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Comentario de
“Las Benévolas” de Jonathan Littell
– Traducción de María Teresa Gallego Urrutia |
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“Las
benévolas” es la primera novela del escritor norteamericano
Jonathan Littell, hijo de un
célebre periodista y autor de libros de espionaje y nieto de inmigrantes
lituanos judíos a los Estados Unidos. Gracias a que pasó su infancia y
adolescencia en Francia, escribe
en francés con la misma soltura con que lo hace en inglés y su libro fue
originalmente escrito en el primero de ambos idiomas. Su
novela, que causó una sensación en Francia cuando se publicó en el 2006
y ganó el codiciado Premio Goncourt, narra en primera persona la historia
de un ex oficial de la SS nazi, testigo y co-autor del Holocausto. El
título de la novela proviene de la Orestíada de Esquilo. Las Erinias o
Furias eran diosas vengativas que acosaban a los asesinos de sus padres.
En una de las obras de la trilogía griega, Orestes, que mató a su madre
Clitemnestra para vengarse de su padre Agamenón, es perseguido por las
Furias. La diosa Atenea intercede por Orestes y cuando las Furias aceptan
perdonarlo, la diosa les cambia el nombre por “Euménides” o “Benévolas”.
El autor hizo numerosas declaraciones sobre la genésis del libro y
contó entre otras cosas que su primera inspiración partió de una foto
de la partisana soviética Zoya Kosmodenianskaya que descubrió en 1989,
que luego vio la película “Shoah” de Lanzmann, y más tarde leyó
libros históricos como “La destrucción de los judíos europeos” de
Raúl Hilberg y “Los días de nuestra muerte” de David Rousset, antes
de emprender un extenso trabajo de documentación en archivos durante
cinco años. Sin embargo, Jonathan Littell nunca dejó en claro si él se
identificaba a sí mismo con “Las Benévolas” y al igual que las
diosas griegas perdonaba a su siniestro personaje. Lo que sí admitió es
que al crear a su protagonista, un abogado convertido en
oficial de la SS, se imaginó cómo habría actuado él mismo si
hubiera nacido como alemán no judío en la Alemania nazi. No
sólo el título de la obra está influido por las tragedias griegas. El
autor asimismo ha afirmado que en su enfoque de la historia pesó la idea
de moralidad de la Antigua Grecia en la atribución de responsabilidades
sobre el Holocausto. Para los griegos, a diferencia de lo que sucede en la
moral judeo-cristiana, las personas son juzgadas por sus actos y no por
sus intenciones: Edipo es culpable de parricidio aún cuando no sabía
que la persona a quien mató fue su padre. Los
7 capítulos de la obra llevan los títulos de los movimientos de una
suite, aunque sus referencias musicales parecen más una coquetería que
una descripción literariamente convincente. En el primer capítulo
“Tocata” el narrador-protagonista Max Aue cuenta que se estableció
como director de una fábrica de encajes en Francia después de la guerra,
que se casó y tiene hijos y nietos, aunque continúa teniendo encuentros
homosexuales durante sus viajes comerciales. El habla de una relación
incestuosa, de la cual más tarde nos enteramos que fue con su hermana
gemela. El explica que narra sus experiencias de guerra para sí mismo y
no pretende justificarse. Hace comparaciones entre las matanzas nazis y
las soviéticas y contabiliza fríamente los muertos de los diferentes
bandos en la Segunda Guerra Mundial. Especula acerca de la pérdida del
derecho de vivir y a no matar cuando se libra un conflicto bélico e
insiste en que es un hombre
común y corriente no mejor ni peor que el promedio de la gente. Sin
embargo, admite que participó en una obra que resultó ser “mala y
malsana” y que toda esa maldad se metió en su vida, para lo cual no hay
reparación alguna. En
el segundo capítulo, Alemanda l y 2, describe su vida como miembro de los
notorios grupos de avanzada de la SS en Ucrania, particularmente en Crimen
y en el Cáucaso, durante la guerra. Los grupos de avanzada,
“Einsatzgruppen” eran los encargados de las matanzas de judíos cuando
la “Solución Final” aún no se había convertido en una empresa
industrial y Max Aue era una especie de inspector que informaba a sus
superiores de la eficiencia con la cual se realizaban las masacres.
Describe en detalle los fusilamientos de judíos y de bolcheviques detrás
de las líneas del frente y se va volviendo indiferente a esta sistemática
carnicería. Sin embargo, su cuerpo acusa el golpe ; tiene ataques de vómitos
diarios y sufre un colapso nervioso. Obtiene una licencia por enfermedad y
al regresar a su puesto luego de descansar se encuentra con un oficial
superior que le es hostil y que logra su transferencia al frente de
Stalingrado en 1942. En
el tercer capítulo, “Courante” Aue participa en los últimos días en
la batalla de Stalingrado, pero su rol es una vez más el del informante
que debe brindar una avaluación fidedigna de los hechos a sus superiores
que el de un combatiente activo. Sin embargo, ocasionalmente tiene
oportunidad de participar en importantes tomas de decisiones y en uno de
los momentos álgidos de la lucha, tiene la oportunidad de sostener una
interesante discusión con un comisario político soviético sobre las
diferencias y similitudes entre el régimen nazi y el comunista. Es herido
de gravedad en la cabeza y el azar quiere que su gran amigo Thomas, que
muchas veces acudió en su ayuda, logra que sea evacuado antes de la
rendición alemana en Stalingrado en febrero de 1943. En
el cuarto capítulo “Sarabande”, Aue pasa su convalecencia en varios
sanatorios en Alemania y es condecorado por Heinrich Himmler por su
controvertible heroísmo en Stalingrado. Cuando ya está un poco
recuperado, decide ir a visitar a su madre y su padrastro en la parte de
Francia ocupada por los italianos. Mientras está profundamente dormido,
su madre y su padrastro son brutalmente asesinados. Aue no trata de
investigar el crimen, simplemente huye de la casa y regresa a Berlín. En
el quinto capítulo “Minueto” (en rondós) Aue es transferido al
Ministro del Interior dirigido por Himmler y es nombrado para un cargo de
coordinador de los campos de concentración. Su tarea específica es
tratar de mejorar el desempeño y la productividad de los trabajadores
esclavos para lo cual reclama a los jerarcas con los que tiene contacto
que se mejoren las condiciones de vida. Aue se encuentra con los
principales burócratas nazis a cargo de la Solución Final, Eichmann,
Rudolf Höss, Kaltenbrunner y el mismo Himmler y visita lugares como
Auschwitz y Belzec. Asimismo pasa algún tiempo en Budapest en víspera
del transporte de los judíos húngaros a Auschwitz.
El narrador trata de ser útil en su cargo reclamando un trato
mejor a los prisioneros, no por humanidad sino para mejorar el rendimiento
de la industria bélica alemana. Pero fracasa una y otra vez ante la
tozudez burocrática de quienes ya convirtieron el asesinato en masa en
una rutina que no quieren cambiar. A pesar de su alto cargo, recibe la
visita de dos oficiales de policía de la SS que investigan la muerte de
su madre y su padrastro en Francia. A
partir de ese encuentro, los dos policías se convierten en su Némesis,
reaparecen una y otra vez en los lugares y momentos más inesperados y están
empeñados en demostrar su culpabilidad por la muerte de su madre y su
padrastro. Efectivamente la forma precipitada en que Aue se fue de la casa
del crimen (dejando atrás más de una huella sospechosa) parece
condenarlo como autor del crimen. En
el sexto capítulo “Aire”, Aue decide aprovechar su licencia por
enfermedad para visitar la gran casa vacía de su cuñado en Pomerania. Es
un momento de pánico, porque las tropas soviéticas avanzan y la derrota
de Alemania parece inminente. Pero el protagonista de Littell se aisla del
mundo y se entrega a una especie de orgía auto-erótica pensando en su
hermana gemela ausente. Cuando ya está por irse del lugar, llegan los dos
oficiales de policía que están detrás suyo, pero él logra esconderse y
no lo encuentran. En
el último capítulo “Giga” Aue vuelve a Berlín a través de las líneas soviéticas
enemigas, junto con su amigo Thomas quien una vez más acude en su ayuda
en un momento muy difícil. En
Berlín se encuentra con el caos de los últimos días del Tercer Reich.
Sin embargo, algunas de las rígidas estructuras del nacional-socialismo
se mantienen y varios oficiales, entre ellos, Aue, son condecorados por
Hitler en persona. Pero Aue tiene una conducta irracional e inesperada por
lo que debe huir. En un momento de su fuga tropieza con los dos sabuesos
de la SS que lo persiguen por lo que consideran el asesinato de su madre y
su padrastro. Uno de los policías muere por azar y Thomas mata al
segundo. Pero Aue codicia los documentos que Thomas piensa utilizar para
escapar, que pertenecen a un conscripto francés, y mata al amigo que
tantas veces salvó su vida. El libro termina en el zoológico de Berlín
después de una matanza de hombres y de animales. Pero sabemos que el
final de la historia es narrado al principio: el bilingüismo de Aue lo
salva. El resto de su vida lo pasaría como un pacífico y próspero
ciudadano francés. El
héroe de Littell no tiene nada de simpático. Es un homosexual promiscuo,
un intelectual pedante y de mal carácter, que suele ser profundamente
desleal con todos aquellos que lo estiman y tratan de ayudarlo.
La guerra lo convierte en un personaje amoral, incapaz de sentir
afectos verdaderos y en un asesino capaz de matar no sólo por “deber”
sino también por un mero impulso irracional. En su fuero interno, el
oficial Aue tiene clara conciencia del carácter criminal del régimen al
que sirve. En un estallido ante Hélene Anders, la mujer
que cree equivocadamente que en él encontró un hombre con el cual
podrá casarse, hace una clara denuncia de las barbaridades del ejército
nazi en Europa Oriental. Pero no es un rebelde. Es apenas un oportunista,
un burócrata hastiado de las mezquindades burocráticas de sus colegas,
pero igualmente inescrupuloso y calculador. La fuerza del retrato está en
su admirable trazado sicológico. Littell logra dar credibilidad al
personaje, a su forma de pensar, a sus reacciones, a sus rebeliones
internas sofocadas, a su visión deformada y perversa del mundo. Littell
hizo muy bien sus deberes en lo que respecta al estudio de la mentalidad
de los jerarcas nazis. En el libro aparecen una serie de
dirigentes del Tercer Reich como personajes de ficción lo que da
al libro un carácter semi-documental y sugiere que se trata no de una
novela sino de historia novelada. Por otra parte, el dominio del autor de
los detalles de las características de las
jerarquías nazis y de las suspicacias burocráticas y los celos
profesionales entre ellas es admirable y refuerza la sensación del lector
que tiene ante sí un libro basado en realidades históricas comprobadas. No
cabe duda de que “Las Benévolas” va a ocupar un lugar relevante en la
literatura sobre el Holocausto. Es un libro de dimensiones épicas y de
formidable garra literaria. Sin embargo, algunas comparaciones deben ser
consideradas exageradas. El libro de Littell no tiene la grandeza ni el
aliento poético de “La guerra y la paz” de Tolstoy. En cambio, las
partes de crónica de guerra pueden ser comparadas con numerosos pasajes
de “Vida y destino” de Wasili Grossman. Pero este libro duro,
irritante, amargo, es sin duda uno de los estudios más agudos e
inquisitivos sobre la mentalidad nazi.
Los primeros comentarios en Israel sobre la reciente traducción hebrea (Notot Jesed) son hostiles. En el suplemento literario de “Haaretz” del 3 de octubre pasado, Janan Elstein califica a la obra como un “kitch monumental”. La indignación es comprensible. Ninguna víctima puede sentirse complacida al verse expuesta a la falible humanidad de su verdugo. Pero un juicio de valor basado en nuestra reacción visceral frente a la maldad desnuda constituye un error. Con admirable realismo, “Las benévolas” ilumina con inusitada claridad el período más oscuro de la historia de la humanidad. |
Egon
Friedler
Con autorización del espacio
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