“El descenso del Monte Morgan”  -  de Arthur Millar – Traducción y dirección de Alfredo Goldstein

Un “filántropo” del amor
Por Egon Friedler

“El descenso del Monte Morgan”  - de Arthur Millar – Traducción y dirección de Alfredo Goldstein – Con actuación de Pepe Vázquez, Cristina Machado, Isabel Legarra, Carla Grabino, Claudia Rossi y Duillo Borch – Escenografía: Hugo Millán – Vestuario: Laura Lockart – Música: Fernando Ulivi – Diseño de luces: Pablo Caballero – En el Teatro del Notariado.

 

El héroe o anti-héroe de esta pieza tardía de Arthur Miller se considera una especie de filántropo del amor. Cree haber actuado muy noblemente al haber hecho felices durante nueve años a dos mujeres en lugar de limitarse a una sola. La bigamia, desde su punto de vista, es un acto digno de elogio y no de condena social ni penal. Con ello, el personaje no lleva demasiado lejos sus pretensiones de bienhechor de la humanidad. Percibe que ese esquema perfecto de amores compartidos tiene una falla: se basa en que es ignorado por sus presuntas beneficiarias. En el momento en que esa bendita ignorancia desaparece, todo el arreglo apuntalado por un ingenioso arsenal de mentiras fracasa estrepitosamente. Entonces le queda tan solo un muy precario argumento de defensa : “Seré un hijo de p….., pero no soy un hipócrita”.

El argumento tiene, aparentemente, mucho que ver con la vida privada del autor. Es sabido que Arthur Miller tuvo una vida privada muy agitada, algo que parece extraño en un escritor tan intelectual. Pero Miller, no hay que olvidarlo, fue, en sus años de matrimonio con Marilyn Monroe, uno de los hombres más envidiados del mundo. Y más tarde siguió teniendo relaciones bastante complicadas e interesantes con el sexo femenino. Por ello, esta pieza, como “Después de la caída” ha sido considerada por más de un crítico, como un intento del autor de justificar su propia conducta. 

Al margen de este aspecto anecdótico, la trama de la obra podía ser tratada como drama o como comedia. Más aún reclamaba una definición clara entre ambos géneros. Eso es precisamente lo que Miller no hizo. Se conformó con una muy ambigua comedia dramática. Sus personajes ni se conmueven lo suficiente con la historia que viven en escena ni nos hacen reír en serio. Es cierto: de vez en cuando aparecen algunos chispazos de ingenio e inteligencia dignos del mejor Miller. Pero en total, la trama es pobre y estirada y sus personajes carecen de la autenticidad de los formidables protagonistas de sus dramas. 

La versión es solvente, está bien dirigida y tiene un nivel de actuación digno de la Comedia Nacional. Pepe Vázquez se mueve con desenvoltura en el rol protagónico, pero no tiene el físico y la personalidad actoral adecuadas para hacer de seductor sinuoso que se hace trampas a sí mismo y al resto de la humanidad. En cambio, estuvieron impecablemente elegidas las dos esposas: Isabel Legarra, admirablemente expresiva cuando revela su fragilidad al derrumbarse las bases de su vida estructurada y segura y Claudia Rossi, notable en su vulgaridad, su agresividad y su desenfado. Menos convincentes parecen los caprichosos cambios temperamentales de Carla Grabino, aunque es difícil discernir si ello se debe al texto, a la dirección o al estilo de la propia actriz. En cambio, resultan sobrios y bien estructurados los trabajos de Cristina Machado, como enfermera curiosa y de Duillo Borch, como abogado que tiene su cuota de interés personal en los líos de su cliente.

El espectáculo está muy cuidado en los rubros técnicos, con excelencias de escenografía (Hugo Millán) vestuario (Laura Lockart) y diseño de luces (Pablo Caballero). Pero más allá de sus méritos, se trata de un Miller menor, en el que no se reconoce la garra del autor de “La muerte de un viajante”.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 15 mayo 2008

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