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Teatro vacío
cuento de Enrique Estrázulas

 

Cuando me fui de casa, Naranjo me dejó su cargo de sereno en el Teatro Circular. En realidad no era un cargo de sereno. Se necesitaba alguien que apagara las luces, trancara la puerta y durmiera en el teatro. Los actores temían que robaran el vestuario. Eso había sucedido otras veces.
Naranjo me llevó esa noche, a través del escenario, hacia los fondos de los camarines. En el último de ellos había una cama oculta por un montón de disfraces. Mi amigo los quitó de allí y barrió un poco la estrecha piecita sin puerta. Cuando terminó me hizo una señal para que entrara la valija (Naranjo habla muy poco) y me dio las llaves de la puerta de calle. Luego me enseñó todas las disposiciones de los juegos de luz que yo debía apagar cada noche. Finalmente, en la puerta, nos dimos la mano y le agradecí que me hubiera conseguido techo.
-Una vez que cierres no le abras a nadie- me recomendó y se fue trepando la acera de Rondeau, rumbo a la plaza.
Le di dos vueltas seguras a la llave y después empecé a apagar las luces del teatro. Estaba muy triste por haber dejado a mi esposa y mis hijos hacía pocas horas. Pero me sentía resuelto a seguir solo.
En la oscuridad atravesé el escenario, valiéndome de la débil llama de un fósforo. Tuve que encender varios fósforos para llegar al último camarín donde estaba mi cama. Los camarines (los otros) se veían llenos de galeras, de fracs, bastones, miriñaques y tules. Seguramente se usarían en la obra que estaba en cartel. Prendí la luz del camarín. Como no había ropero dejé todo en la valija. Mc saqué la ropa y la fui poniendo en una silla, cuidadosamente. Después me introduje en la cama, así, como con miedo, sin quitarme las medias. Hacía frío. Leí un diario que había encontrado en la boletería, sufrí recordando algunas cosas y poco a poco vino el sueño.
La canción venia del escenario. Eran las tres de la madrugada cuando encendí un fósforo y miré el reloj. Esperé un rato. Ya dormitaba cuando volví a oír el canto de una mujer. La voz tenía algo de viento, un no sé qué de copa vibrando. No podía entender el idioma en que cantaba. Me pareció raro que alguien se pusiera a ensayar a esa hora. Además, los actores no tenían llave individual.
Eso me había dicho Naranjo.
La música me rememoró de golpe el lejano dedo de mi abuela girando en los bordes del bacará. Eso me hizo agradable la interrupción del sueño. Pero yo debía levantarme, ir a ver si efectivamente había alguien en el escenario. Por algo era sereno.
Lo hice en puntas de pie, sin siquiera encender un fósforo, lo hice despacio y a tientas. Creo que llegué al borde del círculo. La mujer seguía cantando en el aire íes, oes, úes. Comprendí que no cantaba en ningún idioma. Como yo no veía nada, fui gateando entre las sillas hasta dar con la escalerita que conducía al tablero de luces. Por allí subí, siempre sin hacer ruido, disfrutando de los sonidos, del canto.
Las llaves las ubiqué al tanteo. Encendí de golpe.
No había nadie en escena y la mujer dejó de cantar. Entonces apagué otra vez y aguardé con la esperanza de que la voz volviera. No escuché nada, ni un solo rumor.
Al fin, cansado de esperar, me fui a dormir.

Al otro día le comenté el suceso a Naranjo. Dijo que nadie pudo entrar a esa hora, que era una simple fantasía.
En el café de la esquina yo siempre esperaba que terminaran los espectáculos. Me gustan los teatros, pero no el mundo particular de los actores. Cuando el teatro se vaciaba, yo volvía. Esperaba que sé fuera el último y entonces cerraba. Nunca nadie golpeó luego del cierre. De manera que yo me llevaba el diario de la boletería al camarín y esperaba acostado que viniera el sueño.
El sueño tardaba, pero al final venía.
No habían pasado tres noches cuando el canto volvió. Yo lo sabía. Tal vez había vuelto la noche anterior aunque mucho más bajo para no despertarme. Otra vez el alma de una fina copa tocaba el aire. Me pareció más prudente vestirme esa vez, sin encender la veladora para no perturbar.
Salí del camarín a oscuras, memorizando el rumbo.
Mi temor era tropezar, advertir con algún ruido a la cantante. Por fin llegué al escenario con los zapatos en la mano. Lo fui bordeando sin pestañear. Un párpado mío podía interferir aquel vibrar celeste. Cuando acaricié la primera silla me senté sin que crujiera ella ni mis huesos.
Las cinco vocales giraban en el espacio silencioso. Subían y bajaban. Al bajar parecían tocar el polvo dormido en el teatro. Si se elevaban llegaban tan alto que abandonaban el lugar. La que cantaba era (debía ser) una mujer divina. Esas notas no podían salir de ningún ser que no fuera idéntico a la voz.
En la silla tuve el impulso natural de toser. La tos, en el teatro, es irremediable. Soporté la picazón en la garganta y la superé tragando saliva. Muy quieto, seguí inmerso en el bálsamo. Era el único auditor de un recital trasnoche.
En eso sonó el teléfono de la boletería.
La mujer dejó de cantar y yo encendí un fósforo. No había nadie en escena. Maldije la llamada y crucé el escenario para atender. Era Naranjo para decirme que había resuelto sus problemas con el teatro, que se reintegraba al cargo, que al otro día yo tenía que irme.
Esa noche, la última, nadie volvió a cantar.

Enrique Estrázulas
Los fuegos de Ansina y otros cuentos
Lectores de Banda Oriental
Montevideo - 1999

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