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Centenario de Jack London Crónica de Gastón Figueira Suplemento dominical del Diario El Día Año XLIII Nº 2231 Montevideo, 30 de Mayo de 1976 Felizmente pasaron ya aquellos tiempos en que se consideraba que las obras de Jack London eran sólo hábiles novelas de aventuras, de valor fugaz, sin mayor trascendencia o profundidad. Es cierto que el conjunto de su literatura es muy desparejo, ya por los gustos bohemios del autor, ya por lo dinámico de su vida —el artista necesita pausas de reposo, de estudio, de las que Jack careció generalmente—. Pero hoy se puede valorar, en lo mejor de su producción, la fuerza intuitiva, ahondamiento psicológico que da a ese impulso vital y narrativo un sentido trascendente. Desde hace más de treinta años, las reediciones de sus libros se suceden vertiginosamente en Estados Unidos, en Buenos Aires, en Gran Bretaña. Corresponde destacar que con este autor acontece algo ye repetido en la historia literaria: popularizado en su época —más que nada por la novedad y el dinamismo que traía— sus libros cayeron luego en el olvido y en cierto menosprecio (aunque nunca les faltaron lectores, en mayor o menor escala) para que, después del tercer decenio de nuestro siglo, pueda finalmente enfocársele en el justo ángulo de su visión humana y estética. Se le ha reprochado el desaliño de su estilo y se ha afirmado que, en consecuencia, London no era un artista. Cabría pensar si el estilo que consideramos típico de las novelas americanas (del Sur y del Norte) no es tan desaliñado como el de London (la palabra desaliño no es lo suficientemente amplia para definir cabalmente tal estilo, pero es quizá la que más cercanamente sintetiza sus caracteres). Por lo demás, la novelística de Jack requiere necesariamente esa expresión de brío un tanto salvaje, ese desorden juvenil, esos tonos ásperos y voluntariamente desgarbados. No creemos, pues, que sea su estilo lo que desvaloriza sus obras. Lo que no nos guata en este novelista californiano es su exaltación de la fuerza física, por cuanto pensamos que el fundamento de esa fuerza es, en general, un simple regalo del destino, en tanto que la fuerza espiritual e intelectual, un resultante y estimulante de la comprensión y solidaridad humanas. En tal sentido, Jack London representa un sector —sólo—un sector, entiéndase bien— de la psicología de su patria y muy especialmente en la época muy positivista en que escribió sus más conocidas obras. La mejor de ellas es —creemos— "The call of the wild" (generalmente traducida con el título de “El llamado de la selva”) por lo menos es la que nosotros preferimos y elegiríamos para dar a este escritor un puesto muy personal en la narrativa estadounidense, especialmente aquella —tan poco cultivada con propiedad y éxito— que, en principio se destina a los adolescentes, pero que logra interesar a todo el mundo. "The call of the wild" apareció en 1903 y es admirable cómo aparece descrita en sus páginas la psicología de un perro. De carácter distinto es "The people of the Abys” editada el mismo año que la anterior. Entre los otros buenos libros de Jack corresponde evocar "The cruise of the snark" (1911), "The sea-wolf" (1904) y “Before Adam (1900). Y, sobre todo, London fue autor de la más apasionante novela: su propia vida. Su verdadero nombre era John Griffith. Cambió el John por Jack y el Griffith por el apellido de su padre adoptivo (su verdadero padre lo había abandonado). En su niñez fue —en la bahía de su San Francisco nativa— vendedor de ostras, "canillita’', estibador y pescador. Además, trabajó de peón en diversos "rancho" californianos. Contaba sólo dieciséis años cuando partió, como grumete, en un velero que iba rumbo al Japón. (EL Pacifico lo llamaba desde la costa californiana). Y aquel viaje se alargó en vuelta al mundo, y las costas de Siberia lo vieron pasar en un barco ballenero. Luego realizó larguísimos viajes a pie, por Estados Unidos y Canadá. Siempre que el tiempo le daba alguna libertad, gustaba de concurrir a bibliotecas públicas. Inteligente e inquieto, inició estudios en la Universidad de California. Y es casi seguro que los hubiera llevado a buen fin, si un acontecimiento inesperado y clamoroso no hubiera excitado su espíritu aventurero y sus necesidades económicas: ¡había oro en Alaska! Y así, en 1897 dejó sus estudios para unirse a la caravana anhelante y fascinada por los espejismos áureos. Su experiencia en Klondike —que luego motivó varias de sus obras— fue para él decepcionante: regresó a California tan pobre como cuando había partido. Se dedicó entonces al periodismo. Pudo luego lograr que algunos de sus cuentos fueran aceptados en diarios y revistas. Además, corresponde recordar que en una de las bibliotecas públicas a que había concurrido, la bibliotecaria, una poetisa de talento, aunque actualmente olvidada —Inna Coolbrith— había derivado el interés de Jack por libros geográficos e históricos, hacia obras literarias de Dostoyewsky, de Tolstoy, de Hermán Melville. La carrera de escritor de London se inició, más o menos, con nuestro siglo, si bien algunos de sus libros —no los más significativos— los había terminado en los últimos años del ochocientos. Sus dotes de dinamismo y agudeza mental lo llevaron, como corresponsal, al Japón, durante el conflicto ruso-nipón, en 1904. Regresó a Estados Unidos y más tarde estuvo en Oceanía y en México. Antes, en 1902, había observado la vida en los barrios bajos de Londres, que dieron tema a uno de sus libros y reforzaron su espíritu de comprensión y solidaridad humanas. Los últimos años de su extraordinaria existencia fueron amargos. Vivía suntuosamente, gracias a sus derechos de autor y a buenos negocios que realizaba con el remanente de dichos derechos. Su esposa y su hija compartían su mansión. Pero enfermo de un mal incurable y doloroso, Jack London se suicidó con una súper dosis de narcóticos, en la noche del 21 de noviembre de 1916, contando cuarenta años de edad No eran muchos, pero ¡cuánto había vivido y realizado! Además de grandes elogios de críticos de Francia y Gran Bretaña, London fue reconocido por ensayistas no muy afectos al aplauso, tales como Upton Sinclair, V. L. Parrington, Waldo Frank, H. L Meneken. Ciertas ideas nietzcheanas que en algún tiempo había profesado, fueros abandonadas por Jack con motivo de la primera guerra mundial, en la que estuvo ardientemente junto a los aliados. Su novela ‘‘The call of the wild" enriqueció fabulosamente al editor que le adquirió los derechos cuando London se hallaba en un apuro económico. Y aunque el escritor quiso repetir el éxito con novelas similares... ninguna logró, en tal sentido, la fortuna de "The call of the wild”. Digamos, finalmente, que en nuestra valoración, este autor, realista y romántico a la vez, es tan grande como el famosísimo Robert Louis Stevenson, a quien se parece en más de un aspecto. Es cierto que Stevenson supera al estadounidense en poder imaginativo. Pero London posee más vigor y humanidad que el británico. |
Crónica de Gastón Figueira
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XLIII Nº 2231 Montevideo, 30 de Mayo de 1976
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
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Gastón Figueira en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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