Nocturnal

tirita en las ramas
de árboles desnudos.
La tenaz llovizna
difusa cortina
coloca en la esquina
del viejo café.

Camino despacio por la calle húmeda.
Un perro le ladra al hombre y al hambre.
Me acosan recuerdos y duele la vida;
ésa, la de adentro, oculta y desnuda
en los laberintos de la cruel memoria.

Y canto bajito la canción de cuna
vieja y repetida, igual que una noria.
Mi madre solía cantarla en las noches
convocando ángeles y ahuyentando sombras.

"Te compraré
dos gatitos negros
y un perrito blanco
para que te cuiden
y te duermas bien"

Tan simple y tan tierna como sus cuidados,
como su tibieza...
¡Qué lejos se encuentra
de mi realidad!

Un charco me guiña su turbia mirada.
Me embozo en el cuello 
de mi viejo abrigo, 
la aguja del frío inserta en el alma.

Este cielo oscuro y esta madrugada
con paso cansino
llevan a la nada.

Mirella Fernández

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