“Bodas de sangre”  -  de Federico García Lorca – Versión y dirección: Mariana Percovich

Clásico en versión polémica
Por Egon Friedler

“Bodas de sangre”  - de Federico García Lorca – Versión y dirección: Mariana Percovich – Con la actuación de Estela Medina, Alejandra Wolff, Fabricio Galbiati, Lucio Hernández, Jorge Bolani, Juan Vorobiov, Oscar Serra, Elisa Contreras, Andrea Davidovics y Catherina Pascale – Escenografía: Osvaldo Reyno – Vestuario: Soledad Capurro – Iluminación: Juan Ferragut – Ambientación sonora: Pablo Bonilla – Coreografía y preparación corporal: Martín Inthamoussú – En el Teatro Solís.

 

En esta versión original e innovadora del clásico de García Lorca, Mariana Percovich tuvo algunas excelentes ideas y otras muy malas. Entre las primeras cabe señalar: dejar el escenario casi vacío confiando en la luz como elemento decorativo esencial; cruzar la sala con cuerdas a las que van atadas sábanas blancas como símbolo tanto del lecho nupcial que queda vacío, como de las mortajas para las víctimas de la pasión desatada; la apuesta al simbolismo, con la presencia de todo el elenco varias veces en escena en la celebración de un ritual siempre sugerente y expresivo y el planteo de la trama con toda fidelidad otorgando un rol protagónico al texto de Lorca y permitiendo que se luzca la gran Estela Medina en una vigorosa composición clásica en su lamentablemente última actuación con la Comedia Nacional. 

Lo más censurable de la versión fue la pretensión de la directora de hacer una especie de homenaje o anti-homenaje al homosexualismo de Lorca, que no tiene nada que hacer en esta tragedia centrada en torno a una avasallante atracción heterosexual. El problema no está en el personaje del “Amargo” artificialmente insertado en la historia, sino en la forma que asume esa inserción.

Lorca era un homosexual sobrio y discreto y hubiera discrepado con la concepción del personaje de Mariana Percovich y sobre todo con ese extraño show de ridículo exhibicionismo en la segunda parte a cargo de Jorge Bolani y Juan Vorobiov, que está a punto de arruinar toda la versión. Felizmente hacia el final la directora logra recuperar la intensidad dramática de la pieza sobre todo gracias a la estupenda versatilidad de Juan Vorobiov y a la sólida presencia de Estela Medina.

En total, el balance de los aciertos y los desaciertos de la puesta de Mariana Percovich resulta muy fácil de hacer. Tuvo éxito en cuanto se atuvo estrictamente al espíritu de la obra y a las intenciones del texto. Fracasó cuando introdujo elementos presuntamente representativos de la personalidad de García Lorca pero que son totalmente ajenos a la pieza. Felizmente los primeros superan en calidad y cantidad a los segundos y en total resultó un espectáculo de calidad, a pesar de sus aspectos más discutibles. Esto es atribuible en buena medida al nivel de excelencia de la imaginativa e inteligente labor de los técnicos en los más variados rubros desde la austera escenografía de Osvaldo Reyno a la iluminación de Juan Ferragut, del vestuario de Soledad Capurro (a pesar de los imposibles trajes de fantasía de Bolani y Vorobiov en la segunda parte, que obviamente no fueron iniciativa suya) a la prolija preparación de la coreografía a cargo de Martín Inthamoussú, de la ambientación sonora de Pablo Bonilla al diseño gráfico de Gerardo Goldwasser.

Pero es obvio que la gran carta ganadora que Mariana Percovich tuvo a su favor fue el elenco de la Comedia Nacional. Comenzando por la gran Estela Medina y siguiendo por el sombrío Leonardo de Fabricio Galbiati, el vigoroso Novio de Lucio Fernández, la patética Novia de Alejandra Wolf, la desdichada esposa de Leonardo de Andrea Davidovics, la intensa suegra de Elisa Contreras y la simpática criada de Catherina Pascale. Un capítulo especial tiene que ver con las actuaciones en papeles varios de Jorge Bolani y Juan Vorobiov. El problema es lo que la directora les encomendó hacer, no cómo lo hicieron. Muy significativamente, a pesar de sus roles imposibles ambos tuvieron un singular lucimiento. Dejamos para el final a Oscar Serra, que es un excelente actor y que en varios de sus roles hizo alarde de su ductilidad y su sólido oficio. Pero no es el maestro de ceremonias cálido, comunicativo y carismático que se necesitaba. La puesta hubiera ganado mucho si la directora lo hubiera confiado a Jorge Bolani, prescindiendo del personaje del Amargo. 

De todos modos, al margen de sus aspectos más discutibles (y para muchos amantes tradicionales de la obra de Lorca, francamente irritantes) es una puesta que vale la pena ver y que sin duda provocará animadas y fermentales discusiones.

Egon Friedler

Semanario Hebreo - 22 mayo 2008

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