"El disparo" de Estela Golovchenko 

Pieza endeble, excelente realización 
Por Egon Friedler

"El disparo" de Estela Golovchenko - Con Graciela Escuder y Federico Galemire - Dirección : Jaime Yavitz - Escenografía : Beatriz Arteaga - En la Sala Cero del Teatro "El Galpón", 26 de febrero.

 

Un joven delincuente irrumpe en el domicilio de una mujer sola de mediana edad con evidentes propósitos de robo. Pero contra toda lógica, la mujer no se apura en librarse del intruso y se entabla una relación entre ambos que podría tener tres desenlaces distintos.

Este es el planteo básico de Estela Golovchenko : ella presenta las tres opciones y no escoge a ninguna de ellas como la única y verdadera. El espectador podrá elegir o no. El juego no carece de atractivo, pero la pieza no resiste un análisis en profundidad de los personajes. ¿ Cómo es que la seria profesora de literatura lleva una vida de vagabunda? ¿ Cómo es que confía tan rápidamente en un evidente sospechoso? ¿ Cómo el delincuente ignorante repentinamente revela intuiciones de sicólogo y se pone a analizar la vida emotiva de su candidata a víctima?  La conducta de los personajes tampoco resulta convincente en los tres finales posibles, que si bien son efectistas y contundentes, impresionan como carentes de autenticidad.

Felizmente todas las debilidades de la pieza están hábilmente disimuladas por una realización escénica de admirable fluidez. La dirección detallista e inteligente de Jaime Yavitz no permite ningún vacío en la siempre tensa interrelación de los personajes. Sus  movimientos nerviosos y su fluctuante interrelación física responden a una lógica sicológica impecable. Igualmente elocuentes son su mímica y su lenguaje gestual.

Si Yavitz supo marcar con mano segura el desarrollo y el ritmo de la acción, sus actores le respondieron admirablemente. En lo que probablemente sea su mayor logro actoral en una larga y prestigiosa carrera, Graciela Escuder logra imprimir una notable convicción a  su personaje de mujer solitaria con hambre de afecto y de sexo, por una parte segura y enérgica y por otra extremadamente frágil e inestable. Federico Galemire, por su parte, encarna con apabullante naturalidad al delincuente marginal en quien la ingenuidad va a la par de una visión cínica y desencantada de la sociedad  y la vida.

El único aspecto censurable en este espectáculo ameno y atractivo es la escenografía. Las fotografías de la pared parecen adecuadas para un club o un restaurante para no para el hogar de una modesta profesora de Literatura de Enseñanza Secundaria, donde lo previsible hubiera sido encontrar al menos algunas reproducciones de cuadros célebres.   

Egon Friedler
Semanario Hebreo 3.11.2005

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