En un café, al caer el sol

 

Para el señor Aquilino Delagoa (1)

Ayer, al cruzar una calle, me encontré con mi amigo de la infancia, Juan Fuerte. Demostrando inmensa sorpresa corrió hacia mi con los brazos abiertos. Llenaba el ambiente de estrepitosas aclamaciones y excitaba la indiferente y, por lo mismo, estúpida curiosidad de los transeúntes. Yo, francamente, sentí más rubor y vergüenza, al ser objeto de las miradas generales, que cariño y alegría al volver a ver -después de quince años- a un amigo antes tan querido. Tal vez esto era ocasionado por un estado muy débil, y, en consecuencia vacilante y temeroso de mi espíritu. Así es que le dije, precipitadamente, todo confuso: -"Vamos a aquel café a charlar un rato". El, algo enfriado al notar mi poca correspondencia a sus demostraciones, oculté su pequeño disgustillo y lo borró, puede decirse, con una voz sonora -voz despertadora de antiguos recuerdos- y con un rostro brillante de regocijo con el cual asentía a mi idea. Entramos, nos sentamos, charlamos...
Un rato después me decía Juan: -"Encuentro en ti que tu carácter solitario y salvaje de antaño se ha acentuado más aún. Otro que yo hubiera creído hace un momento, cuando casualmente nos encontramos, que mi presencia te disgustaba, y aún yo, al principio, lo creí. Lugo, conforme miraba tu rostro e iba internándome por el recuerdo en el pasado, fui rehaciendo in mente tu carácter, y vi cómo, para comprender cuál es la idea principal que se agita en tu cerebro, es necesario sondearte largo tiempo, apartar esos montones de pensamientos adventicios, que, como hojas de un árbol frondoso, rodean al robusto y único tronco; y que muy errado andaría quien dedujera, por una expresión alegre o triste de tu rostro, que en ti sólo duran minutos o segundos, un estado constante, o por lo menos, temporal de tu espíritu".
Yo, mientras él hablaba, recordaba su inteligencia profundamente observadora y minuciosa, rodeada de una corteza de vigor y energía que la mantenía erecta siempre, como una gran torre que vigila anchos horizontes y desafía los vientos. Y luego la comparaba con la mía, sensible y enferma, más débil que caña, y siempre azotada y sufriente.
Le interrogué sobre su vida; si era feliz, qué hacía.., y viendo él que en mi renacía la antigua amistad sincera, y que yo era tan absolutamente desinteresado, -en el alto sentido de la palabra,- como antes, se decidió, con un gran brillo en los ojos y un gran temblor en las manos, inclinado hacia mi por encima de la mesita de mármol, a contarme el único episodio de su vida en los quince años de separación. Eran las seis ya. Las gentes que salían de sus oficinas y empleos pasaban alegremente por las veredas. Algunos entraban a tomar algo. Los muchachos lustra-botas barrían el piso con el cajón del oficio. Algunos, arrodillados delante de hombres de los cuales no veían más que los zapatos, que eran toda el alma, lo único interesante que ellos hallaban en los clientes, parecían en extraña adoración, cumpliendo un rito fetichista, mientras movían acompasadamente ambos brazos, siguiendo ávidamente el nacimiento del brillo hasta su tersura de espejo, en que los botines reflejaban ennegrecidas, enconadas y achatadas caricaturescamente las imágenes que cruzaban el salón. El sol poniente se hundía tras un amontonamiento de casas, dejando una leve cortina dorada en los frontispicios más altos. Los coches y tranvías producían el ruido alegre y característico de los crepúsculos en las grandes ciudades, mientras mi amigo, con su voz fuerte, que tomaba timbres de seriedad emocionada, contaba lentamente sus días de vida y de pasión.

II

-Tú sabes que en mi la admiración no se despierta nunca sin ir acompañada del amor. Un día un amigo me dijo: "¿Quieres conocer una muchacha bonita, como a ti te gustan?", y me llevó a su casa, llena de visitas a causa del cumpleaños de una hermana suya.
Allí me presentó a una rubia soberbia, de gracia exquisita en las maneras y en la voz, que modulaba sabiamente, con toda una ciencia de seducción. Al rato de hablar éramos amigos, y a la semana siguiente nos dábamos citas en los diversos salones en que podíamos conversar libremente, con el gusto particular que ambos experimentábamos al descubrirnos novedades en nosotros mismos, analogías de carácter que tal vez para otros no existirían, pero que, para nosotros, eran evidentes y delataban la fraternidad espiritual de nuestras almas. Mi amigo había visto bien cual era mi gusto en cuestión de mujeres; pero ¿lo creerás? desde el momento en que me presentó a Isabel no se separaba de nosotros, parecía una sombra, y nos seguía a bailes, saraos, fiestas, a todos lados. Yo al principio, no sabía qué pensar. Luego, viendo que Isabel no hacía absolutamente ningún caso de él, hice lo mismo; y seguí el risueño camino de la conversación amena, que se interrumpía, solamente de un día para otro, dejando ya, desde el anterior, una inmensa tela que cortar con nuestras lenguas, que hallaban asuntos interesantes y alegres hasta en las vulgaridades más estúpidas. Necesito decirte que aquel amigo era Antonio Obermale, leal y buen amigo, algo precipitado en sus acciones, pero de un corazón sincero y valiente.
Una tarde invernal me paseaba yo del brazo con Isabel por una avenida del Prado, hablando de la tristeza desolada que cubría los árboles, el cielo gris, la tierra dura, cuando, al dar vuelta a un camino, advertí la pálida fisonomía de Antonio, inclinada un poco sobre su hombro izquierdo, mirándonos a ambos con tanta tristeza que parecía una exudación del invierno, un símbolo mortuorio de la estación. Inmediatamente nos volvimos donde estaban las señoras, y, apurada por dejar la compañía, aproveché para evadirme el momento en que Pablo Correa montaba en su coche para regresar a Montevideo. Apenas sentado le dije: -"Dime, Correa, ¿ por qué es que Antonio Obermale se pone pálido y en ridículo cuando me ve charlando con Isabel Misal?" Pablo, que saludaba en aquel momento a unas señoritas que venían en un landó, abrió tamaños ojos, exclamando: -"¿ Cómo, no sabes tú que Antonio estaba por casarse con Isabel cuando tú la has conocido, y que desde entonces ella da largas al asunto, sospechándose con razones que tú juzgarás, que tú no eres ajeno a tal maniobra?" Yo me quedé atónito y herido. Comprendí la admiración dolorosa que mi conducta había causado y estaría causando a Antonio; lo veía alegre y risueño -el día en que me llevaba, ansioso de mi juicio, a mostrarme su elegida, y cómo yo en mi egoísta amor repentino, había olvidado a Antonio, y al mundo entero y a todo lo que no era Isabel! Tuve impulsos de saltar del coche y correr por los caminos, llamando a gritos al amigo delicado, que ni una palabra de reproche había tenido para mí, y que acudía siempre a aumentar su suplicio viendo cómo Isabel y yo nos deleitábamos solos con nuestro amor. Después me acordé de ella, y formulé un interrogatorio a mi alma que contestó así: "La amo, pero más amo a mi amigo". Busqué a Antonio y lo hallé esa misma noche. "Perdóname, no sabia nada". Me perdonó; pero, contrariamente a lo que yo suponía, la tristeza siguió cubriendo su rostro. Luego me dijo: "No me hago ilusiones, Isabel no me ama". Yo, que sólo en mí había pensado, y que creía, egoísta otra vez, que con descargarme de mi culpa y devolverle a Isabel ya era él feliz, comprendí la razón inmensa de lo que decía, y que mi acción era irreparable. Quedé estúpido, temiendo consolarlo o alentarlo, porque mis palabras a pesar de toda mi buena voluntad y de mi sincero arrepentimiento, sonaban a falso o por lo menos, eran absolutamente inoportunas. Por mi honor, esto creí y esto creo aún..
Después me retiré sin saludarlo, paso a paso, yendo de espaldas, lentamente, como un cobarde... En el fondo del cuarto semioscuro su figura de luchador herido de muerte se erguía altiva, pero como subyugada por una idea de aniquilamiento. Largo rato después me revolcaba yo en mi cama y aún tenía en los ojos aquel cuadro de dolor mudo y profundo. Si algo quedaba en mi de amor para Isabel, aquella noche lo suprimía todo, tal me parecía, completamente. No aparecí más delante de ella, y huía de cualquier lugar donde pudiera hallarla. A Antonio lo encontré días pasados por la calle. Le estreché la mano; y mis ojos harían tal vez alguna pregunta, porque él me contestó: "Ni lo intenté siquiera. Al ver que ella no me amaba, logré arrancar de mi pecho su amor y ya casi la he olvidado". Una ola de sangre subió a mi cara, con tal violencia que el lo notó. Y me dijo tristemente, como quien se ve vengado por otra mano que la suya: "Pero querido, ¿acaso te dije yo que no la siguieras amando? Yo soy filósofo, o más bien, aquel amor desvanecido me ha hecho filósofo. Yo no influyo nada en los acontecimientos. Dejo que ocurran tal como deben ocurrir y no pretendo vanamente echar mi voluntad o capricho en la balanza de la vida. Sentí en el alma tus amores, infieles si se quiere, con Isabel; pero no te los eché en cara. Si tú te arrepentiste tontamente y la abandonaste, cuando era a ti, tal vez, a quien ella amaba, tuya es la culpa. Yo me lavo las manos. Adiós". Y se fue miserablemente, sin tratar de consolarme.
Desde aquel día mi amor renació locamente. Traté de averiguar qué era de Isabel y bien pronto lo supe.
Diez días antes se había casado no se con quién.
¿Qué me dices de todo esto? Aconséjame, amigo.
Yo, triste por que concluía la historia y porque la noche, oscura y fría, se había entrado por las puertas y pesaba ya en mi alma le contesté por contestarle algo:
-".... Pues ... has hecho un mal comediante. ¡ Sainete era lo anunciado, y tú le has creído representando alta tragedia .... En verdad, en verdad te digo que tienes un corazón trágico..
Cuando salimos del café la noche era completa.

Carlos Cráneo
Montevideo, Enero 17 de 1901.
LA ALBORADA, Montevideo, Año V, Nº 149, enero 20 de 1901.

(1) Seudónimo utilizado por Horacio Quiroga.

Federico Ferrando
Antología de poetas modernistas menores
Biblioteca Artigas - Colección de clásicos uruguayos
Selección y prólogo Arturo Sergio Visca
Montevideo - 1971

Gentileza de "Librería Cristina"
Material nuevo y usado 
Millán 3968 (Pegado al Inst. Anglo)

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Ferrando, F.

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio