechazos, con sus actitudes injustamente desiguales hacia los diferentes integrantes de su familia. Pero la madre es también es una formidable figura teatral de mujer enérgica y frívola, autoritaria y despistada, constantemente oscilante entre extremos de amor y odio.
Alma Claudio encarna este rol con admirable convicción. Ella es el centro absoluto, la referencia inevitable, la gran egoísta que fantasea con su generosidad. Aunque sin la misma intensidad, también se desempeña muy bien el resto del elenco. Cecilia Lema imprime la debida locuacidad al personaje de la hija menor, de destino trágico. Sara de los Santos, caracteriza con la debida energía a la hija contestataria y rebelde. Dahiana Méndez es la literata condenada a un destino gris y desdichado. Moré interpreta con solvencia al hijo mayor, el preferido de su madre, que termina siendo un alcohólico y arruina su matrimonio y su vida. Paula Larrama, realiza un trabajo inteligente y medido como la más hermosa e infeliz de las hermanas. Fernando Vannet, da con naturalidad su papel del hermano mediocre, condenado a su eterno perfil bajo. Claudio Castro, interpreta con toda la saña necesaria a su personaje antipático, de advenedizo para quien su matrimonio es una forma de venganza. Aline Rava está muy natural como la desdichada esposa del hijo mayor de los Conway y Oliver Luzardo, complementa, con su natural autoridad escénica, un elenco de muy buen nivel.
Si en general es muy elogiable la dirección minuciosa y bien diseñada de María Varela así como la de sus colaboradores en los rubros técnicos (Soledad Capurro, en el vestuario, Fernando Scorcela, en la escenografía, Pablo Caballero en la iluminación y Gregorio Bregstein en la música) solo cabe reprocharle un ritmo demasiado agitado en el primer acto.
Asimismo cabe señalar una injusta omisión : en el programa de mano no consta el nombre del traductor de la pieza. Después de todo, sin este personaje injustamente anónimo no habría representación. |