Del credo estético de Laforgue (1860-1887)
por
Gastón Figueira


Aguafuerte de Laforgue, realizado por su hermano,

para la edición de “Moralités legendaires".

En una valija de mi padre —de regreso de uno de sus numerosos viajes a Europa— vino, a principios de siglo y cuando yo todavía no había nacido, este folleto de Méderic Dufour titulado Etude sur l'esthétique de Jules Laforgue, que no figura en el catálogo de nuestra Biblioteca Nacional ni aparece mencionado en la bibliografía de ninguno de los dos largos ensayos sobre el poeta francouruguayo, premiados en el concurso que la Academia Nacional de Letras organizó en 1960 —centenario del nacimiento de dicho poeta— acerca de su vida y su obra. Dicho concurso fue designado con el nombre de "Raúl Montero Bustamante".

No es imposible, pues, que este folleto de sobria impresión en excelente papel, de 39 páginas —más 3 sin numerar— y que lleva el pie editorial de A Messein, successeur de León Vanier, en el Quai Saint Michel 19, en París (aunque vemos que fue impreso en Bruselas) sea el único que existe en Uruguay. Ese motivo y el vivo Interés de los conceptos expresados por Dufour nos ha movido a hablar un poco en torno a esta obra.

No vamos, desde luego, a hacer fácil y discutible patrioterismo con el prestigio de Laforgue Sabemos muy bien que su puesto está, ante todo, en la poesía de Francia. De la que se evade un poco, no obstante, para convertirse en poeta universal, en expresión cabal de! simbolismo, en creador que — medio siglo después de su muerte— llega a influir en otro renovador, en T. S. Ellot, cuyo poema "Portrait of a lady" es de evidente filiación laforguiana, pese a los remozamientos, ampliaciones y agudizaciones que Eliot le haya Impreso, hasta llegar, en cierta manera, a transfigurar la visión lírica del maestro.

La originalidad del estudio de Dufour reside en el hecho de que no enfoca su obra poética, sino sus ideas artísticas —como ya lo anuncia el título de la "plaquette". Y lo hace utilizando cartas y anotaciones de Jules, sobre todo escritas en Coblenz, en cuyo castillo vivía como lector de la emperatriz Augusta.

Detengámonos un poco en su discrepancia con el credo estético de Taine, de quien había sido admirador y creyente, hasta que reaccionó contra la afirmación de que el crítico, además de comprender y explicar una obra, debe clasificarla. Laforgue se muestra escéptico frente a los juicios definitivos acerca de una obra de arte. Y Dufour, apoyándolo, se pregunta: "¿Hay una medida común para una catedral, una estatua, un paisaje, una sinfonía, una tragedia?"

Aquí Laforgue y su glosador coinciden con el agudo pensamiento de Juan Ramón Jiménez: "¿Qué es una poesía mejor? ¿La que gusta más? ¿Gusta lo mismo una poesía hoy que mañana; esta tarde, al sol, que anoche, con luna; en la calle, o dentro de casa, en una misma hora?"

En cambio, creemos que Laforgue se muestra demasiado esteticista al refutar la trascendencia que Taine da a la presencia del bien en la obra de arte. Pues si es natural que ésta no debe estar subordinada directamente a los valores morales, resulta Ideal que la belleza se alíe al bien. La verdad estética es distinta a la corriente, pero es también —debe ser— una verdad. Y asi el arte se ennoblece cuando no es ajeno al estremecimiento humano. El puro esteticismo es, en la mayoría de los casos, un declive a la decadencia.

Una carta del 1° de diciembre de 1681 a Charles Ephrussi —de quien Laforgue había sido el secretario en los tiempos de la Gazette des Beaux-Arts, y gracias a quien llegó a ser lector de la emperatriz Augusta— nos habla de la intensa admiración del poeta francouruguayo por los pintores impresionistas: Monet, Cezanne, Degas, Slsley, Plsarro, Renolr, etc., estableciendo una certera hermandad entre el Polichinela de Manet y los versos de Banville ¡Cuánto podría decirse de esa solidaridad entre simbolistas e impresionistas! (Banvllle, ¿no fue un romántico evolucionado, anunciador del simbolismo?)

Afirma el autor de Moralltés légendaires que los pintores impresionistas lograron, entre otras, estas renovaciones: desechar el concepto usual del dibujo, de la perspectiva, así como la Iluminación de "atelier". Al dibujo-contorno opusieron las vibraciones y los contrastes del color; a la perspectiva corriente, la notación de valores, en una relación y rendimiento de Intensidad de tonos. Y en vez de pintar en el estudio prefirieron la Intemperie, el "píen air", expresando la "féerie” y la alegría de la luz.

La fervorosa devoción estética de estas páginas de Laforgue —que la falta de espacio no nos permite glosar con la amplitud que quisiéramos— armoniza bien con aquella afirmación suya de que el arte es toda la vida.

 

por Gastón Figueira

(Especial para EL DIA)
 

Publicado, originalmente, en: Crónicas Culturales - Suplemento dominical del diario El Día

Año LV  Montevideo, 3 de enero de 1988 - Nº 2815

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Link del texto: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/54566

 
Ver, además:

Julio Laforgue en Letras Uruguay

 

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