"Decir sí" de Griselda Gambaro 

El castigo por no saber decir "no" 
Por Egon Friedler

 "Decir sí" de Griselda Gambaro - Por Pablo Galperín y Gonzalo Pérez - Dirección : Gustavo Saffores - En el Teatro Circular, 18 de febrero

No es de extrañar que "Decir sí" de la prolífica dramaturga y novelista argentina Griselda Gambaro haya sido escrita en el año 1981, en plena dictadura militar argentina. Mediante una trama simbólica y aparentemente hermética, la veterana escritora argentina, que estuvo varios años exilada en España, denuncia la arbitrariedad del poder y la indignidad de la sumisión a él.

 
El peluquero, de conducta extraña e imprevisible, y su cliente, inseguro y complaciente, forman un dúo inseparable : el represor y el reprimido, el verdugo y la víctima, el violador caprichoso e imprevisible de la normalidad y el desesperado por conservar la normalidad a cualquier precio. Ambos realizan un insólito ballet sadomasoquista. El cliente habla constantemente : se mueve, actúa, asume un rol humillante y subalterno mientras el peluquero mantiene una actitud distante, extraña y enigmática. El simbolismo de la pieza es notorio desde la primera escena. En la escena hay libros tirados ( ¿ el desprecio de la cultura por el poder?) pero el peluquero lee mecánicamente un libro y realiza un giro con la mano al dar vuelta cada página, lo que sugiere que cada poder arbitrario tiene su "librito" para inspirarse y justificar sus actos. El final, no por previsible en su crueldad, es menos impactante.


La labor tanto del director Gustavo Saffores como la de los dos actores : Pablo Galperín (Hombre o cliente) y Gonzalo Pérez (Peluquero) es meritoria e interesante. Saffores apuesta a la acción física y hace mover incansablemente al "Cliente" mientras marca una conducta hierática al Peluquero. La acción tiene mucho de ritualista y cabe preguntarse si no hubiera sido más conveniente una actitud más ambivalente, como la mezcla de una cotidianeidad previsible en contraste con las conductas insólitas de los personajes. En su enfoque la historia adquiere una exagerada solemnidad y le falta el ingrediente de humor que sin duda está sugerido en el texto. 


Por su parte, Galperín parece demasiado grotesco mientras Pérez impresiona como excesivamente sofisticado. De todos modos, tanto el montaje de esta obra original y desafiante como la labor de ambos actores, constituye un esfuerzo muy digno y meritorio.

Egon Friedler
Semanario Hebreo

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