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Recuerdo vivo de Esther de Cáceres Crónica de Julio Fernández Suplemento dominical del Diario El Día Año XLI Nº 2115 (Montevideo, 3 de febrero de 1974)
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Cuando el avance edilicio arrasó la casa natal de Esther, en la calle Canelones y Julio Herrera y Obes, las manos cariñosas de un niño —su sobrino y ahijado— rescataron estos testimonios del antiguo aljibe y otras manos amigas hicieron construir la mesita. Sin duda estos son las azulejos de los que Esther canta: Aquella luna mira claustros donde pasearon seres que amo, se refleja en aljibes que copiaron sus voces y sus caras. (Canto al Otoño)
El aire antiguo y nuevo llega desde un columpio que entre flores iba y venia; de un aljibe sombrío sostenido por dulces azulejos del estío... (La infancia) |
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Las paredes de esta casa eran un verdadero museo. Resplandecían varios cuadros de Joaquín Torres García. Entre ellos, dos de las muestras más luminosas de su genio: El retrato de Unamuno y La Calle Sarandi. Es conmovedor ver un pequeño papel de pocos centímetros, con las maravillas de la medida de oro y de la simplicidad esencial; en él se puede leer “Al Dr. Alfredo Cáceres, primeros ensayos de constructivismo, 1944. Joaquín Torres García”. La reproducción —apunte en tinta— que acompaña esta página dice: "A Esther de Cáceres, con la admiración y el afecto de Torres García, Abril 10, 1949”. Además de estos cuadros, lucían las paredes de aquella casa obras de Figari, Horacio y Augusto Torres, Arzadum, Cabrera, Cúneo y una maravillosa Aldeanita de Barradas... Y sobre las mesas, las bibliotecas, cerámicas, de Collell, A. Hernández, H. Torres, T. Cacheiro; una genial Virgen de Yepes... Muchos quedarán sin nombrar, porque mucho había en aquella casa y la memoria deslumbrada todo no lo puede retener... Y todo ello entre caracoles, ágatas de alguna estrella de mar, y las flores que nunca faltaban y de las que Esther un día dijo que con su presencia aliviaban la existencia. Ya sin su esposo, sola, Esther de Cáceres presintió de manera única el fin de sus días en la tierra. Y por buena inspiración —por buen consejo— distribuyó toda aquella riqueza de su casa, quizás de cuarenta años de búsqueda y adquisiciones— con un sentido del desprendimiento equitativo, absolutamente admirable y ejemplar. Parecería que aquella casa tendría que haber permanecido como un museo, y algunos amigos tuvieron esa idea... Pero el propósito de Esther de Cáceres fue el de aventar su casa; nada había que atesorar. Todo sería para todos. Y así, en un testamento sorprendente por la presencia del mínimo detalle y deslumbrante por la capacidad de amor que muestra, todo fue distribuido sabia y justicieramente. |
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La casa misma fue donada para sostén de ancianas desamparadas. Los cuadros de Torres García han vuelto al Museo y ahora son del pueblo y podemos verlos: cada uno luce, en una pequeña chapa de bronce: Legado de Esther de Cáceres al Museo Torres García por inspiración y en recuerdo de Alfredo Cáceres. Otros cuadros fueron donados a museos capitalinos y del interior (Minas, San José, Mercedes); algunos llegaron a manos de amigos íntimos. Y la obra cumbre —por lo menos de lo que poesía Esther— "Unamuno” (1940) volvió como gentil regalo a la viuda del artista. La magnífica biblioteca particular ahora integra el patrimonio de la Biblioteca Nacional. Los libros de especialización, tanto psicológica como de espiritualidad religiosa fueron donadas a instituciones que cultivan estas disciplinas. Esther de Cáceres tenia la costumbre de guardar su correspondencia entre sus numerosos libros y también fue su voluntad que las cartas que contuviesen elementos literarios —y no de la vida privada— fueran donadas al Instituto de Investigaciones de la Biblioteca Nacional. Manos leales, que la misma poetisa designara[1], realizaron esta tarea, y ahora el Instituto se ha visto enriquecido con una cantidad de manuscritos de seres tan ilustres como Jacques Maritain, Gabriela Mistral, Thomas Merton, Amado Alonso, Eduardo Dieste y quién sabe cuántos más... Han transcurrido muchos años desde 1926; años que fueron de humildad, de pobreza, de trabajo sostenido, de pasaje por casas y más casas para llegar a esta cosecha, a esta “morada quizás única". Y esos años pasaron para el desprendimiento total; igual que el polen de la flores en el viento, que va, libre, para fecundar y dar nueva vida. Esa es la historia de esta casa repartida y siempre viva; este es el ejemplo alto y que nos llena de temblorosa unción, de profundo agradecimiento por estas seres que han pasado por la vida, seguramente como pasan esas presencias invisibles, imprimiendo en las almas su sello de amor, de despojamiento dadivoso, de belleza casi infinita. Nota: [1] Es justo nombrar aquí a Marta Behrens de Cáceres y Elsa Trinkje depositarias de la voluntad de Esther de Cáceres, y qua cumplieron, hasta los más mínimos detalles, dando lo mejor de si, cumpliendo todas las disposiciones testamentarias da nuestra poetisa. A su largo trabajo de más de un año, nuestro país les debe la conservación ordenada y completa de uno de los legados culturales más trascendentes y valiosos que le fueran donados. |
Crónica de Julio Fernández
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XLI Nº 2115 (Montevideo, 3 de febrero de 1974)
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Ver, además:
Esther de Cáceres en Letras Uruguay
Julio Fernández en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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