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“El examen”
- de Carlos Rehermann – Dirección: Sandra Massera – Con actuación de Alejandro Camino, Alejandro Campos y Sergio Mautone – Acondicionamiento del espacio y escenografía: Larisa Erganián y Ricardo Romay – Luces: Larisa Erganián – Vestuario: Sandra Massera – Texto Premio Nacional de Letras 2008 – En un edificio de la Administración Nacional de Puertos.
Cuando se llega al amplio, vacío e inhóspito primer piso del edificio abandonado que una vez fue la sede la Intendencia del Ejército, oímos las exclamaciones ininteligibles de un personaje vestido con un austero traje violeta con su correspondiente bonete del mismo color. Con su marcha forzada se inicia un extraño ritual en el que un prisionero es sometido a un examen cuya naturaleza nunca se aclara. El personaje que es definido como el jefe (Alejandro Camino) está sometido a la autoridad del Fiscal (Sergio Mautone) que tiene un traje similar a su subordinado, pero de color rojo, con un bonete mucho más alto, claramente destinado a señalar su posición jerárquica. El prisionero (Alejandro Campos) , con un sencillo uniforme gris, es sometido a una prueba irracional y absurda, pero de extrema rigidez. De tanto en tanto, se niega a seguir estrictamente las reglas que le son impuestas y logra algún pequeño cambio, pero no resulta suficiente para modificar el desarrollo de este juego de seriedad trágica. La autoridad todopoderosa decide arbitrariamente sobre la vida y la muerte pero no le alcanza simplemente con disponer de ese poder. Pretende además imponer reglas lógicas a una conducta despótica de crueldad demencial.
El lúcido planteo kafkiano de Rehermann constituye una crítica de singular agudeza al sadismo del poder totalitario, a sus manías burocráticas, a su deshumanización y a sus normas, tan severas como irracionales.
La trama y el sutil diálogo de la pieza desarman la mecánica infernal de un sistema perverso y alucinado. En determinado momento, queda en evidencia la inconsistencia de sus métodos y se revela que, cuando los hombres se convierten en meros engranajes de una máquina, se vuelven intercambiables. El ritual termina con una nota de inesperada y lúcida ironía.
El amplio y frío espacio de una larga sala vacía con su teatro improvisado, un juego de luces admirablemente sugestivo, algunos pocos elementos escenográficos de carácter simbólico, sirven como marco ideal para esta original denuncia de las grandes tragedias colectivas del siglo pasado.
La directora Sandra Massera realizó un trabajo minucioso de dirección en el que ningún detalle fue descuidado. Cada entrada y salida de los personajes tiene su razón de ser en el marco de un diseño teatral impecable. El clima extraño e intimidante es matizado con un inteligente humor a contrapelo.
Los tres actores se adecuan perfectamente al estilo y a las exigencias del texto y la puesta en escena : Sergio Mautone imprime una singular convicción a su jerarca enloquecido por su rol de dueño de la vida y la muerte ; Alejandro Camino, está admirable como el miserable jefezuelo, servil ante el más poderoso e implacable ante el más débil y Alejandro Campos compone su rol de prisionero con la necesaria dosis de naturalidad en contraposición a la pomposidad de sus verdugos.
Aunque la sala está fuera del circuito teatral, frente al puerto de Montevideo, no se trata de un lugar inaccesible (por otra parte una camioneta que sale del Teatro “El Galpón” lleva gratuitamente a los espectadores interesados). La pequeña molestia vale la pena porque se trata de una propuesta que los espectadores exigentes no deben dejar pasar. |