|
Se estaba yendo el invierno. El sol entraba por las angostas ventanas y, una vez adentro, reventaba algo pálido todavía, en las caras, las manos, las bocas, los delantales de los niños de la guardería. Ellos estaban almorzando. Comían la cara de un payaso con sombrero de chocolate, nariz de frutillas, pastillas de menta en vez de ojos y sonrisa de naranja. Era un día de fiesta. En lugar del arroz con leche habitual, había aparecido la cabeza de un payaso. A nadie le dio lástima comerlo. Le arrancaron los ojos (lo dejaron ciego), le quebraron riendo las orejas (lo dejaron sordo), se ensuciaron las mejillas lamiendo el chocolate del sombrero. Cuando lo terminaron de comer, cuando sólo quedaron migas en la fuente, estaban más contentos que nunca. Y el sol seguía cacheteándolos, ahora mas fuerte, porque ya era la una. Entonces Olga ordenó terminantemente:
-¡Todos a dormirse!
Los pocos que todavía quedaban en el comedor, y que tal vez habían logrado comer otro pedacito de payaso, se alarmaron: hoy no se salvan de la siesta.
Marta acompañó a algunos. Juntos entraron en el cuarto que tenía las ventanas cubiertas con paños oscuros. Los niños parecieron rebelarse ante la oscuridad. Quisieron compensar la falta de luz con gritos. Los colchones, sin embargo, tirados en el piso, los esperaban inexorables,
-Acuérdense, chicos, les voy a cantar- anuncio conciliadora, Marta.
Con voz monótona, Marta imagino cantando una tarde de sol, y a todos los niños jugando en el patio de la guardería. Pero de pronto se oscurecía el sol. Los más chiquitos seguramente llorarían. De entre los mayores alguno le reconocería, y después otro y otro.
-¡Es Superman!
Como un pájaro enorme se pararía en medio del patio. Con un gesto de rey ordenaría los pliegues de su capa. Sonreiría a todos, a cada uno llamaría por su nombre. Alguien preguntaría:
-¿Para que viniste?
Cortés como siempre, como un rey, él le entregaría a cada uno, aún a los más chiquitos, una tarjeta dorada.
-Es la tarjeta para mi cumpleaños. Los espero a todos.
-¿Dónde?
-En la luna-. Y dicho esto, dio un salto y rapidísimo empezó a perderse en el espacio,
En silencio impresionante todos lo buscaban en el cielo celestísimo. Cuando una puerta invisible se abrió ocultándolo, dejaron de mirar. Les quedaban las tarjetas. Algunos la habían roto, o no la encontraban. Entonces lloraban.
-¡Ahora no vas a poder ir al cumpleaños de Superman!- les decían los que sí habían conservado la tarjeta.
Cuando el gran día llegó, los niños que a través de la tarjeta habían podido advertir del cumpleaños en sus casas, aparecieron lavados, peinados y con los cordones de los championes bien atados.
-Creo que los niños con tarjeta tampoco podrán ir al cumpleaños,.., porque si es en la luna, ¿cómo harán para llegar hasta allá?
Los más resueltos estaban decididos a encontrar la forma.
-Traeremos una escalera - contestaron.
Ya la habían entrado del fondo, y la tenían lista, apoyada contra la pared para usarla. La cocinera se rió:
-Con eso, más del techo no suben.
-Entonces, nos trepamos al árbol amenazó un niño muy bandido.
Alguien le pegó a la cocinera.
-¡Sos mala y no te quiero!
Otra vez se nubló el sol. Todos saludaban gritando y saltando mientras se escuchó el ruido similar al que harían las alas de un pájaro gigante al posarse, y aquí estaba Superman.
El era alto, fuerte y una malla ajustadísima lo hacía aparecer azul bajo la capa roja. Sonriendo se la quitó y la extendió en el suelo.
-Suban todos -invitó.
La capa quedó cubierta, espesa de niños.
-Tómense de las manos y los dos primeros agárrense de mi cuello.
La cocinera, la maestra y la niñera, se maravillaron viéndolo desaparecer tan cargado en el cielo remoto.
-Yo siempre creí que él existía -confesó emocionada la limpiadora.
La maestra, en cambio, prefirió no hacer comentarios.
-Hasta el lunes- saludó seca y se fue.
Cuando terminó el horario de clase, un conjunto de madres sorprendidas se acercaba a la guardería.
-¡Yo no veo a nadie!
-¿Adónde se habrán ido los gurises?
-¡Entremos a preguntarle a la maestra!
La puerta del salón de clase estaba trancada, y las señoras pegaron sus caras, achatando la nariz contra el vidrio de las ventanas.
-¡Están todas las mochilas!
-¡Los abrigos cuelgan del perchero!
Un carrito, conducido por un abuelo de bigotes grandes, les gritó desde la calle:
-Eh, doñas, si buscan a los chiquitines, están todos en el almacén.
-¿Qué hacen allí...., en el almacén? -Quiso saber la madre de uno de los niños.
Pero los chicos vieron a sus madres y se acercaron a la carrera. Traían una bolsa con caramelos, cada uno en la mano.
-¡Mira mamá lo que me pude comprar y todavía me sobró plata!
-¿De dónde sacaste ese dinero?
-Cuando estábamos por llegar a su casa en la luna, lo llamaron de la Tierra pidiendo auxilio.
-Era la novia, la estaban atacando unos ladrones.
-Nos dejó en el almacén, con plata, para que nos compráramos lo que quisiéramos.
-No tenemos hambre, habíamos comido la cabeza entera de un payaso en la guardería.
-Les llevamos los caramelos a nuestros hermanos. |