Comentario de “Las Benévolas” de Jonathan Littell – Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Título original: Les Bienveillantes – 990 págs. Ediciones RBA Libros – Barcelona


Un libro terrible y fascinante 
Por Egon Friedler

“Las benévolas” es la primera novela del escritor norteamericano Jonathan Littell,  hijo de un célebre periodista y autor de libros de espionaje y nieto de inmigrantes lituanos judíos a los Estados Unidos. Gracias a que pasó su infancia y adolescencia en Francia,  escribe en francés con la misma soltura con que lo hace en inglés y su libro fue originalmente escrito en el primero de ambos idiomas.

Su novela, que causó una sensación en Francia cuando se publicó en el 2006 y ganó el codiciado Premio Goncourt, narra en primera persona la historia de un ex oficial de la SS nazi,  testigo y co-autor del Holocausto.

El título de la novela proviene de la Orestíada de Esquilo. Las Erinias o Furias eran diosas vengativas que acosaban a los asesinos de sus padres. En una de las obras de la trilogía griega, Orestes, que mató a su madre Clitemnestra para vengarse de su padre Agamenón, es perseguido por las Furias. La diosa Atenea intercede por Orestes y cuando las Furias aceptan perdonarlo, la diosa les cambia el nombre por “Euménides” o “Benévolas”.  El autor hizo numerosas declaraciones sobre la genésis del libro y contó entre otras cosas que su primera inspiración partió de una foto de la partisana soviética Zoya Kosmodenianskaya que descubrió en 1989, que luego vio la película “Shoah” de Lanzmann, y más tarde leyó libros históricos como “La destrucción de los judíos europeos” de Raúl Hilberg y “Los días de nuestra muerte” de David Rousset, antes de emprender un extenso trabajo de documentación en archivos durante cinco años. Sin embargo, Jonathan Littell nunca dejó en claro si él se identificaba a sí mismo con “Las Benévolas” y al igual que las diosas griegas perdonaba a su siniestro personaje. Lo que sí admitió es que al crear a su protagonista, un abogado convertido en  oficial de la SS, se imaginó cómo habría actuado él mismo si hubiera nacido como alemán no judío en la Alemania nazi.

No sólo el título de la obra está influido por las tragedias griegas. El autor asimismo ha afirmado que en su enfoque de la historia pesó la idea de moralidad de la Antigua Grecia en la atribución de responsabilidades sobre el Holocausto. Para los griegos, a diferencia de lo que sucede en la moral judeo-cristiana, las personas son juzgadas por sus actos y no por sus intenciones: Edipo es culpable de parricidio aún cuando no sabía que la persona a quien mató fue su padre.

Los 7 capítulos de la obra llevan los títulos de los movimientos de una suite, aunque sus referencias musicales parecen más una coquetería que una descripción literariamente convincente. En el primer capítulo “Tocata” el narrador-protagonista Max Aue cuenta que se estableció como director de una fábrica de encajes en Francia después de la guerra, que se casó y tiene hijos y nietos, aunque continúa teniendo encuentros homosexuales durante sus viajes comerciales. El habla de una relación incestuosa, de la cual más tarde nos enteramos que fue con su hermana gemela. El explica que narra sus experiencias de guerra para sí mismo y no pretende justificarse. Hace comparaciones entre las matanzas nazis y las soviéticas y contabiliza fríamente los muertos de los diferentes bandos en la Segunda Guerra Mundial. Especula acerca de la pérdida del derecho de vivir y a no matar cuando se libra un conflicto bélico e insiste en que es  un hombre común y corriente no mejor ni peor que el promedio de la gente. Sin embargo, admite que participó en una obra que resultó ser “mala y malsana” y que toda esa maldad se metió en su vida, para lo cual no hay reparación alguna.

En el segundo capítulo, Alemanda l y 2, describe su vida como miembro de los notorios grupos de avanzada de la SS en Ucrania, particularmente en Crimen y en el Cáucaso, durante la guerra. Los grupos de avanzada, “Einsatzgruppen” eran los encargados de las matanzas de judíos cuando la “Solución Final” aún no se había convertido en una empresa industrial y Max Aue era una especie de inspector que informaba a sus superiores de la eficiencia con la cual se realizaban las masacres. Describe en detalle los fusilamientos de judíos y de bolcheviques detrás de las líneas del frente y se va volviendo indiferente a esta sistemática carnicería. Sin embargo, su cuerpo acusa el golpe ; tiene ataques de vómitos diarios y sufre un colapso nervioso. Obtiene una licencia por enfermedad y al regresar a su puesto luego de descansar se encuentra con un oficial superior que le es hostil y que logra su transferencia al frente de Stalingrado en 1942.

En el tercer capítulo, “Courante” Aue participa en los últimos días en la batalla de Stalingrado, pero su rol es una vez más el del informante que debe brindar una avaluación fidedigna de los hechos a sus superiores que el de un combatiente activo. Sin embargo, ocasionalmente tiene oportunidad de participar en importantes tomas de decisiones y en uno de los momentos álgidos de la lucha, tiene la oportunidad de sostener una interesante discusión con un comisario político soviético sobre las diferencias y similitudes entre el régimen nazi y el comunista. Es herido de gravedad en la cabeza y el azar quiere que su gran amigo Thomas, que muchas veces acudió en su ayuda, logra que sea evacuado antes de la rendición alemana en Stalingrado en febrero de 1943.

En el cuarto capítulo “Sarabande”, Aue pasa su convalecencia en varios sanatorios en Alemania y es condecorado por Heinrich Himmler por su controvertible heroísmo en Stalingrado. Cuando ya está un poco recuperado, decide ir a visitar a su madre y su padrastro en la parte de Francia ocupada por los italianos. Mientras está profundamente dormido, su madre y su padrastro son brutalmente asesinados. Aue no trata de investigar el crimen, simplemente huye de la casa y regresa a Berlín.

En el quinto capítulo “Minueto” (en rondós) Aue es transferido al Ministro del Interior dirigido por Himmler y es nombrado para un cargo de coordinador de los campos de concentración. Su tarea específica es tratar de mejorar el desempeño y la productividad de los trabajadores esclavos para lo cual reclama a los jerarcas con los que tiene contacto que se mejoren las condiciones de vida. Aue se encuentra con los principales burócratas nazis a cargo de la Solución Final, Eichmann, Rudolf Höss, Kaltenbrunner y el mismo Himmler y visita lugares como Auschwitz y Belzec. Asimismo pasa algún tiempo en Budapest en víspera del transporte de los judíos húngaros a Auschwitz.  El narrador trata de ser útil en su cargo reclamando un trato mejor a los prisioneros, no por humanidad sino para mejorar el rendimiento de la industria bélica alemana. Pero fracasa una y otra vez ante la tozudez burocrática de quienes ya convirtieron el asesinato en masa en una rutina que no quieren cambiar. A pesar de su alto cargo, recibe la visita de dos oficiales de policía de la SS que investigan la muerte de su madre y su padrastro en Francia.  A partir de ese encuentro, los dos policías se convierten en su Némesis, reaparecen una y otra vez en los lugares y momentos más inesperados y están empeñados en demostrar su culpabilidad por la muerte de su madre y su padrastro. Efectivamente la forma precipitada en que Aue se fue de la casa del crimen (dejando atrás más de una huella sospechosa) parece condenarlo como autor del crimen.

En el sexto capítulo “Aire”, Aue decide aprovechar su licencia por enfermedad para visitar la gran casa vacía de su cuñado en Pomerania. Es un momento de pánico, porque las tropas soviéticas avanzan y la derrota de Alemania parece inminente. Pero el protagonista de Littell se aisla del mundo y se entrega a una especie de orgía auto-erótica pensando en su hermana gemela ausente. Cuando ya está por irse del lugar, llegan los dos oficiales de policía que están detrás suyo, pero él logra esconderse y no lo encuentran.

En el último capítulo “Giga”  Aue vuelve a Berlín a través de las líneas soviéticas enemigas, junto con su amigo Thomas quien una vez más acude en su ayuda en un momento muy difícil. En Berlín se encuentra con el caos de los últimos días del Tercer Reich. Sin embargo, algunas de las rígidas estructuras del nacional-socialismo se mantienen y varios oficiales, entre ellos, Aue, son condecorados por Hitler en persona. Pero Aue tiene una conducta irracional e inesperada por lo que debe huir. En un momento de su fuga tropieza con los dos sabuesos de la SS que lo persiguen por lo que consideran el asesinato de su madre y su padrastro. Uno de los policías muere por azar y Thomas mata al segundo. Pero Aue codicia los documentos que Thomas piensa utilizar para escapar, que pertenecen a un conscripto francés, y mata al amigo que tantas veces salvó su vida. El libro termina en el zoológico de Berlín después de una matanza de hombres y de animales. Pero sabemos que el final de la historia es narrado al principio: el bilingüismo de Aue lo salva. El resto de su vida lo pasaría como un pacífico y próspero ciudadano francés.

El héroe de Littell no tiene nada de simpático. Es un homosexual promiscuo, un intelectual pedante y de mal carácter, que suele ser profundamente desleal con todos aquellos que lo estiman y tratan de ayudarlo.  La guerra lo convierte en un personaje amoral, incapaz de sentir afectos verdaderos y en un asesino capaz de matar no sólo por “deber” sino también por un mero impulso irracional. En su fuero interno, el oficial Aue tiene clara conciencia del carácter criminal del régimen al que sirve. En un estallido ante Hélene Anders, la mujer  que cree equivocadamente que en él encontró un hombre con el cual podrá casarse, hace una clara denuncia de las barbaridades del ejército nazi en Europa Oriental. Pero no es un rebelde. Es apenas un oportunista, un burócrata hastiado de las mezquindades burocráticas de sus colegas, pero igualmente inescrupuloso y calculador. La fuerza del retrato está en su admirable trazado sicológico. Littell logra dar credibilidad al personaje, a su forma de pensar, a sus reacciones, a sus rebeliones internas sofocadas, a su visión deformada y perversa del mundo.

Littell hizo muy bien sus deberes en lo que respecta al estudio de la mentalidad de los jerarcas nazis. En el libro aparecen una serie de  dirigentes del Tercer Reich como personajes de ficción lo que da al libro un carácter semi-documental y sugiere que se trata no de una novela sino de historia novelada. Por otra parte, el dominio del autor de los detalles de las características de las  jerarquías nazis y de las suspicacias burocráticas y los celos profesionales entre ellas es admirable y refuerza la sensación del lector que tiene ante sí un libro basado en realidades históricas comprobadas.

No cabe duda de que “Las Benévolas” va a ocupar un lugar relevante en la literatura sobre el Holocausto. Es un libro de dimensiones épicas y de formidable garra literaria. Sin embargo, algunas comparaciones deben ser consideradas exageradas. El libro de Littell no tiene la grandeza ni el aliento poético de “La guerra y la paz” de Tolstoy. En cambio, las partes de crónica de guerra pueden ser comparadas con numerosos pasajes de “Vida y destino” de Wasili Grossman. Pero este libro duro, irritante, amargo, es sin duda uno de los estudios más agudos e inquisitivos sobre la mentalidad nazi. 

Los primeros  comentarios en Israel sobre la reciente traducción hebrea (Notot Jesed) son hostiles. En el suplemento literario de “Haaretz” del 3 de octubre pasado, Janan Elstein califica a la obra  como un “kitch monumental”. La indignación es comprensible. Ninguna víctima puede sentirse complacida al verse expuesta a la falible humanidad de su verdugo. Pero un  juicio de valor basado en nuestra reacción visceral frente a la maldad desnuda constituye un error. Con admirable  realismo, “Las benévolas” ilumina con inusitada claridad el período más oscuro de la historia de la humanidad.

Egon Friedler
Con autorización del espacio israelí en español  www.wzo.org.il/es

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Friedler, Egon

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio