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Berlín: ¿tradición o innovación? |
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La
capital alemana es hoy un nuevo y dinámico gran centro cultural europeo.
Lo que puede leerse al respecto así como los comentarios de quienes
viajan a Berlín lo confirman, por lo que acogí con entusiasmo la
posibilidad de visitar Berlín. En
Berlín también puede verse una versión actualizada y polémica de
"Nora" de Henrik Ibsen, con regie de Thomas Ostermeier en el
teatro "Schaubühne am Lehninger Platz". La irreverencia
comienza a partir de la escenografía. En escena vemos en la parte
delantera de un escenario giratorio, la reproducción de una archi-moderna
casa de alta burguesía de nuestro tiempo con dos plantas, una escalera y
una gran pecera en la parte superior. Por lo tanto, nada de siglo XIX. La
trama era básicamente la misma, pero algunas de las variaciones no eran
precisamente insignificantes. Nora es chantajeada por un empleado de su
marido al que éste quiere despedir. El arma del chantaje es una firma que
Nora falsificó hace años para obtener un préstamo que ayudó a salir a
su marido de una grave enfermedad. Cuando el marido se entera, no sólo no
comprende el sacrificio de su mujer sino que le recrimina amargamente su
conducta. Lo único que le importa es su status y su éxito económico.
Hasta ahí todo es perfectamente acorde al texto del clásico noruego.
Pero la Nora de esta versión no es en modo alguno la habitante de una
"casa de muñecas". Tiene una empleada "au pair" para
ocuparse de sus niños y ella se ocupa de compras y de ocasionales
amantes, entre ellos el mejor amigo de su marido. En la confrontación
final con su esposo, muy gritada y violenta, no se va de su casa sino que
simplemente dispara contra el marido unos cuantos tiros y se queda
satisfecha, mientras en la parte de atrás del escenario giratorio se
proyectan aumentadas las imágenes de los niños, ajenos al drama
conyugal. La
versión tiene muchos gritos y mucha acción física. La pecera no solo
está en el escenario para ser admirada como símbolo del bienestar propio
de alta burguesía, sino que mas de un personaje se sumerge en ella con un
pretexto u otro y previsiblemente el marido muerto termina allí. Apasionante
también es la polémica en curso entre quienes deienden la tradición y
quienes están a favor de la innovación en las representaciones de textos
clásicos y por cierto que la obra de Ibsen no es el único aporte a la
discusión. Otro fue una puesta interesante y contovertible: un
"Evgeny Oneguin" de Tchaikovsky con una régie ultramoderna que
parece ir a contrapelo del argumento. Vale
la pena recordar brevemente el argumento que Tchaikovsky tomó de Pushkin
: Evgeny Oneguin, un playboy cansado de la vida, acompaña a su amigo
Lensky a la casa de la prometida de éste, Olga. Allí conoce a la joven
Tatiana quien se enamora perdidamente del joven. En un impulso
incontenible, Tatiana escribe una carta de amor a Oneguin pidiéndole
casamiento, pero ésta rechaza su propuesta, diciéndole que no la ama y
que no le interesa casarse. Agregando una nueva injuria a la anterior,
durante una fiesta, Oneguin coquetea con Olga, la prometida de Lensky, en
presencia de éste. Lensky no soporta el agravio, desafía a Oneguin a un
duelo, éste se celebra y Lensky cae muerto. Años después, Oneguin
regresa del extranjero y se encuentra con Tatiana, ahora convertida en la
esposa de un conde. El playboy, harto del sinsentido de su vida, se
enamora perdidamente de la mujer que una vez rechazó. Pero esta vez es
Tatiana que lo rechaza y Oneguin debe resignarse a enfrentar el desolador
vacío de su existencia. ¿Cuál
es la ambientación que el régisseur Andreas Homoki realiza para esta ópera
tan típicamente decimonónica, estrenada en 1879? Un escenario cubierto
casi totalmente por sillas giratorias, de escritorio, y en la parte
superior un gran letrero luminoso en ruso, que dice “verano” en la
primera parte de la obra e “invierno”¹ en la segunda. Eso es todo. La
ópera es cantada en alemán (en versión realizada por Bettina Bartz y
Werner Hintze) y como cabía suponer, los trajes son del siglo XXI y no
del XIX. Homoki también modifica el libreto. Lenski no es muerto en duelo
sino que se suicida. Oneguin amenaza, revólver en mano con suicidarse o
con perpretar una masacre, algo que no se le ocurrió ni a Pushkin ni a
Tchaikovsky. Increíblemente
este esquema escénico, destinado aparentemente a desvirtuar la historia
mas que a explicarla, funciona. Ello se debe al uso creativo que el régisseur
hace de las sillas como símbolos de las barreras espirituales entre los
personajes, a la intervención comprometida del coro subrayando las
instancias más dramáticas de la historia, a la vehemencia de los
cantantes al interpretar sus roles y, sobre todo, a la notable fluidez de
la acción dramática. Debo confesar que
antes de esta experiencia alemana me contaba firmemente entre los
partidarios de las régies tradicionales por entender que cambios de época
y modificaciones de libretos desvirtúan el contexto en que los
compositores crearon sus obras. Ahora creo que es necesario adoptar una
actitud más pragmática: los cambios son válidos si son realizados con
talento, creatividad e inteligencia sin modificar la sicología de los
personajes ni las líneas generales del argumento. Algo muy diferente fue
el espectáculo teatral-musical "Un pedazo de cielo": una velada
intimista de canciones de autores judíos alemanes que fueron hits en la década
del treinta, con textos nostálgicos alusivos. Fue un homenaje a autores
muy conocidos en su tiempo, que sucumbieron a las persecuciones nazis como
Hollaender, Spoliansky, Jurmann y Heymann y estuvo a cargo de cuatro
actrices y dos actores, todos ellos cantores discretos, acompañados por
el pianista Dietmar Loeffler. Algunas líneas atrás
se mencionó a Brecht y las dos noches siguientes fueron encuentros con
Brecht en su templo, el Berliner Ensemble. El que fue durante años el
grupo con el que trabajó el autor de "La ópera de los tres
centavos" no solo cultiva su obra sino que continúa su tradición y
su culto. Las dos representaciones: "Santa Juana de los
mataderos" y "La madre", inspirada en Gorki, nos
permitieron aquilatar tanto los aspectos vigentes como los obsoletos en el
teatro brechtiano. En "Santa Juana de los Mataderos" el humor
corrosivo de Brecht, su hábil narrativa escénica, sus personajes arquetípicos
pero entrañablemente humanos, hacen que su crítica elemental y maniquea
no resulte demasiado chirriante. Por lo demás, el notable sentido teatral
del Ensemble, su alto nivel histriónico y el virtuosismo de la puesta en
escena, hicieron olvidar su simplismo militante. Es imposible olvidar la
frescura desenvuelta de Meike Droste (Santa Juana), el descaro y la
socarronería del villano de la obra, el rey de la carne de Chicago
(Manfred Karge) o la admirable coherencia del coro con los rostros
embadurnados de blanco. Pero ni el estupendo trabajo protagónico de
Carmen Maja Antoni, ni la formidable labor de equipo del elenco, ni la
espléndida música de Kurt Weill, ni la mano maestra del gran régisseur
Claus Peymann fueron suficientes para salvar del naufragio artístico a
"La madre" inspirada en una obra de Gorki. Su mensaje
revolucionario, en blanco y negro, hoy parece patéticamente trasnochado,
al margen de los indiscutibles aspectos de interés de la puesta en
escena. Volviendo a la música,
es imposible resistirse a la invitación para escuchar a la Filarmónica
de Berlín en su hermoso edificio diseñado por el arquitecto Hans
Sharoun, con su fachada exterior de vistoso color amarillo. El concierto
en esta oportunidad, no estuvo dirigido por su director titular, el carismático
director británico Simon Rattle, sino por el letón Mariss Jansons,
actualmente director de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam.
Jansons, un músico que en la última década ha consolidado su posición
entre las batutas más prestigiosas de Europa, dirigió un programa con
obras de Haydn, Shostakovich y Sibelius. Al igual que en 1999, cuando
escuché a la orquesta berlinesa en Washington entonces dirigida por
Claudio Abbado, me deslumbró su capacidad de infinita graduación sonora
así como la pareja calidad de cada uno de sus sectores. Si la Filarmónica
de Berlín es impresionante en los grandes estallidos sonoros es aún más
admirable cuando explora las orillas del silencio. |
Egon
Friedler
Relaciones
Julio 2005
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